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miércoles, 10 de septiembre de 2025

El trauma que no se ve, salud mental y accidentes de tránsito en República Dominicana

 


Por el Dr. Ramón Ceballo

Los accidentes de tránsito no solo dejan a su paso vehículos destrozados y cuerpos heridos; también generan profundas cicatrices emocionales que, en muchos casos, permanecen invisibles. Existe una relación directa, aunque frecuentemente subestimada, entre los siniestros viales y el desarrollo de trastornos de salud mental como el estrés postraumático, la depresión, la ansiedad o los trastornos del sueño.

Cada accidente no es solo un hecho físico, sino también un episodio traumático que puede alterar de forma permanente la estabilidad emocional de las víctimas y sus familias. Reconocer este vínculo es fundamental para diseñar una respuesta más humana y efectiva ante una crisis de salud pública que no se limita a estadísticas frías.

Tradicionalmente, los accidentes automovilísticos se miden en términos de muertos, lesionados y daños materiales. Sin embargo, hay una consecuencia mucho menos visible que rara vez se contabiliza, es el impacto psicológico que sufren las personas involucradas. Más allá de fracturas, cirugías o pérdida de movilidad, un accidente puede abrir la puerta a trastornos mentales de largo alcance, afectando seriamente la calidad de vida de quienes lo experimentan.

Conducir después de haber sufrido un accidente grave nunca vuelve a ser igual. El trauma trasciende lo físico, y muchos sobrevivientes desarrollan trastorno de estrés postraumático (TEPT), caracterizado por pesadillas, recuerdos intrusivos y un miedo persistente a volver a manejar o incluso a viajar como pasajeros.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), entre el 20 % y el 40 % de las personas que sobreviven a accidentes viales graves presentan síntomas de TEPT en los meses posteriores al evento.

Además del TEPT, existen otros trastornos mentales comunes asociados a los accidentes viales:

·         Depresión, especialmente en casos con pérdidas humanas o discapacidades permanentes.

·         Ansiedad generalizada y ataques de pánico, vinculados al temor de enfrentarse nuevamente al tráfico.

·         Trastornos del sueño, como insomnio, terrores nocturnos o hipervigilancia.

·         Trastornos adaptativos, que dificultan la reintegración a la vida laboral o social.

En la República Dominicana, este fenómeno adquiere un matiz aún más preocupante. Con una de las tasas de mortalidad vial más altas del mundo, 29.3 muertes por cada 100,000 habitantes, según la OPS,, el país no solo enfrenta una elevada pérdida de vidas, sino también una carga creciente de sobrevivientes que arrastran secuelas emocionales profundas.

Cada año, miles de personas heridas por accidentes viales son atendidas en hospitales dominicanos. No obstante, la atención se concentra casi exclusivamente en la recuperación física, mientras que el abordaje psicológico es limitado o completamente inexistente. Esta omisión deja a las víctimas en una doble vulnerabilidad: deben enfrentar tanto el dolor físico como el trauma emocional sin el acompañamiento profesional necesario.

El impacto también se extiende a los familiares de las víctimas. Cuando la pérdida ocurre en condiciones violentas o inesperadas, los duelos pueden complicarse, derivando en cuadros depresivos severos o, incluso, en conductas autodestructivas. Estas personas también forman parte del universo de afectados por la crisis vial.

Frente a esta realidad, la seguridad vial no puede limitarse a reducir la cantidad de accidentes. Debe contemplar su dimensión emocional y psicológica. Diversos especialistas en salud mental coinciden en que es urgente:

·         Incorporar evaluaciones psicológicas en los protocolos de atención post-accidente.

·         Establecer programas terapéuticos para víctimas y familiares.

·         Sensibilizar a la población sobre la importancia de tratar el trauma emocional tanto como las heridas físicas.

·         Integrar la salud mental en las políticas públicas de tránsito y movilidad urbana.

El costo invisible de los accidentes de tránsito no se mide únicamente en muertes o estancias hospitalarias, sino en vidas marcadas por el miedo, la angustia y el dolor emocional.

Comprender que cada accidente puede convertirse en un detonante de trastornos mentales es clave para construir una respuesta verdaderamente integral, humana y efectiva ante una emergencia que sigue cobrando un alto precio en silencio.