Por Doctor Ramón Ceballo
En la República Dominicana, la escuela no es solo un espacio de
aprendizaje académico. Es, muchas veces, el primer lugar donde se manifiestan
los conflictos emocionales que niños y adolescentes no saben, o no pueden,
expresar de otra manera.
Sin embargo, mientras esas señales se repiten a diario en las aulas, la salud mental sigue ocupando un lugar secundario en la agenda educativa nacional.
Los datos oficiales confirman que no se trata de una percepción
subjetiva. Las cifras del Ministerio de Salud Pública muestran que
aproximadamente el 20 % de la
población dominicana padece algún trastorno mental, siendo la ansiedad y
la depresión los más frecuentes entre quienes buscan atención sanitaria.
Además, el suicidio figura como una de las principales causas de muerte entre jóvenes de 20 a 29 años,
con un promedio anual que ronda los 600 decesos en los últimos años.
Pero cuando se trata de niños y adolescentes, las estadísticas
apuntan también hacia una realidad preocupante.
Un estudio especializado en una comunidad del país encontró
que casi el 17 % de jóvenes entre
11 y 19 años mostraba problemas de salud mental, con más de una cuarta
parte con síntomas emocionales significativos.
En este contexto, el profesor dominicano convive con estudiantes
atravesados por realidades complejas: violencia intrafamiliar, hogares
fragmentados por la migración, estrés económico, sobreexposición a redes
sociales y consumo temprano de sustancias.
Todo eso entra al aula y se refleja en la conducta, el
rendimiento académico y las relaciones entre pares. Aun así, el sistema suele
responder con sanción antes que con comprensión.
Uno de los primeros signos de alerta que un docente puede
identificar es el cambio brusco o
persistente en el comportamiento.
El estudiante que antes participaba y ahora guarda silencio; el
que era tranquilo y se vuelve agresivo; el que se aísla, se muestra irritable o
llora sin causa aparente.
En muchas escuelas del país, estos comportamientos se etiquetan
rápidamente como “indisciplina” o “falta de valores”, sin considerar que pueden
ser manifestaciones de depresión, ansiedad o experiencias traumáticas.
El deterioro del
rendimiento académico es otra señal frecuente. En aulas sobrepobladas,
con recursos limitados, el estudiante que deja de concentrarse, olvida tareas o
parece desconectado suele ser señalado como perezoso o irresponsable.
Rara vez se analiza que detrás puede haber un trastorno de
ansiedad, un déficit de atención no diagnosticado o un estado depresivo.
En un sistema donde el acompañamiento psicológico escolar es
escaso, estos alumnos pasan desapercibidos hasta que fracasan o abandonan.
Las alteraciones
emocionales también son visibles para quien sabe mirar. Ansiedad
intensa ante evaluaciones, miedo a hablar en público, reacciones
desproporcionadas ante correcciones mínimas, baja autoestima expresada en
frases como “yo no sirvo” o “yo no puedo”.
En el contexto dominicano, donde aún persiste el estigma hacia
la salud mental, estas señales suelen minimizarse con frases como “eso es una
etapa” o “eso se le quita”.
Más preocupantes aún son las conductas disruptivas o de riesgo. Agresividad constante,
impulsividad, desafío permanente a la autoridad, comentarios sobre la muerte o
el deseo de no existir.
En una sociedad donde la violencia se ha normalizado y la
respuesta institucional suele ser punitiva, estas señales rara vez activan
protocolos de atención. Se suspende, se expulsa, se llama a los padres, pero no
se interviene emocionalmente. Castigar sin escuchar no corrige, agrava.
La salud mental también se expresa en el cuerpo. Dolores de cabeza o estómago recurrentes,
cansancio extremo, somnolencia en clase, descuido del aspecto personal son
síntomas comunes en las escuelas dominicanas.
En contextos de vulnerabilidad social, estos signos se confunden
con desinterés o falta de hábitos, cuando en realidad pueden estar asociados a
estrés crónico, ansiedad o depresión.
Otro indicador clave son las dificultades en la interacción social. Estudiantes aislados,
envueltos constantemente en conflictos, víctimas o perpetradores de bullying, o
excesivamente dependientes del adulto.
En un país donde la convivencia escolar aún no se trabaja de
forma sistemática, estas situaciones se prolongan sin intervención,
profundizando el daño psicológico.
El lenguaje del estudiante tampoco debe ignorarse. Frases
cargadas de culpa, desesperanza o miedo constante no son simples “dramas
adolescentes”. Son señales de alerta.
En un contexto nacional donde los problemas de salud mental en
jóvenes van en aumento, minimizar estas expresiones es una irresponsabilidad
colectiva.
Es importante decirlo con claridad: el rol del docente no es
diagnosticar. Pero sí es observar, registrar y canalizar. Para
ello, el sistema educativo dominicano debe asumir una verdad incómoda, no se
puede exigir a los profesores que detecten problemas de salud mental si no se
les forma para ello, ni se puede derivar si no existen servicios de apoyo
suficientes dentro de las escuelas.
Hablar de salud mental en el aula dominicana no es una moda ni
un lujo importado. Es una urgencia social. Porque cada estudiante ignorado hoy
es un adulto vulnerable mañana. Y porque, muchas veces, el profesor es el único
adulto que ve lo que nadie más quiere ver.
Ramón Ceballo
Analista y articulista
Especializado en temas sociales, educación y salud mental
