Por Doctor Ramón Ceballo
La depresión no es simplemente estar triste ni una reacción esperada
ante una pérdida o situación difícil. Es un trastorno mental profundo,
persistente y muchas veces incapacitante, que afecta la forma en que una
persona piensa, siente, se comporta y se relaciona con los demás.
Más allá del sufrimiento individual, sus consecuencias se extienden al entorno familiar, social y comunitario. La depresión incide en rupturas de pareja, afecta el rendimiento laboral y escolar, y puede estar detrás de situaciones tan graves como suicidios, feminicidios, infanticidios, accidentes y divorcios. En silencio, va deteriorando vínculos, decisiones y contextos, sin que muchas veces se reconozca su presencia.
Hoy, más que nunca, la depresión representa uno de los
desafíos más urgentes en materia de salud pública. Comprender su impacto, no
solo en la vida de quien la padece, sino también en el tejido social, es el
primer paso para abordarla con la seriedad que exige.
Según datos de la Organización
Mundial de la Salud (OMS), más de 280 millones de personas en el mundo viven
con depresión. Es una de las principales causas de discapacidad global y un
importante contribuyente a la carga general de morbilidad.
La depresión puede afectar a
cualquier persona, sin importar edad, género o situación económica. Sin
embargo, es más frecuente en mujeres, personas desempleadas, migrantes,
personas con enfermedades crónicas, y quienes enfrentan situaciones prolongadas
de violencia, discriminación o pobreza.
Más allá del sufrimiento emocional,
la depresión interfiere en el desempeño laboral, escolar y en las relaciones
sociales. También se asocia con otras enfermedades físicas, como trastornos
cardiovasculares, diabetes y adicciones, creando un círculo vicioso de
deterioro progresivo.
En América Latina, entre un 6 % y un
8 % de la población sufre de depresión clínica, según la Organización
Panamericana de la Salud (OPS). La región enfrenta una doble amenaza: altos
niveles de pobreza, violencia y desigualdad, combinados con escaso acceso a
servicios de salud mental.
Los países latinoamericanos también
reportan tasas elevadas de suicidios, especialmente entre jóvenes y
hombres adultos, muchos de ellos con antecedentes depresivos no tratados. En
zonas rurales, donde los servicios psicológicos son casi inexistentes, la
enfermedad avanza en silencio, agravada por el estigma y la falta de educación
emocional.
En la República Dominicana, la
depresión es una de las principales causas de consulta psiquiátrica, y afecta
aproximadamente al 8 % de la población, según estimaciones del
Ministerio de Salud Pública y organizaciones como el Colegio Dominicano de
Psicólogos (CODOPSI). No obstante, el subregistro es alto, ya que muchas
personas no buscan ayuda profesional y conviven con el sufrimiento sin
diagnóstico ni tratamiento.
En
la República Dominicana, varios factores estructurales contribuyen al
crecimiento silencioso de la depresión. La inseguridad económica y el desempleo
generan un clima constante de incertidumbre y angustia, especialmente entre
jóvenes y adultos en edad productiva. A esto se suma la violencia, tanto en el
entorno doméstico como en las comunidades, que no solo deja secuelas físicas,
sino también profundas heridas emocionales.
El
acceso limitado a servicios públicos de atención psicológica impide que muchas
personas reciban el apoyo que necesitan, mientras que el estigma social hacia
los trastornos mentales sigue siendo una barrera que desalienta a quienes
buscan ayuda.
Además,
la falta de una educación emocional sólida desde edades tempranas dificulta que
los individuos desarrollen herramientas para reconocer, expresar y gestionar
sus emociones de manera saludable. Esta combinación de factores crea un terreno
fértil para el avance de una enfermedad que sigue siendo invisibilizada por
gran parte de la sociedad.
La depresión no solo se vive internamente;
afecta profundamente la vida social y familiar de quien la padece. Las personas
con depresión suelen aislarse, perder interés en compartir con otros y
experimentar cambios en el ánimo que alteran la dinámica con sus seres
queridos.
Esta enfermedad, silenciosa pero persistente,
termina impactando la convivencia, debilitando vínculos afectivos y generando
un efecto dominó que alcanza a toda la familia.
1.
Relaciones familiares y sociales
La persona con depresión suele
aislarse, presentar irritabilidad, baja tolerancia y dificultad para mantener
vínculos afectivos. Esto genera incomprensión, tensiones familiares, rupturas y
distanciamiento con amigos o pareja.
2.
Accidentes
La falta de concentración, el
cansancio crónico, la sensación de desinterés o apatía generalizada pueden
aumentar el riesgo de accidentes laborales y de tránsito. La depresión también
reduce la capacidad de respuesta ante situaciones de peligro.
3.
Divorcios y conflictos de pareja
La desconexión emocional, la pérdida
del deseo sexual, los cambios de humor y el aislamiento pueden deteriorar
gravemente las relaciones de pareja. Muchos divorcios tienen como antecedente
un cuadro depresivo no tratado.
4.
Feminicidios e infanticidios
Si bien estos actos tienen múltiples
causas, en algunos casos se ha identificado que tanto las víctimas como los
agresores presentan antecedentes de trastornos depresivos, especialmente cuando
estos coexisten con consumo de sustancias o situaciones de violencia. La
depresión severa, sin tratamiento, puede dar paso a impulsos destructivos.
5.
Suicidios
La depresión es el principal factor
de riesgo del suicidio. A nivel mundial, más de 700,000 personas mueren
por suicidio cada año, y por cada una de ellas, muchas más intentan quitarse la
vida. En la República Dominicana, se registran alrededor de 500 suicidios
anuales, muchos de ellos relacionados con episodios depresivos no
abordados.
La
depresión se manifiesta de maneras diversas, pero suele presentar un conjunto
de síntomas que afectan tanto el cuerpo como la mente. Entre los más comunes se
encuentran la tristeza persistente, la sensación de vacío emocional o
desesperanza, y la pérdida de interés en actividades que antes resultaban
placenteras.
También
son frecuentes los cambios en el apetito y el sueño, la fatiga constante, la
irritabilidad, los sentimientos de inutilidad o culpa excesiva, así como la
dificultad para concentrarse. En los casos más graves, pueden aparecer
pensamientos recurrentes de muerte o suicidio, lo que convierte a este
trastorno en una amenaza seria para la salud y la vida si no se trata a tiempo.
Romper
el silencio y buscar apoyo no es señal de debilidad, sino un paso valiente
hacia la recuperación, porque la depresión no es una condena permanente, tiene
tratamiento y recuperación. Con el acompañamiento adecuado, ya sea a través de
la psicoterapia, cambios en el estilo de vida y, en algunos casos, medicación, es
posible mejorar significativamente la calidad de vida de quienes la padecen.
Sin
embargo, para que más personas puedan acceder a esta ayuda, es urgente
fortalecer las políticas públicas en salud mental, garantizar atención
psicológica accesible y de calidad, eliminar el estigma que aún rodea los
trastornos emocionales, capacitar al personal de atención primaria y promover
desde temprana edad la educación en bienestar emocional...
La depresión no es una debilidad ni
un capricho. Es una enfermedad que puede afectar a cualquiera, en cualquier
momento. Sus consecuencias no solo recaen sobre quien la padece, sino también
sobre sus seres queridos y sobre toda la sociedad. Reconocerla, comprenderla y
tratarla debe ser una prioridad de salud pública.
Si ignoramos la depresión, no solo
perdemos vidas; también perdemos familias, talentos, productividad y la
oportunidad de construir una sociedad emocionalmente saludable.
