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viernes, 26 de septiembre de 2025

La depresión: una enfermedad que transforma vidas y sociedades


Por Doctor Ramón Ceballo

La depresión no es simplemente estar triste ni una reacción esperada ante una pérdida o situación difícil. Es un trastorno mental profundo, persistente y muchas veces incapacitante, que afecta la forma en que una persona piensa, siente, se comporta y se relaciona con los demás.

Más allá del sufrimiento individual, sus consecuencias se extienden al entorno familiar, social y comunitario. La depresión incide en rupturas de pareja, afecta el rendimiento laboral y escolar, y puede estar detrás de situaciones tan graves como suicidios, feminicidios, infanticidios, accidentes y divorcios. En silencio, va deteriorando vínculos, decisiones y contextos, sin que muchas veces se reconozca su presencia.

Hoy, más que nunca, la depresión representa uno de los desafíos más urgentes en materia de salud pública. Comprender su impacto, no solo en la vida de quien la padece, sino también en el tejido social, es el primer paso para abordarla con la seriedad que exige.

Según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), más de 280 millones de personas en el mundo viven con depresión. Es una de las principales causas de discapacidad global y un importante contribuyente a la carga general de morbilidad.

La depresión puede afectar a cualquier persona, sin importar edad, género o situación económica. Sin embargo, es más frecuente en mujeres, personas desempleadas, migrantes, personas con enfermedades crónicas, y quienes enfrentan situaciones prolongadas de violencia, discriminación o pobreza.

Más allá del sufrimiento emocional, la depresión interfiere en el desempeño laboral, escolar y en las relaciones sociales. También se asocia con otras enfermedades físicas, como trastornos cardiovasculares, diabetes y adicciones, creando un círculo vicioso de deterioro progresivo.

En América Latina, entre un 6 % y un 8 % de la población sufre de depresión clínica, según la Organización Panamericana de la Salud (OPS). La región enfrenta una doble amenaza: altos niveles de pobreza, violencia y desigualdad, combinados con escaso acceso a servicios de salud mental.

Los países latinoamericanos también reportan tasas elevadas de suicidios, especialmente entre jóvenes y hombres adultos, muchos de ellos con antecedentes depresivos no tratados. En zonas rurales, donde los servicios psicológicos son casi inexistentes, la enfermedad avanza en silencio, agravada por el estigma y la falta de educación emocional.

En la República Dominicana, la depresión es una de las principales causas de consulta psiquiátrica, y afecta aproximadamente al 8 % de la población, según estimaciones del Ministerio de Salud Pública y organizaciones como el Colegio Dominicano de Psicólogos (CODOPSI). No obstante, el subregistro es alto, ya que muchas personas no buscan ayuda profesional y conviven con el sufrimiento sin diagnóstico ni tratamiento.

En la República Dominicana, varios factores estructurales contribuyen al crecimiento silencioso de la depresión. La inseguridad económica y el desempleo generan un clima constante de incertidumbre y angustia, especialmente entre jóvenes y adultos en edad productiva. A esto se suma la violencia, tanto en el entorno doméstico como en las comunidades, que no solo deja secuelas físicas, sino también profundas heridas emocionales.

El acceso limitado a servicios públicos de atención psicológica impide que muchas personas reciban el apoyo que necesitan, mientras que el estigma social hacia los trastornos mentales sigue siendo una barrera que desalienta a quienes buscan ayuda.

Además, la falta de una educación emocional sólida desde edades tempranas dificulta que los individuos desarrollen herramientas para reconocer, expresar y gestionar sus emociones de manera saludable. Esta combinación de factores crea un terreno fértil para el avance de una enfermedad que sigue siendo invisibilizada por gran parte de la sociedad.

La depresión no solo se vive internamente; afecta profundamente la vida social y familiar de quien la padece. Las personas con depresión suelen aislarse, perder interés en compartir con otros y experimentar cambios en el ánimo que alteran la dinámica con sus seres queridos.

Esta enfermedad, silenciosa pero persistente, termina impactando la convivencia, debilitando vínculos afectivos y generando un efecto dominó que alcanza a toda la familia.

1. Relaciones familiares y sociales

La persona con depresión suele aislarse, presentar irritabilidad, baja tolerancia y dificultad para mantener vínculos afectivos. Esto genera incomprensión, tensiones familiares, rupturas y distanciamiento con amigos o pareja.

2. Accidentes

La falta de concentración, el cansancio crónico, la sensación de desinterés o apatía generalizada pueden aumentar el riesgo de accidentes laborales y de tránsito. La depresión también reduce la capacidad de respuesta ante situaciones de peligro.

3. Divorcios y conflictos de pareja

La desconexión emocional, la pérdida del deseo sexual, los cambios de humor y el aislamiento pueden deteriorar gravemente las relaciones de pareja. Muchos divorcios tienen como antecedente un cuadro depresivo no tratado.

4. Feminicidios e infanticidios

Si bien estos actos tienen múltiples causas, en algunos casos se ha identificado que tanto las víctimas como los agresores presentan antecedentes de trastornos depresivos, especialmente cuando estos coexisten con consumo de sustancias o situaciones de violencia. La depresión severa, sin tratamiento, puede dar paso a impulsos destructivos.

5. Suicidios

La depresión es el principal factor de riesgo del suicidio. A nivel mundial, más de 700,000 personas mueren por suicidio cada año, y por cada una de ellas, muchas más intentan quitarse la vida. En la República Dominicana, se registran alrededor de 500 suicidios anuales, muchos de ellos relacionados con episodios depresivos no abordados.

La depresión se manifiesta de maneras diversas, pero suele presentar un conjunto de síntomas que afectan tanto el cuerpo como la mente. Entre los más comunes se encuentran la tristeza persistente, la sensación de vacío emocional o desesperanza, y la pérdida de interés en actividades que antes resultaban placenteras.

También son frecuentes los cambios en el apetito y el sueño, la fatiga constante, la irritabilidad, los sentimientos de inutilidad o culpa excesiva, así como la dificultad para concentrarse. En los casos más graves, pueden aparecer pensamientos recurrentes de muerte o suicidio, lo que convierte a este trastorno en una amenaza seria para la salud y la vida si no se trata a tiempo.

Romper el silencio y buscar apoyo no es señal de debilidad, sino un paso valiente hacia la recuperación, porque la depresión no es una condena permanente, tiene tratamiento y recuperación. Con el acompañamiento adecuado, ya sea a través de la psicoterapia, cambios en el estilo de vida y, en algunos casos, medicación, es posible mejorar significativamente la calidad de vida de quienes la padecen.

Sin embargo, para que más personas puedan acceder a esta ayuda, es urgente fortalecer las políticas públicas en salud mental, garantizar atención psicológica accesible y de calidad, eliminar el estigma que aún rodea los trastornos emocionales, capacitar al personal de atención primaria y promover desde temprana edad la educación en bienestar emocional...

La depresión no es una debilidad ni un capricho. Es una enfermedad que puede afectar a cualquiera, en cualquier momento. Sus consecuencias no solo recaen sobre quien la padece, sino también sobre sus seres queridos y sobre toda la sociedad. Reconocerla, comprenderla y tratarla debe ser una prioridad de salud pública.

Si ignoramos la depresión, no solo perdemos vidas; también perdemos familias, talentos, productividad y la oportunidad de construir una sociedad emocionalmente saludable.