Por Dr. Ramón Ceballo
En la República Dominicana, el debate sobre el uso del
celular en niños y adolescentes suele limitarse a una falsa dicotomía, prohibir
o permitir. Sin embargo, el verdadero problema no es el dispositivo, sino el
vacío de acompañamiento emocional, educativo y social que rodea su uso.
En un país donde más del 20 % de la población presenta algún trastorno de salud mental, según estimaciones nacionales y de la OMS, ignorar el impacto psicológico de la tecnología en las nuevas generaciones es una irresponsabilidad colectiva.
Hoy el celular no es simplemente un “aparato”. Es una
extensión del entorno social, educativo y emocional de niños y adolescentes.
Funciona como espacio de socialización, aprendizaje y construcción de
identidad, con efectos distintos según la edad, el contexto familiar y la
supervisión adulta. Analizarlo fuera de esa complejidad es no comprender el
fenómeno.
En muchos hogares dominicanos, la pantalla ha
comenzado a sustituir funciones básicas de contención emocional. Entre los 6 y
11 años, los niños utilizan el celular principalmente para juegos, videos y
mensajería con familiares, convirtiéndolo en una presencia cotidiana en su
desarrollo. A esta edad, el pensamiento aún es concreto y literal: no
distinguen bien entre ficción, realidad y publicidad, lo que los hace
especialmente vulnerables a contenidos inadecuados y mensajes manipuladores.
Así, el celular se convierte en un “regulador
emocional externo”, el niño se calma con la pantalla, se distrae con ella, se
entretiene con ella. Esta solución rápida, lejos de fortalecer la
autorregulación emocional, crea dependencia temprana y limita el desarrollo de
habilidades sociales y afectivas. Estudios de la American Academy of Pediatrics
advierten que el uso excesivo de pantallas en la infancia se asocia a déficit
de atención, retraso en habilidades sociales y mayor riesgo de dependencia.
En contextos dominicanos marcados por largas jornadas
laborales, escasa supervisión y hacinamiento urbano, la pantalla suele
sustituir la presencia adulta. Cuando el celular ocupa el lugar del afecto, la
conversación y el juego real, no solo se deteriora la atención, se erosiona el
desarrollo emocional.
En la adolescencia, el celular cumple funciones aún
más profundas, construcción de identidad, pertenencia social, validación
emocional, exploración afectiva y sexual, y acceso constante a información, y
desinformación. Desde la neurociencia sabemos que el cerebro adolescente aún no
ha madurado completamente, especialmente en el control de impulsos y la
regulación emocional. Es además altamente sensible a la recompensa inmediata.
El celular, con sus notificaciones, “likes” y respuestas instantáneas, se
convierte en una fuente rápida de dopamina.
El resultado es preocupante, dificultad para sostener
la atención, menor tolerancia al aburrimiento, alteraciones del sueño,
irritabilidad y mayor vulnerabilidad a la ansiedad y la depresión. Un metaanálisis
publicado en JAMA
Pediatrics encontró asociación entre uso problemático de redes
sociales y mayor riesgo de ideación suicida en adolescentes.
En República Dominicana, donde los trastornos depresivos y los suicidios
juveniles han mostrado un incremento sostenido en la última década, esta
relación no puede seguir tratándose como un tema secundario.
No se trata de demonizar la tecnología. Cuando hay
control y acompañamiento, el celular ofrece beneficios reales, acceso a
información educativa, desarrollo de habilidades digitales y contacto social.
El problema aparece cuando el uso es excesivo, sin límites ni supervisión.
Entonces surgen la baja autoestima por comparación constante, el aislamiento
social, el ciberacoso, la hipersexualización temprana y las autolesiones.
Prohibir sin educar no funciona. El celular forma
parte del mundo real de niños y adolescentes. La prohibición absoluta genera
uso oculto, conflicto familiar y pérdida de confianza. Lo que sí funciona es
regular, acompañar y educar emocionalmente.
En los niños, es recomendable evitar el celular propio
antes de los 10 o 12 años, limitar su uso a una o dos horas diarias, supervisar
contenidos y eliminar pantallas antes de dormir. En los adolescentes, se
requiere establecer horarios claros, prohibir el celular en la habitación
durante la noche y fomentar conversaciones abiertas sobre redes sociales,
riesgos y sexualidad digital. Todo ello debe ir acompañado del ejemplo adulto, ningún
discurso educativo es eficaz si se contradice con las conductas cotidianas.
Como responsabilidad colectiva debemos entender que el
problema no es el celular, sino su uso sin límites, sin acompañamiento y sin
educación emocional. En un país donde la salud mental sigue siendo una deuda
estructural, permitir que una generación crezca emocionalmente mediada por
pantallas sin regulación es una forma moderna de negligencia social.
Si no intervenimos hoy, mañana no estaremos
discutiendo adicción al celular, sino generaciones con más ansiedad, menos
empatía y mayores dificultades para vincularse sanamente. Y eso sí sería un
verdadero apagón nacional.
