Por Doctor Ramón Ceballo
La trayectoria política e internacional de María Corina Machado refleja un entramado de contradicciones que minan la coherencia de su discurso sobre democracia y derechos humanos.
Si bien se presenta como una defensora de la libertad y la dignidad humana, su alineamiento con gobiernos y actores conservadores de Estados Unidos, Europa e Israel proyecta una imagen de dependencia ideológica más que de autonomía política.
Machado ha cimentado su visibilidad internacional sobre un discurso abiertamente proestadounidense y proisraelí, lo que le ha asegurado respaldo mediático y político en sectores influyentes.
Sin embargo, esa misma cercanía la vincula a
agendas duramente cuestionadas por organismos de derechos humanos,
especialmente por su silencio ante crisis como la de Gaza o las políticas
migratorias restrictivas de Occidente. Su anuncio de trasladar la embajada
venezolana a Jerusalén, tras recibir el Premio Nobel de la Paz en 2025,
confirma su identificación con la derecha israelí en un contexto donde las
acciones militares de ese país son objeto de condena global.
Esa postura crea una evidente disonancia ética. Defender sin matices
políticas que vulneran derechos fundamentales contradice los principios
universales de justicia y paz que deberían guiar a un liderazgo comprometido
con la dignidad humana.
Machado parece priorizar la
estrategia geopolítica sobre la sensibilidad humanitaria, lo que reduce la
credibilidad de su discurso ante amplios sectores progresistas y sociales.
En el ámbito interno, su narrativa ha girado en torno a la denuncia
constante, promoviendo sanciones, bloqueos financieros y diplomacia coercitiva
como mecanismos para forzar una transición en Venezuela.
Sin embargo, tales medidas
han tenido un costo humano significativo, afectando a la población más
vulnerable y generando cuestionamientos sobre la verdadera orientación de su
lucha política.
Otro flanco débil de su liderazgo se encuentra en la agenda migratoria.
A pesar de que la diáspora venezolana es una de las más grandes del continente,
Machado no ha articulado una política clara de defensa de los migrantes.
Su cercanía a figuras
estadounidenses de línea dura, incluidas del entorno de Donald Trump, ha
despertado preocupación entre quienes se sienten desamparados ante la
cancelación de programas de protección como el TPS y el endurecimiento de las
deportaciones.
Tampoco ha mostrado una posición firme frente a temas críticos como la
trata o el tráfico humano, fenómenos que afectan de manera directa a mujeres y
migrantes venezolanos en situación de vulnerabilidad. Su discurso, centrado en la
confrontación y en la retórica del cambio político, deja fuera la dimensión
social de la tragedia venezolana.
En ese sentido, el reconocimiento internacional que ha recibido, incluido el Premio Nobel de la Paz, contrasta con la falta de profundidad en sus propuestas estructurales.
Más que una figura de transformación, Machado encarna
un liderazgo de confrontación, sostenido en símbolos y alianzas, pero carente
de una agenda integral que responda a los desafíos de
su país.
María Corina Machado se mueve, así,
entre el brillo del reconocimiento internacional y la opacidad de una praxis
política que no siempre se corresponde con los valores que dice defender.
Su liderazgo, aunque
vigoroso en el discurso, sigue marcado por un desequilibrio entre la fuerza
retórica y la ausencia de una visión social inclusiva, revelando que detrás del
ícono de la oposición se esconde, quizá, una política más atenta a los aplausos
del exterior que al sufrimiento de su propia nación.
