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martes, 14 de octubre de 2025

María Corina Machado: el espejismo de un liderazgo entre la denuncia y la contradicción

 


Por Doctor Ramón Ceballo

La trayectoria política e internacional de María Corina Machado refleja un entramado de contradicciones que minan la coherencia de su discurso sobre democracia y derechos humanos. 

Si bien se presenta como una defensora de la libertad y la dignidad humana, su alineamiento con gobiernos y actores conservadores de Estados Unidos, Europa e Israel proyecta una imagen de dependencia ideológica más que de autonomía política.

Machado ha cimentado su visibilidad internacional sobre un discurso abiertamente proestadounidense y proisraelí, lo que le ha asegurado respaldo mediático y político en sectores influyentes. 

Sin embargo, esa misma cercanía la vincula a agendas duramente cuestionadas por organismos de derechos humanos, especialmente por su silencio ante crisis como la de Gaza o las políticas migratorias restrictivas de Occidente. Su anuncio de trasladar la embajada venezolana a Jerusalén, tras recibir el Premio Nobel de la Paz en 2025, confirma su identificación con la derecha israelí en un contexto donde las acciones militares de ese país son objeto de condena global.

Esa postura crea una evidente disonancia ética. Defender sin matices políticas que vulneran derechos fundamentales contradice los principios universales de justicia y paz que deberían guiar a un liderazgo comprometido con la dignidad humana.

Machado parece priorizar la estrategia geopolítica sobre la sensibilidad humanitaria, lo que reduce la credibilidad de su discurso ante amplios sectores progresistas y sociales.

En el ámbito interno, su narrativa ha girado en torno a la denuncia constante, promoviendo sanciones, bloqueos financieros y diplomacia coercitiva como mecanismos para forzar una transición en Venezuela.

Sin embargo, tales medidas han tenido un costo humano significativo, afectando a la población más vulnerable y generando cuestionamientos sobre la verdadera orientación de su lucha política.

Otro flanco débil de su liderazgo se encuentra en la agenda migratoria. A pesar de que la diáspora venezolana es una de las más grandes del continente, Machado no ha articulado una política clara de defensa de los migrantes.

Su cercanía a figuras estadounidenses de línea dura, incluidas del entorno de Donald Trump, ha despertado preocupación entre quienes se sienten desamparados ante la cancelación de programas de protección como el TPS y el endurecimiento de las deportaciones.

Tampoco ha mostrado una posición firme frente a temas críticos como la trata o el tráfico humano, fenómenos que afectan de manera directa a mujeres y migrantes venezolanos en situación de vulnerabilidad. Su discurso, centrado en la confrontación y en la retórica del cambio político, deja fuera la dimensión social de la tragedia venezolana.

En ese sentido, el reconocimiento internacional que ha recibido, incluido el Premio Nobel de la Paz, contrasta con la falta de profundidad en sus propuestas estructurales. 

Más que una figura de transformación, Machado encarna un liderazgo de confrontación, sostenido en símbolos y alianzas, pero carente de una agenda integral que responda a los desafíos de su país.

María Corina Machado se mueve, así, entre el brillo del reconocimiento internacional y la opacidad de una praxis política que no siempre se corresponde con los valores que dice defender.

Su liderazgo, aunque vigoroso en el discurso, sigue marcado por un desequilibrio entre la fuerza retórica y la ausencia de una visión social inclusiva, revelando que detrás del ícono de la oposición se esconde, quizá, una política más atenta a los aplausos del exterior que al sufrimiento de su propia nación.