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viernes, 12 de septiembre de 2025

Suicidio y trastornos mentales en República Dominicana: una crisis silenciosa que exige acción inmediata


Por Doctor Ramón Ceballo

El suicidio continúa siendo una de las problemáticas más devastadoras y silenciosas de la salud pública global. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), más de 700,000 personas se quitan la vida cada año, lo que equivale a una muerte cada 40 segundos.

Detrás de estas cifras, se oculta una verdad perturbadora, la mayoría de los suicidios están estrechamente ligados a trastornos de salud mental.

Estudios internacionales indican que más del 90 % de los casos de suicidio están vinculados a trastornos mentales diagnosticables. Entre los más frecuentes se encuentran:

·         Depresión mayor, responsable de alrededor del 60 % de los intentos de suicidio.

·         Trastorno bipolar, que multiplica entre 15 y 20 veces el riesgo de suicidio frente a la población general.

·         Trastornos de ansiedad y estrés postraumático, que, al volverse crónicos, generan sentimientos de desesperanza persistente.

·         Adicciones (alcohol, drogas, juego), que deterioran el bienestar emocional y actúan como detonantes de conductas autodestructivas.

La relación entre sufrimiento psicológico y suicidio suele estar marcada por la sensación de aislamiento, la falta de alternativas percibidas y el deterioro progresivo del estado emocional.

En República Dominicana, el fenómeno del suicidio ha mostrado una tendencia preocupante:

·         Entre 2007 y 2023, el país registró un promedio anual de entre 590 y 624 suicidios.

·         En 2023, los suicidios aumentaron a 669 casos, un 9.85 % más que en 2022.

·         Solo entre 2022 y 2024, 1,991 personas se quitaron la vida: 1,689 hombres (84.8 %) y 302 mujeres.

·         En el año  2024, se reportaron 652 suicidios, de los cuales el 81.6 % son hombres.

Estos datos reflejan una tendencia persistente: la mayoría de las muertes por suicidio en el país corresponden a hombres, lo que coincide con los patrones observados a nivel mundial.

Pero más alarmante aún es el origen de estos actos. Entre 2019 y 2023, el 59.5 % de los suicidios en el país estuvo relacionado con trastornos mentales o cuadros depresivos, mientras que el 14.7 % se relacionó con conflictos familiares y un 19.3 % no declaró causa aparente.

A pesar de estas cifras, el sistema de salud mental en República Dominicana enfrenta serias limitaciones. Según la OMS, la depresión afecta al 4.7 % de la población dominicana, y la ansiedad al 5.7 %. En total, se estima que uno de cada cinco dominicanos presenta algún tipo de trastorno psicológico.

Sin embargo, la inversión pública en salud mental es preocupantemente baja: apenas el 0.73 % del gasto sanitario nacional, muy por debajo del mínimo recomendado por la OMS (entre 5 % y 10 %). Esto se traduce en servicios escasos, falta de personal especializado, y una atención fragmentada y limitada a nivel territorial.

Además, República Dominicana ocupa el primer lugar en Centroamérica y el Caribe en carga de enfermedad mental, medida en años de vida ajustados por discapacidad (AVADs), lo que refleja la gravedad del problema.

El suicidio raramente ocurre sin previo aviso. Existen señales que pueden advertir del riesgo, y que familiares, amigos o colegas deben aprender a identificar:

·         Comentarios sobre la inutilidad de la vida o deseos explícitos de morir.

·         Aislamiento social o pérdida de interés por actividades habituales.

·         Cambios bruscos de comportamiento, descuido personal, irritabilidad.

·         Abuso repentino de sustancias.

·         Regalos inusuales o despedidas sin motivo claro.

·         Búsqueda de métodos letales o planificación de la muerte.

Reconocer estas señales y actuar a tiempo puede salvar vidas. Escuchar, acompañar sin juzgar y buscar ayuda profesional son pasos fundamentales.

Las cifras son claras: el suicidio en República Dominicana está íntimamente ligado a los trastornos de salud mental. Sin embargo, el problema no radica solo en la prevalencia de estos trastornos, sino en la falta de políticas públicas eficaces, presupuestos adecuados y una red de apoyo accesible y funcional.

Romper el silencio implica más que hablar del tema: exige acciones estructurales. Se necesitan campañas de prevención que eliminen el estigma, redes comunitarias que ofrezcan contención, atención profesional gratuita y un compromiso político real con la salud mental como prioridad nacional.

Salvar vidas es posible, pero solo si se actúa ahora.