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viernes, 29 de agosto de 2025

Embarazo precoz y pobreza: un ciclo que condena a generaciones


Por Doctor Ramón Ceballo

Cada año, alrededor de 21 millones de adolescentes entre 15 y 19 años quedan embarazadas en países de ingresos bajos y medianos, y cerca de 12 millones de esos embarazos culminan en parto, según la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Aunque la tasa global de natalidad adolescente ha descendido de 64.5 por cada 1,000 mujeres en el año 2000 a 41.3 en 2023, regiones como África Subsahariana (97.9) y América Latina y el Caribe (51.4) continúan registrando las cifras más altas del mundo.

En América Latina y el Caribe, 1.6 millones de adolescentes dan a luz cada año, lo que convierte a la región en la segunda con mayor fecundidad adolescente a nivel mundial, superada solo por África Subsahariana. Esta realidad no se limita a un problema de salud; es también una señal de desigualdad estructural, exclusión y abandono institucional.

El Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) estima que el embarazo adolescente representa pérdidas anuales de USD 15,300 millones en América Latina y el Caribe, es decir, cerca del 1 % del PIB regional. El 88.2 % de ese costo recae directamente sobre las jóvenes madres, quienes enfrentan menor escolaridad, empleos precarios y salarios más bajos.

La evidencia es clara,  quienes se convierten en madres durante la adolescencia tienen menos posibilidades de terminar sus estudios y, al ingresar al mercado laboral, pueden llegar a ganar hasta tres veces menos que quienes postergan la maternidad. Este desfase perpetúa la pobreza, afectando no solo a las madres jóvenes, sino también a sus hijos, atrapando a familias enteras en un ciclo difícil de romper.

En la República Dominicana, el panorama es especialmente preocupante. El país se encuentra entre los de mayor tasa de embarazo adolescente en América Latina y el Caribe. El 22 % de las jóvenes entre 12 y 19 años ha estado embarazada, un 34 % por encima del promedio regional.

En 2019, el 20.4 % de las menores de 19 años ya eran madres, superando la media latinoamericana del 18 %. Además, una de cada cuatro mujeres (24 %) tuvo su primer hijo antes de los 18 años, y el 41 % antes de cumplir los 20.

Este fenómeno tiene un alto costo social y económico. Solo en 2018, el embarazo adolescente le costó al país unos USD 245 millones (RD$12,151 millones), equivalentes al 0.29 % del PIB.

Más de la mitad de esta cifra corresponde a pérdidas en educación, lo que confirma cómo la maternidad temprana interrumpe la formación académica de miles de adolescentes, reduciendo sus posibilidades de desarrollo y afectando también las finanzas públicas mediante una menor productividad y recaudación tributaria.

Sin embargo, el origen del embarazo adolescente no puede explicarse únicamente por la falta de educación sexual o de acceso a anticonceptivos. Factores estructurales y culturales, como la normalización del matrimonio infantil, la tolerancia a la violencia de género y la criminalización absoluta del aborto, colocan a las adolescentes en una situación de extrema vulnerabilidad, sin autonomía ni garantías reales para ejercer sus derechos.

Según Human Rights Watch, el 20.5 % de las adolescentes embarazadas en el país no tuvo acceso adecuado a métodos anticonceptivos, y muchas de ellas terminan enfrentando abortos clandestinos e inseguros que ponen en riesgo su vida.

Mientras tanto, organizaciones como CONAMUCA intentan ofrecer una respuesta desde lo local mediante clubes juveniles que promueven la educación sexual, la autoestima y los derechos reproductivos en zonas rurales. Sin embargo, sus esfuerzos resultan insuficientes frente a un Estado que aún no asume plenamente su responsabilidad en la prevención.

La relación entre embarazo precoz y pobreza es simbiótica: la falta de oportunidades y educación conduce a maternidades tempranas, y estas, a su vez, profundizan la exclusión social y económica. Romper este círculo no es solo una necesidad sanitaria, sino una obligación moral y estratégica.

La experiencia de países como Argentina demuestra que es posible reducir la fecundidad adolescente mediante políticas públicas efectivas. Allí, la tasa se redujo del 13.1 % en 2010 al 6.4 % en 2022 gracias a la implementación de educación sexual integral, distribución gratuita de anticonceptivos y programas de acompañamiento escolar.

Invertir en prevención no solo es éticamente justo; también es económicamente inteligente. Por cada dólar destinado a salud sexual y reproductiva, el retorno puede oscilar entre USD 15 y USD 40, dependiendo del contexto del país.

La República Dominicana necesita con urgencia una respuesta estatal integral, basada en derechos humanos y con enfoque de género. Mientras el embarazo adolescente siga anclado a la pobreza, el país continuará hipotecando el futuro de miles de niñas y condenando a nuevas generaciones a repetir el mismo ciclo de exclusión.

Romper con esta realidad requiere de una respuesta política firme, integral y basada en derechos. Entre las acciones urgentes que deben implementarse se incluyen: garantizar una educación sexual integral en las escuelas y comunidades; asegurar el acceso gratuito a métodos anticonceptivos modernos.

También, despenalizar el aborto al menos en las tres causales; proteger a las adolescentes de matrimonios forzados y de la violencia sexual; y establecer políticas que les permitan a las jóvenes madres continuar sus estudios sin discriminación ni obstáculos.

Sin estos pasos, cualquier esfuerzo será insuficiente para enfrentar una problemática que compromete no solo la vida de las niñas, sino también el desarrollo del país.