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domingo, 15 de marzo de 2026

La adicción al riesgo y la escalada hacia la violencia: cuando decidir se convierte en peligro colectivo


Por Doctor Ramon Ceballo

La historia demuestra que no todas las guerras comienzan por necesidad estratégica; algunas nacen de decisiones temerarias, cálculos erróneos o liderazgos que confunden audacia con imprudencia. 

En psicología y ciencias políticas, la llamada adicción al riesgo describe la tendencia persistente a buscar situaciones de alto peligro por la gratificación emocional que producen. Cuando esta inclinación se traslada al poder político o militar, las consecuencias pueden ser devastadoras.

Desde la neurociencia, se sabe que las conductas de alto riesgo activan el sistema de recompensa del cerebro, liberando dopamina y adrenalina. Estudios sobre “búsqueda de sensaciones” indican que entre un 10 % y un 15 % de la población presenta niveles elevados de esta característica, asociada a mayor probabilidad de conductas impulsivas y agresivas. En contextos de liderazgo, esta predisposición puede amplificarse por el poder, la ausencia de contrapesos y la presión por demostrar fortaleza.

Las estadísticas globales muestran el impacto de decisiones violentas. Según el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS), en 2023 el mundo registró más de 180 conflictos armados activos, la cifra más alta desde la Segunda Guerra Mundial. El Instituto para la Economía y la Paz estima que la violencia le costó al mundo más de 17 billones de dólares en 2022, equivalente a más del 13 % del PIB global. Estas cifras no son abstractas: representan vidas humanas, desplazamientos forzados y economías devastadas.

La psicología política ha estudiado cómo los líderes pueden caer en sesgos cognitivos que incrementan el riesgo de confrontación. El politólogo Robert Jervis explicó cómo la mala percepción y la sobreestimación de amenazas pueden empujar a decisiones militares innecesarias. Por su parte, el psicólogo Daniel Kahneman demostró que los seres humanos tienden al exceso de confianza y a subestimar riesgos cuando creen tener control sobre la situación.

La historia ofrece ejemplos dramáticos. La invasión alemana a la Unión Soviética en 1941, ordenada por Adolf Hitler, ignoró advertencias logísticas y climáticas, abriendo un frente que resultó fatal para el Tercer Reich. Décadas después, Saddam Hussein invadió Kuwait en 1990, subestimando la reacción internacional y provocando la Guerra del Golfo. Más recientemente, la invasión rusa a Ucrania en 2022, decidida por Vladimir Putin, desencadenó sanciones masivas y un conflicto prolongado con miles de víctimas.

No se trata de patologizar automáticamente a los líderes, sino de reconocer que la combinación de poder concentrado, ideología rígida y búsqueda de riesgo puede generar decisiones de alto costo humano. La deshumanización del adversario, la narrativa de amenaza existencial y la presión por mantener legitimidad interna suelen alimentar la escalada.

En el plano individual, la Organización Mundial de la Salud estima que la violencia causa más de 400,000 muertes anuales fuera de contextos bélicos. Cuando esa lógica de agresión se institucionaliza, el daño se multiplica exponencialmente.

La lección es clara: las democracias sólidas, los contrapesos institucionales y la transparencia reducen la probabilidad de decisiones impulsivas. La cultura política que glorifica la confrontación permanente puede convertirse en terreno fértil para la temeridad estratégica. En un mundo interconectado y armado hasta los dientes, la adicción al riesgo en la toma de decisiones no es valentía; es una amenaza global.