Por Doctor Ramón Ceballo
La salud mental suele manifestarse con especial intensidad durante las
fiestas navideñas, un período que concentra expectativas sociales, emociones
profundas y presiones económicas y familiares. Lejos de ser una etapa neutra,
la Navidad actúa como un amplificador emocional que puede fortalecer el
bienestar de algunos, pero también profundizar el malestar de otros.
Para muchas personas, la Navidad representa un tiempo de alegría, reencuentros y gratitud. Compartir con la familia, mantener tradiciones y sentirse acompañado refuerza el sentido de pertenencia y el apoyo social, factores que protegen la salud mental. En estos casos, se experimenta una mayor conexión emocional, se revitalizan los vínculos afectivos y se renueva la esperanza de cierre y comienzo de ciclos.
Sin embargo, esta misma carga simbólica puede
convertirse en una fuente de sufrimiento para quienes atraviesan situaciones
personales difíciles. La soledad, los duelos no resueltos, las rupturas
familiares o la ausencia de seres queridos se hacen más evidentes en un
contexto que socialmente impone la felicidad como norma. La Navidad, entonces,
deja de ser un refugio emocional y se transforma en un espacio de confrontación
interna.
A esto se suman factores de estrés frecuentes en el
contexto dominicano, como las presiones económicas asociadas a regalos, cenas y
compromisos sociales, así como el consumo excesivo. La expectativa de cumplir
con un ideal de celebración, aun cuando las condiciones personales no lo
permiten, genera ansiedad, frustración y sentimientos de culpa. Muchas personas
viven estas fechas con una sensación de agotamiento emocional, más que de
disfrute.
Durante este período es común observar un aumento de
síntomas como tristeza persistente, irritabilidad, nostalgia, alteraciones del
sueño y mayor consumo de alcohol. En algunos casos, estos comportamientos
funcionan como intentos de evasión emocional, pero terminan agravando el
malestar. Para quienes ya padecen trastornos mentales como depresión o
ansiedad, las fiestas pueden intensificar los síntomas, especialmente si no
cuentan con acompañamiento profesional o redes de apoyo sólidas.
La Navidad, en definitiva, actúa como un espejo
emocional, amplifica tanto las luces como las sombras del estado mental de cada
persona. No todos viven estas fechas de la misma manera, y reconocer esa
diversidad emocional es fundamental para reducir el estigma y promover el
cuidado psicológico.
Hablar
abiertamente de cómo nos sentimos, validar emociones que no encajan con el
discurso de “alegría obligatoria” y buscar apoyo oportuno, en la familia, los
amigos o profesionales de la salud mental, son pasos esenciales para atravesar
las fiestas con mayor equilibrio. La Navidad no tiene que ser perfecta para ser
significativa; cuidar la salud mental también es un acto de responsabilidad y
de humanidad.
