Por Dr. Ramón Ceballo
Las
personalidades llamadas a tomar decisiones de alto impacto están inevitablemente
expuestas a interpretaciones sobre su conducta; nadie escapa a ese escrutinio.
En torno a la figura de Donald Trump, líder político de gran relevancia
internacional, se han formulado múltiples evaluaciones a partir de una serie de
actitudes y comportamientos públicamente observables.
En el ámbito académico y de la salud mental han surgido análisis que van desde la descripción de ciertos rasgos conductuales, como el narcisismo, la baja capacidad de cooperación o una personalidad de corte histriónico, hasta hipótesis más categóricas sobre posibles trastornos de personalidad e incluso deterioro cognitivo, incluido el Alzheimer.
En
algunos casos, entre los que me incluyo, se ha llegado incluso a sugerir la
posibilidad de una demencia frontotemporal. No obstante, es imprescindible
subrayar que no existe consenso clínico que permita sostener un diagnóstico
definitivo sin una evaluación directa.
Toda
apreciación de este tipo debe entenderse como una opinión a distancia,
inevitablemente sujeta a sesgos y limitaciones metodológicas, en coherencia con
la denominada Goldwater
Rule, establecida por la Asociación Psiquiátrica Americana, que
prohíbe a sus miembros emitir diagnósticos públicos sin examen personal ni
consentimiento del evaluado.
Más
allá de estas polémicas, la demencia frontotemporal (DFT) constituye una de las
enfermedades neurodegenerativas más complejas, devastadoras y, al mismo tiempo,
menos comprendidas, especialmente en América Latina y en la República
Dominicana. Su desconocimiento conduce con frecuencia a interpretaciones
erróneas de sus manifestaciones iniciales.
En nuestra región, la palabra
“demencia” sigue asociándose casi exclusivamente a la pérdida de memoria y al
envejecimiento avanzado, una mirada reduccionista que ha contribuido a que esta
enfermedad sea diagnosticada tarde o confundida con trastornos psiquiátricos
primarios. A diferencia del Alzheimer, la DFT no comienza por el olvido, sino
por alteraciones profundas en la conducta, el lenguaje, el juicio y la
regulación emocional.
Desde el punto de vista clínico, la
DFT representa uno de los mayores desafíos diagnósticos contemporáneos. Las
manifestaciones iniciales, del personaje a quien inspira este articulo, es que con
facilidad presenta cuadros como la depresión mayor, el trastorno bipolar, por
la alternancia entre apatía y excitación, los trastornos de personalidad e
incluso ciertos síndromes psicóticos. A ello se suma su similitud parcial con
el Alzheimer, pese a la conservación inicial de la memoria, lo que genera
confusión en los profesionales de la salud.
El diagnóstico no puede establecerse
únicamente a partir de estudios de imagen, informes aislados ni evaluaciones a
distancia. Ninguna resonancia magnética ni tomografía sustituye la observación
clínica directa del paciente; su mirada, su discurso, su conducta, su manera de
responder o de desconectarse del entorno.
Sin el paciente presente, el
diagnóstico se empobrece y se fragmenta. Pero uno de los síntomas iniciales más
frecuentes de la DFT es la apatía, que no debe confundirse con tristeza ni
depresión. Se trata de una pérdida profunda de iniciativa y motivación, la
persona deja de interesarse por actividades familiares, laborales o
comunitarias.
En sociedades donde el compromiso
social es altamente valorado, esta conducta suele interpretarse como pereza,
desinterés o ingratitud, generando estigmatización injusta. En el extremo
opuesto, pueden aparecer episodios de desinhibición e impulsividad, con
inquietud motora, comentarios socialmente inapropiados o conductas fuera de
contexto.
Esta pérdida del control inhibitorio
frontal explica por qué muchos pacientes reciben diagnósticos erróneos de
trastorno bipolar, especialmente cuando estos episodios alternan con fases de
apatía marcada.
Otro signo clínico relevante es la
confabulación, el paciente construye relatos falsos sin intención consciente de
mentir, convencido de que son verdaderos. El cerebro, incapaz de verificar
adecuadamente la realidad, rellena vacíos cognitivos. Este fenómeno suele
generar intensos conflictos familiares, ya que se interpreta erróneamente como
manipulación o engaño deliberado.
La alteración del lenguaje
constituye otra señal de alarma. El discurso pierde coherencia, se fragmenta,
aparecen saltos temáticos y respuestas desconectadas. En muchos casos, este
deterioro progresa hacia una afasia progresiva primaria, en la que la persona
pierde gradualmente la capacidad de hablar, comprender o encontrar palabras,
aun cuando otras funciones cognitivas permanecen relativamente preservadas en
las primeras etapas.
Existen además manifestaciones menos
conocidas pero clínicamente relevantes, como la somnolencia o desconexión en
reuniones sociales, laborales o religiosas, donde el paciente parece “apagarse”
ante estímulos que antes resultaban significativos. A esto se suma el llamado sundowning,
con un marcado empeoramiento cognitivo y conductual al final del día, reflejo
del colapso de la reserva cerebral.
En fases más avanzadas pueden
aparecer alteraciones motoras, entre ellas rigidez, torpeza al caminar o
inclinación del cuerpo hacia adelante, signos que suelen atribuirse
erróneamente al envejecimiento normal, retrasando aún más la sospecha
diagnóstica.
