Por Dr. Ramón Ceballo
En las últimas semanas se ha generado en la República Dominicana una discusión
pública entre personas vinculadas al ámbito de la comunicación sobre el papel y
la vida personal de la mujer después de los 60 años.
Las opiniones han sido diversas y, en muchos casos, cargadas de
estereotipos y juicios simplificados. Frente a ese debate, y ante interpretaciones
poco fundamentadas, resulta oportuno abordar un aspecto que suele permanecer
invisibilizado, la
sexualidad femenina después de los 50 años.
Hablar de este tema exige desmontar un prejuicio cultural profundamente arraigado, la idea de que el deseo tiene fecha de vencimiento. Desde una perspectiva psicológica y médico-clínica, lo que ocurre en esta etapa no es la desaparición de la sexualidad, sino su transformación.
En el plano biológico, la transición menopáusica trae
consigo cambios hormonales asociados a la disminución de estrógenos y
andrógenos. Estos cambios pueden producir sequedad vaginal, menor lubricación
espontánea, modificaciones en la elasticidad de los tejidos y, en algunos
casos, dolor durante la penetración.
También es posible que la respuesta sexual sea más lenta y que se
requiera mayor estimulación para alcanzar el orgasmo. Desde la medicina
clínica, estas variaciones no constituyen una enfermedad, sino procesos
fisiológicos esperables. El problema surge cuando la sociedad interpreta estos
cambios como pérdida de valor, atractivo o feminidad.
La medicina contemporánea ofrece diversas herramientas, lubricantes,
terapias hormonales localizadas, ejercicios de suelo pélvico y abordajes
integrales, pero el tratamiento más decisivo suele ser la educación y la comprensión del propio cuerpo.
Sin embargo, la sexualidad no depende únicamente de
hormonas. También está profundamente vinculada a la identidad. Después de los
50, muchas mujeres atraviesan un proceso de revisión personal, los hijos se
independizan, la fertilidad concluye y el cuerpo experimenta transformaciones
visibles.
En una cultura que ha idealizado la juventud como principal valor
erótico, esta etapa puede activar duelos silenciosos. No obstante, desde la
psicología contemporánea la pregunta central no es si el deseo desaparece, sino
cómo se resignifica.
En la práctica clínica se observa que el deseo
espontáneo puede disminuir, pero el llamado deseo responsivo, el que surge dentro
de la intimidad emocional, suele mantenerse. La seguridad afectiva, la
autoestima corporal y la calidad de la relación influyen más que el impulso
hormonal. Cuando la mujer logra integrar los cambios físicos dentro de una
narrativa de madurez y no de pérdida, la sexualidad tiende a volverse más
consciente, menos ansiosa y menos dependiente de la validación externa.
También las relaciones cambian. En esta etapa el
énfasis suele desplazarse del rendimiento al encuentro. La presión reproductiva
desaparece y la intimidad puede volverse más auténtica. Sin embargo, pueden
surgir nuevos desafíos, parejas que envejecen a ritmos distintos, problemas de
salud o rutinas consolidadas. En este contexto, la satisfacción sexual depende
cada vez más de la comunicación, la complicidad emocional y la capacidad de reinventar el
erotismo.
La salud mental juega un papel central. Factores como
la depresión, la ansiedad, el estrés o determinadas condiciones médicas, como
diabetes o hipertensión, pueden influir directamente en el deseo sexual. Por
eso, la sexualidad saludable después de los 50 debe entenderse como un fenómeno
biopsicosocial,
donde interactúan el cuerpo, la mente y el entorno afectivo.
Paradójicamente, muchas mujeres describen esta etapa
como una forma de liberación. Sin el temor al embarazo, con mayor
autoconocimiento y menor presión social, la sexualidad puede convertirse en un
espacio de mayor autonomía y autenticidad.
Desde una
mirada científica y humana, la sexualidad femenina después de los 50 no
representa decadencia, sino reconfiguración. El cuerpo cambia, sí; pero la capacidad
de sentir, desear y vincularse permanece. El verdadero desafío no es biológico,
sino cultural. El mayor tratamiento, además
del clínico, es el reconocimiento de que
el deseo, en realidad, no envejece, evoluciona.
Cuando la mujer integra su historia, su biología y su
identidad en un mismo relato, la sexualidad puede convertirse en una de las
expresiones más plenas de madurez emocional.
