Por Doctor Ramón Ceballo
Imaginemos por un momento que el astro sol, esa fuente inagotable de luz
y energía que sostiene la vida en la Tierra, no fuera solo un cuerpo celeste,
sino un personaje con mente propia. Un ser consciente, poderoso, indispensable…
pero también vulnerable.
¿Qué ocurriría si esa figura central del sistema desarrollara una
personalidad profundamente narcisista, agravada con el tiempo por un deterioro
neurológico progresivo, como resultado del largo tiempo de su formación?
En esta metáfora clínica, el sol no solo brilla:
necesita ser admirado de manera constante. Su identidad gira en torno a su
grandeza, sostenida por una sensación exagerada de superioridad que lo lleva a
percibirse como el centro absoluto, no solo físico, sino también simbólico, del
universo.




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