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martes, 24 de febrero de 2026

Después de los 50: sexualidad femenina, identidad y madurez emocional


Por Dr. Ramón Ceballo

En las últimas semanas se ha generado en la República Dominicana una discusión pública entre personas vinculadas al ámbito de la comunicación sobre el papel y la vida personal de la mujer después de los 60 años.

Las opiniones han sido diversas y, en muchos casos, cargadas de estereotipos y juicios simplificados. Frente a ese debate, y ante interpretaciones poco fundamentadas, resulta oportuno abordar un aspecto que suele permanecer invisibilizado, la sexualidad femenina después de los 50 años.

Hablar de este tema exige desmontar un prejuicio cultural profundamente arraigado, la idea de que el deseo tiene fecha de vencimiento. Desde una perspectiva psicológica y médico-clínica, lo que ocurre en esta etapa no es la desaparición de la sexualidad, sino su transformación.

En el plano biológico, la transición menopáusica trae consigo cambios hormonales asociados a la disminución de estrógenos y andrógenos. Estos cambios pueden producir sequedad vaginal, menor lubricación espontánea, modificaciones en la elasticidad de los tejidos y, en algunos casos, dolor durante la penetración.

También es posible que la respuesta sexual sea más lenta y que se requiera mayor estimulación para alcanzar el orgasmo. Desde la medicina clínica, estas variaciones no constituyen una enfermedad, sino procesos fisiológicos esperables. El problema surge cuando la sociedad interpreta estos cambios como pérdida de valor, atractivo o feminidad.

La medicina contemporánea ofrece diversas herramientas, lubricantes, terapias hormonales localizadas, ejercicios de suelo pélvico y abordajes integrales, pero el tratamiento más decisivo suele ser la educación y la comprensión del propio cuerpo.

Sin embargo, la sexualidad no depende únicamente de hormonas. También está profundamente vinculada a la identidad. Después de los 50, muchas mujeres atraviesan un proceso de revisión personal, los hijos se independizan, la fertilidad concluye y el cuerpo experimenta transformaciones visibles.

En una cultura que ha idealizado la juventud como principal valor erótico, esta etapa puede activar duelos silenciosos. No obstante, desde la psicología contemporánea la pregunta central no es si el deseo desaparece, sino cómo se resignifica.

En la práctica clínica se observa que el deseo espontáneo puede disminuir, pero el llamado deseo responsivo, el que surge dentro de la intimidad emocional, suele mantenerse. La seguridad afectiva, la autoestima corporal y la calidad de la relación influyen más que el impulso hormonal. Cuando la mujer logra integrar los cambios físicos dentro de una narrativa de madurez y no de pérdida, la sexualidad tiende a volverse más consciente, menos ansiosa y menos dependiente de la validación externa.

También las relaciones cambian. En esta etapa el énfasis suele desplazarse del rendimiento al encuentro. La presión reproductiva desaparece y la intimidad puede volverse más auténtica. Sin embargo, pueden surgir nuevos desafíos, parejas que envejecen a ritmos distintos, problemas de salud o rutinas consolidadas. En este contexto, la satisfacción sexual depende cada vez más de la comunicación, la complicidad emocional y la capacidad de reinventar el erotismo.

La salud mental juega un papel central. Factores como la depresión, la ansiedad, el estrés o determinadas condiciones médicas, como diabetes o hipertensión, pueden influir directamente en el deseo sexual. Por eso, la sexualidad saludable después de los 50 debe entenderse como un fenómeno biopsicosocial, donde interactúan el cuerpo, la mente y el entorno afectivo.

Paradójicamente, muchas mujeres describen esta etapa como una forma de liberación. Sin el temor al embarazo, con mayor autoconocimiento y menor presión social, la sexualidad puede convertirse en un espacio de mayor autonomía y autenticidad.

Desde una mirada científica y humana, la sexualidad femenina después de los 50 no representa decadencia, sino reconfiguración. El cuerpo cambia, sí; pero la capacidad de sentir, desear y vincularse permanece. El verdadero desafío no es biológico, sino cultural.    El mayor tratamiento, además del clínico, es el  reconocimiento de que el deseo, en realidad, no envejece, evoluciona.

Cuando la mujer integra su historia, su biología y su identidad en un mismo relato, la sexualidad puede convertirse en una de las expresiones más plenas de madurez emocional.