Por Doctor Ramón Ceballo
En los últimos meses, el debate sobre jóvenes que se identifican
simbólicamente con animales ha generado inquietud, opiniones encontradas y no
poca desinformación. En redes sociales y espacios públicos se mezclan juicios
morales con afirmaciones clínicas, como si toda expresión identitaria distinta
fuera necesariamente un trastorno mental.
Sin embargo, desde la psiquiatría, la pregunta fundamental no es si la conducta resulta extraña o novedosa, sino si existe o no una ruptura del juicio de realidad. Esa distinción es la que permite separar una expresión cultural de un verdadero cuadro psicopatológico.
En este contexto, es importante diferenciar dos
fenómenos que suelen confundirse: la identidad therian y la zoantropía clínica.
Aunque superficialmente pueden parecer similares, ambos vinculados a la
identificación con animales, desde el punto de vista psiquiátrico pertenecen a
categorías completamente distintas. La primera se inscribe en el ámbito de las
construcciones simbólicas o culturales; la segunda corresponde a un fenómeno
delirante poco frecuente asociado a trastornos psicóticos mayores.
La zoantropía clínica es un fenómeno psiquiátrico
extremadamente raro. Consiste en la creencia firme y persistente de haberse
transformado en un animal o estar en proceso de hacerlo. No se trata de una
metáfora ni de una expresión simbólica, sino de una convicción sostenida
incluso frente a evidencia contraria.
El Manual
Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5-TR)
define el delirio como una creencia fija que no es susceptible de cambio a la
luz de pruebas contradictorias (American Psychiatric Association, 2022).
Este tipo de manifestación suele aparecer dentro de trastornos
psicóticos mayores, como la esquizofrenia, el trastorno bipolar con
características psicóticas o episodios depresivos graves con síntomas
psicóticos. El rasgo central es la pérdida del juicio de realidad. El paciente
no reconoce la imposibilidad biológica de la transformación y puede adoptar
conductas coherentes con su creencia delirante. En estos casos, la intervención
psiquiátrica es imprescindible.
En contraste, las personas que se identifican como
therians describen una conexión psicológica, simbólica o espiritual con un
animal, pero conservan plenamente el juicio de realidad. Reconocen su condición
humana desde el punto de vista biológico y no sostienen una creencia delirante
de transformación física. Esta identidad no aparece clasificada como trastorno
mental en el DSM-5-TR (American Psychiatric Association, 2022).
Desde la psicología del desarrollo, la adolescencia es
una etapa caracterizada por la exploración identitaria y la búsqueda de
pertenencia, proceso descrito por Erik Erikson como parte del conflicto entre
identidad y confusión de roles (Erikson, 1968).
La neurociencia contemporánea también ha demostrado que durante esta
etapa existe una maduración desigual entre los sistemas emocionales y las áreas
cerebrales responsables de la regulación cognitiva, lo que favorece la
intensidad emocional y la experimentación identitaria (Steinberg, 2014).
Confundir identidad simbólica con psicosis puede
generar dos errores graves: patologizar experiencias culturales que no
constituyen enfermedad o minimizar cuadros psicóticos que sí requieren
tratamiento. La evaluación clínica responsable debe centrarse en la estructura
del pensamiento, el grado de convicción, la flexibilidad cognitiva y el impacto
funcional en la vida de la persona.
En tiempos donde la inmediatez digital tiende a
simplificarlo todo, la salud mental exige prudencia y conocimiento. No todo lo
inusual es patológico, pero tampoco todo puede trivializarse como simple moda.
La responsabilidad de los profesionales, de los medios y de la sociedad es
evitar tanto el estigma como la indiferencia clínica.
Diferenciar cultura de psicosis no es un ejercicio académico distante:
es una obligación ética que protege la dignidad de las personas y la seriedad
de la medicina. En salud mental, la precisión no es un lujo; es una necesidad
social.
