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martes, 26 de agosto de 2025

Madres asesinas y sistema de salud mental en ruinas


Por Dr. Ramón Ceballo

Uno de los crímenes que más conmociona a la sociedad es cuando una madre, la figura culturalmente asociada al amor y al cuidado, envenena o asesina a sus propios hijos. Estos hechos despiertan horror y preguntas profundas: ¿qué puede llevar a una madre a destruir la vida que ella misma dio?

En República Dominicana, cada vez más casos estremecen a la opinión pública: madres que envenenan o asesinan a sus propios hijos. Estos episodios, lejos de ser meras tragedias aisladas, evidencian una realidad mucho más profunda y dolorosa: el colapso de la atención en salud mental.

Según la American Psychiatric Association (APA, 2021), los casos de filicidio representan entre el 2 % y el 4 % de los homicidios en el mundo. Estudios en Estados Unidos revelan que, de cada 100 homicidios cometidos contra menores de edad, en casi el 60 % de los casos los responsables son los padres biológicos, y en una proporción importante las madres (Putkonen et al., 2016).

En República Dominicana, aunque no existe una estadística oficial específica sobre filicidios, informes del Observatorio de Seguridad Ciudadana (2023) indican que el 37 % de los homicidios de menores ocurren en el contexto intrafamiliar, lo que incluye a madres, padres y padrastros.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS, 2023), más de 280 millones de personas en el mundo sufren depresión. En nuestro país, estudios recientes estiman que alrededor del 20 % de la población padece algún tipo de trastorno mental, y que más de la mitad de los suicidios están relacionados con cuadros depresivos (Acento, 2023; El Dinero, 2023).

Pese a ello, la inversión pública en este renglón sigue siendo mínima, apenas un 2 % del presupuesto sanitario, lo que deja a miles de familias sin apoyo psicológico ni programas preventivos.

La violencia filicida, madres que asesinan a sus hijos, está directamente vinculada a tres factores críticos: depresión posparto no tratada, crisis económicas que generan desesperación y traumas psicológicos previos sin atención médica.

La combinación de desesperación económica y social, violencia de género y adicciones crea un terreno fértil para estas tragedias. La pobreza extrema y la falta de oportunidades llevan a muchas madres a sentir que sus hijos “no tienen futuro”: en República Dominicana, aún un 18 % de la población vive bajo el umbral de la pobreza (Banco Central, 2024).

A esto se suma que, en numerosos casos, los niños son usados como instrumentos de venganza en medio de conflictos de pareja; de hecho, la Procuraduría General de la República (2022) advierte que más del 70 % de los homicidios de mujeres e hijos está vinculado a disputas conyugales. Finalmente, el consumo de alcohol y drogas agrava la situación, al nublar el juicio y detonar reacciones violentas en hogares ya marcados por la violencia intrafamiliar.

En países con sistemas de salud robustos, estas señales de alarma son detectadas y atendidas con protocolos de intervención; en cambio, en República Dominicana pasan desapercibidas hasta que estalla la tragedia.

Las cifras muestran el contraste: mientras la tasa de pobreza monetaria ha bajado a 18 % bajo la actual gestión (Banco Central, 2024) y el turismo supera los 10 millones de visitantes (MITUR, 2024), los servicios de salud mental siguen en un abandono estructural. Este descuido estatal no solo profundiza la desesperanza, sino que convierte a hogares vulnerables en campos de muerte y dolor.

No se trata de justificar a las madres que cometen estos crímenes atroces. Se trata de reconocer que detrás de cada caso existe una cadena de negligencia oficial, una sociedad que estigmatiza la depresión y un Estado que prefiere mirar hacia otro lado. Los niños que hoy mueren envenenados o golpeados son víctimas directas de un sistema de salud mental en ruinas.

Si el Gobierno no asume este problema como una prioridad de seguridad nacional, los titulares seguirán repitiéndose: madres que matan, hijos que mueren, un país que calla. Y ese silencio es también cómplice.