Por el Dr. Ramón Ceballo
Los accidentes de tránsito no solo dejan a su paso vehículos destrozados
y cuerpos heridos; también generan profundas cicatrices emocionales que, en
muchos casos, permanecen invisibles. Existe una relación directa, aunque
frecuentemente subestimada, entre los siniestros viales y el desarrollo de
trastornos de salud mental como el estrés postraumático, la depresión, la
ansiedad o los trastornos del sueño.
Cada accidente no es solo un hecho físico, sino también un episodio traumático que puede alterar de forma permanente la estabilidad emocional de las víctimas y sus familias. Reconocer este vínculo es fundamental para diseñar una respuesta más humana y efectiva ante una crisis de salud pública que no se limita a estadísticas frías.
Tradicionalmente, los accidentes automovilísticos se
miden en términos de muertos, lesionados y daños materiales. Sin embargo, hay
una consecuencia mucho menos visible que rara vez se contabiliza, es el impacto
psicológico que sufren las personas involucradas. Más allá de fracturas,
cirugías o pérdida de movilidad, un accidente puede abrir la puerta a
trastornos mentales de largo alcance, afectando seriamente la calidad de vida
de quienes lo experimentan.
Conducir después de haber sufrido un accidente grave
nunca vuelve a ser igual. El trauma trasciende lo físico, y muchos
sobrevivientes desarrollan trastorno de estrés postraumático (TEPT),
caracterizado por pesadillas, recuerdos intrusivos y un miedo persistente a
volver a manejar o incluso a viajar como pasajeros.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), entre el 20 % y el 40 %
de las personas que sobreviven a accidentes viales graves presentan síntomas de
TEPT en los meses posteriores al evento.
Además del TEPT, existen otros trastornos mentales
comunes asociados a los accidentes viales:
·
Depresión,
especialmente en casos con pérdidas humanas o discapacidades permanentes.
·
Ansiedad
generalizada y ataques de pánico,
vinculados al temor de enfrentarse nuevamente al tráfico.
·
Trastornos
del sueño, como insomnio, terrores nocturnos o hipervigilancia.
·
Trastornos
adaptativos, que dificultan la reintegración a la vida laboral o
social.
En la República Dominicana, este fenómeno adquiere un
matiz aún más preocupante. Con una de las tasas de mortalidad vial más altas del
mundo, 29.3 muertes por cada 100,000 habitantes, según la OPS,, el país no solo
enfrenta una elevada pérdida de vidas, sino también una carga creciente de
sobrevivientes que arrastran secuelas emocionales profundas.
Cada año, miles de personas heridas por accidentes
viales son atendidas en hospitales dominicanos. No obstante, la atención se
concentra casi exclusivamente en la recuperación física, mientras que el
abordaje psicológico es limitado o completamente inexistente. Esta omisión deja
a las víctimas en una doble vulnerabilidad: deben enfrentar tanto el dolor
físico como el trauma emocional sin el acompañamiento profesional necesario.
El impacto también se extiende a los familiares de las
víctimas. Cuando la pérdida ocurre en condiciones violentas o inesperadas, los
duelos pueden complicarse, derivando en cuadros depresivos severos o, incluso,
en conductas autodestructivas. Estas personas también forman parte del universo
de afectados por la crisis vial.
Frente a esta realidad, la seguridad vial no puede
limitarse a reducir la cantidad de accidentes. Debe contemplar su dimensión
emocional y psicológica. Diversos especialistas en salud mental coinciden en
que es urgente:
·
Incorporar evaluaciones psicológicas en los protocolos
de atención post-accidente.
·
Establecer programas terapéuticos para víctimas y
familiares.
·
Sensibilizar a la población sobre la importancia de
tratar el trauma emocional tanto como las heridas físicas.
·
Integrar la salud mental en las políticas públicas de
tránsito y movilidad urbana.
El costo invisible de los accidentes de tránsito no se
mide únicamente en muertes o estancias hospitalarias, sino en vidas marcadas
por el miedo, la angustia y el dolor emocional.
Comprender que cada accidente puede convertirse en un detonante de
trastornos mentales es clave para construir una respuesta verdaderamente
integral, humana y efectiva ante una emergencia que sigue cobrando un alto
precio en silencio.
