Por Doctor Ramón Ceballo
Muy buenas tardes.
Quiero iniciar agradeciendo la
invitación a esta actividad académica en la Biblioteca Pedro Mir, un
espacio que simboliza el pensamiento, la memoria histórica y la construcción
del conocimiento nacional, dentro de nuestra Universidad Autónoma de Santo Domingo.
Saludo de manera especial a los distinguidos panelistas que hoy comparten con nosotros este escenario, a las autoridades universitarias, a los estudiantes, investigadores, dirigentes sociales y a todos los presentes que mantienen viva la discusión de las ideas democráticas en nuestro país.
Señoras y señores: compañeros y compañeras
A mí me han invitado a Hablar sobre el concento de gobierno en el pensamiento
político
del José Francisco Peña Gómez, en ese
sentido yo planteo que hablar de pena Gómez es referirse a una de las figuras
más intensas, apasionadas y trascendentes en la construcción de la democracia
dominicana.
Surgido de los estratos más humildes, marcado por la pobreza y la
exclusión social, convirtió esa realidad en la fuerza que moldeó su
sensibilidad y su compromiso público, hasta proyectarse como una de las
personalidades políticas más influyentes de América Latina.
Su grandeza residió tanto en su liderazgo como en la profundidad de su
pensamiento. Su vida política estuvo orientada a transformar la sociedad
dominicana, convencido de que la democracia significa conquistar el poder para
ponerlo al servicio de la gente.
En los Evangelios, en los cuales el doctor pena Gómez era un asiduo lector
de los mismos, encontró en Jesús de Nazaret un referente moral que
lo llevó a asumir la justicia como valor esencial y a orientar su acción hacia
la defensa de los más vulnerables.
Asimismo, halló una influencia muy especial, muy decisiva en la
encíclica Rerum Novarum, promulgada
por el papa León XIII, donde
encontró fundamentos para sostener la justicia social, la solidaridad, la
dignidad humana y la responsabilidad moral frente a la pobreza como ejes
permanentes de su vida pública.
Su pensamiento, así, trascendió lo estrictamente religioso y se proyectó
hacia una concepción social y política comprometida con la equidad y la
transformación democrática.
Un momento decisivo en la vida y madurez política de José Francisco Peña Gómez fue la crisis dominicana
de los años sesenta. El asesinato del dictador Rafael
Leónidas Trujillo, el gobierno constitucional del profesor Juan Bosch y, posteriormente, el golpe de
estado septembrino, la Guerra de Abril
de 1965, así como también la invasión americana de 1965 marcaron en el doctor Peña
Gómez de manera profunda y definitiva su visión del quehacer político en los países
del tercer mundo.
En aquellos momentos críticos, Peña Gómez emergió como una de las voces
más firmes del en la defensa del constitucionalismo dominicano, defendiendo con
determinación el derecho del pueblo a decidir su propio destino.
Desde entonces dejó establecido un principio esencial que atravesó todo
su pensamiento político: sin
soberanía, no puede existir democracia verdadera. Fruto de lo que observo en esos
años de la década del 60.
También se nutrió de las corrientes transformadoras que recorrían
América Latina en su tiempo; entre ellas, el nacionalismo revolucionario
impulsado por Víctor Raúl Haya de la Torre,
uno de los políticos más importantes del siglo pasado, que proponía reformas
profundas dentro del marco constitucional y rechazaba la ruptura del orden
democrático.
De esa influencia en el doctor pena Gómez, surgió una de sus propuestas
políticas más ambiciosas: conocida por nosotros como la Revolución
Democrática Nacional, concebida como un proceso de
transformación estructural por vías institucionales.
José Francisco Peña Gómez,
tras lo ocurrido en las elecciones de 1970 y 1974, cuando el PRD tuvo que abstenerse,
comprendió una verdad esencial: ningún
proyecto democrático puede sostenerse en el aislamiento. Para
consolidarse y perdurar, la democracia necesita vínculos políticos, legitimidad
nacional y respaldo en el ámbito internacional.
Peña Gómez entendía que los cambios profundos no se lograban desde el
aislamiento, sino desde la articulación de fuerzas sociales y políticas capaces
de construir mayorías democráticas. Por ello promovió acuerdos y alianzas
nacionales e internacionales que fortalecieran la gobernabilidad y que a la vez
evitaran la fragmentación.
En ese contexto, el liderazgo de José
Francisco Peña Gómez impulsó una estrategia de proyección internacional
para el Partido Revolucionario Dominicano.
A partir de alianzas con sectores liberales y con las corrientes del socialismo
democrático, el partido comenzó a insertarse en los espacios políticos
internacionales donde se debatían las grandes transformaciones democráticas de
la época.
Fue a partir de 1976, cuando Peña Gómez ya contaba con
más de dos décadas de intensa participación en la vida política dominicana, que
se tomó la decisión estratégica de vincular al PRD con el movimiento
socialdemócrata internacional. Ese mismo año, en la conferencia organizada por
la Internacional Socialista en Caracas, bajo el liderazgo del presidente
venezolano Carlos Andrés Pérez y la figura
histórica de Rómulo Betancourt, una
delegación del PRD participó activamente en las deliberaciones celebradas en el
mes de mayo.
Ese proceso coincidió con un momento clave en la vida
interna del partido. En octubre de 1976, el PRD celebró su Octava
Convención Nacional, evento que trazó la estrategia política
para enfrentar al gobierno del presidente Joaquín
Balaguer y construir las condiciones necesarias para ganar las
elecciones, superando las experiencias frustradas de los procesos electorales
de 1970 y 1974.
Posteriormente, en noviembre de ese mismo año, se
celebró en Ginebra el XIII Congreso de la
Internacional Socialista. Por primera vez, el Partido Revolucionario Dominicano
participó formalmente con una delegación y fue aceptado como miembro de esa
importante organización internacional que agrupaba a partidos socialdemócratas,
socialistas democráticos y laboristas de diversas regiones del mundo.
No se trataba de dependencia, sinó de integración inteligente y
acompañamiento político en un mundo marcado por fuertes tensiones ideológicas.
Tras su ingreso a la Internacional Socialista,
formuló desde el socialismo democrático su tesis política más acabada: una
democracia con justicia social, sustentada en la participación
ciudadana, la equidad económica, la responsabilidad ética, la soberanía
nacional y el respeto a la dignidad humana como pilares del orden democrático.
Para él, el poder no debía ejercerse para dividir, sino para integrar.
Y lo resumía en una frase que definía su concepción del Estado: Gobernar no es imponer.
Gobernar es concertar.
En la década de los noventa, José
Francisco Peña Gómez sintetizó su visión política en una consigna
que se convirtió en el emblema de su pensamiento: “Primero la gente”.
Era una idea breve, pero profundamente transformadora, que aún hoy, en
pleno siglo XXI, resume la esencia de la democracia que los dominicanos
aspiramos a construir.
Para él, el crecimiento económico
por sí solo no era suficiente. Una verdadera democracia debía garantizar
también justicia social, participación ciudadana y respeto pleno a la dignidad
humana
De esa visión surgió la idea del Gobierno Compartido,
concebida como un proyecto político de carácter inclusivo, en el que hombres y
mujeres pudieran participar en igualdad de condiciones en la vida política y
social, reflejando así una concepción avanzada de la democracia y de la
organización de la sociedad.
No concebía a la mujer como un rol secundario ni como una figura
simbólica, sino como un ser pleno de derechos, libertades y capacidad de
decisión.
Para Peña Gómez, la democracia no podía consolidarse sin la
participación activa de la mujer en los espacios de poder y en la construcción
del destino nacional.
Su pensamiento político puede sintetizarse en tres grandes pilares:
Primero, la defensa firme de la
soberanía y la democracia;
Segundo, la construcción de alianzas
internacionales que protegieran el proyecto democrático; y
Tercero, la articulación de mayorías
sociales y políticas capaces de conquistar el poder por la vía electoral. Su
propuesta buscaba transformar la sociedad sin destruir la democracia, reformar
sin imponer, avanzar sin excluir.
Pero más allá de la profundidad de sus ideas, lo definió su coherencia
hasta el último día de su vida.
Para él, la política era servicio, nunca privilegio ni acumulación de
poder. Su visión de gobierno estaba centrada en un principio esencial: la dignidad humana.
Hoy, cuando la democracia
enfrenta desafíos como la corrupción, la impunidad y la peligrosa tendencia de
convertir el Estado en botín, su pensamiento vuelve a interpelarnos.
¿Cuál
es el tributo que debemos presentar a ese arquitecto de la estrategia política?
¿Cuál es nuestra responsabilidad en la construcción del futuro?
El verdadero
tributo de las nuevas generaciones a Peña Gómez no será solo colocar ofrendas
florales ni repetir consignas históricas. El homenaje más auténtico sería actualizar su legado en el presente.
El tributo debería
expresarse en:
1. Militancia ética.
Practicar la política con coherencia, transparencia y vocación de servicio, en
un contexto donde el descrédito institucional afecta la confianza ciudadana.
Promover el merito alcanzado y el trabajo realizado como forma de evitar la
penetración de la delincuencia en los partidos políticos.
2. Defensa activa de
la democracia.
No solo votar, sino participar, fiscalizar y exigir rendición de cuentas,
especialmente en tiempos donde el populismo y la desinformación erosionan las
instituciones.
3. Inclusión real.
Peña Gómez fue símbolo de representación para sectores históricamente
excluidos. Las nuevas generaciones pueden honrarlo promoviendo igualdad racial,
social y económica en la práctica, no solo en el discurso.
4. Formación y
pensamiento crítico.
Él creía en la educación política. El tributo moderno pasa por estudiar,
debatir con argumentos y elevar el nivel del debate público.
5. Sostener
una Relaciones internacionales con dignidad
Defender la soberanía dominicana, y darle importancia al diálogo con las naciones, negociar
sin subordinación y sin aislamiento, fortaleciendo la Solidaridad latinoamericana y caribeña
y así, lograr la
integración regional y la cooperación entre pueblos
El pensamiento de José Francisco Peña
Gómez sigue plenamente vigente. Muchas de las ideas y propuestas que
impulsó, las reivindicaciones sociales, las transformaciones estructurales del
país y la convocatoria a una asamblea constituyente, continúan siendo tareas
pendientes en la agenda nacional.
Su visión no pertenece solo al pasado; permanece como un programa de
acción que debe ser retomado e impulsado para avanzar hacia una sociedad más
justa, democrática e inclusiva.
Porque, Gobernar no es dominar. Es servir.
No es excluir. Es integrar.
No es prometer. Es realizar.
Y, sobre todo, gobernar
es dignificar.
El apóstol del pensamiento democrático en Latino
América. Se marchó y lo peor es que sus partidos y sus dirigentes no han estado
a la altura de su legado histórico. José Francisco no ha muerto… Cuando tengan
dudas miren la imagen de José Francisco. Porque Su muerte lo ha hecho
inmortal…Como dijo Tomas Borges.
https://youtu.be/NkhZETHtU44?si=njQd2DGdcNPpNMZF
