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jueves, 1 de enero de 2026

La depresión: la enfermedad silenciosa que alimenta la violencia y la exclusión

Por Doctor Ramón Ceballo agresividad verbal

La depresión constituye hoy uno de los principales problemas de salud pública a nivel mundial. La Organización Mundial de la Salud estima que más de 280 millones de personas viven con depresión en el mundo, convirtiéndola en una de las principales causas de discapacidad global.

En América Latina y el Caribe, su impacto se ha intensificado en la última década, asociándose al aumento de la violencia, el suicidio, la precariedad laboral y la deserción escolar.

 En la República Dominicana, diversos estudios y reportes oficiales indican que cerca de una de cada cinco personas (20%) de acuerdo a la organización mundial de la salud OMS, presenta algún trastorno de salud mental, siendo la depresión con un 27.6 %, uno de los más frecuentes.

Estas cifras no solo reflejan sufrimiento individual, sino un fenómeno social que incide directamente en la seguridad, la productividad y la estabilidad familiar.

La depresión no es únicamente un trastorno individual que afecta el estado de ánimo; es un fenómeno de alto impacto social que influye de manera directa e indirecta en la violencia, la seguridad, la productividad, la educación y la cohesión familiar y comunitaria.

Cuando no es diagnosticada ni tratada oportunamente, la depresión se convierte en un factor de riesgo transversal que agrava múltiples problemáticas sociales y genera costos humanos y económicos difíciles de revertir.

En el ámbito de la violencia interpersonal y familiar, la depresión puede manifestarse a través de irritabilidad constante, agresividad verbal, desesperanza, baja tolerancia a la frustración y dificultades para regular las emociones. En este contexto, algunas personas reaccionan con conductas violentas hacia su entorno cercano, especialmente en relaciones de pareja o familiares.

La violencia no nace de la depresión en sí, pero este trastorno puede debilitar los frenos emocionales y cognitivos que regulan el comportamiento, incrementando el riesgo de agresiones físicas, psicológicas o simbólicas.

Otro impacto relevante se observa en los accidentes de tránsito y laborales. Las personas con depresión suelen experimentar problemas de concentración, lentitud psicomotora, fatiga crónica y alteraciones del sueño. Estos síntomas afectan la capacidad de reacción, el juicio y la toma de decisiones, elevando significativamente el riesgo de accidentes graves tanto en la conducción como en entornos de trabajo con tareas de riesgo.

La productividad y el empleo con un 8 a 10% de ausentismo laboral, también se ven severamente afectados. La depresión es una de las principales causas de ausentismo laboral a nivel mundial. Quienes la padecen enfrentan falta de motivación, bajo rendimiento, errores frecuentes y agotamiento emocional.

Esto se traduce en licencias médicas reiteradas, disminución de la productividad y, en casos severos, pérdida del empleo, con consecuencias económicas tanto para la persona como para la sociedad.

En el ámbito educativo, la deserción escolar, de 12 a 15%, es otra consecuencia preocupante. En niños, adolescentes y jóvenes, la depresión afecta la atención, la memoria y el interés por el aprendizaje. La sensación de inutilidad, el aislamiento social y la pérdida de sentido pueden conducir al bajo rendimiento académico y, finalmente, al abandono de los estudios, perpetuando ciclos de exclusión social y vulnerabilidad a largo plazo.

El vínculo entre depresión y suicidio, 54 mensualmente en el 2024,  es uno de los más documentados y alarmantes. La depresión constituye el principal factor de riesgo asociado a la conducta suicida. Pensamientos de muerte, desesperanza profunda y la percepción de que el sufrimiento es insoportable pueden llevar a intentos de suicidio, especialmente cuando no existe acceso a atención en salud mental ni redes de apoyo efectivas.

En situaciones extremas, la depresión grave también puede estar presente en casos de filicidio entre 25 a 30,  e infanticidio entre 50 a 60 anualmente, sobre todo cuando se combina con psicosis, consumo de sustancias o aislamiento social. En estos escenarios, algunas madres o padres actúan desde una profunda distorsión emocional y cognitiva, creyendo erróneamente que causan un “alivio” al sufrimiento, lo que evidencia la gravedad de no detectar ni tratar estos cuadros a tiempo.

En cuanto a los feminicidios, 1320 casos en 15 anos, si bien sus raíces son estructurales, machismo, desigualdad y control, la depresión puede funcionar como un factor agravante en agresores con celos patológicos, dependencia emocional, desesperanza o pérdida de control. La combinación de depresión, antecedentes de violencia y ausencia de intervención eleva el riesgo de desenlaces fatales.

La relación entre depresión y violencia intrafamiliar es particularmente compleja y bidireccional. En quienes ejercen violencia, la depresión puede expresarse mediante irritabilidad persistente, vacío emocional y dificultades para el autocontrol, favoreciendo reacciones desproporcionadas ante conflictos cotidianos.

En las víctimas, la depresión suele ser una consecuencia directa del abuso prolongado, generando tristeza profunda, miedo, culpa, baja autoestima e indefensión aprendida, lo que dificulta denunciar o salir del círculo de violencia.

Además, los niños y adolescentes que crecen en hogares marcados por la violencia y la depresión desarrollan con frecuencia síntomas depresivos, ansiedad, problemas de conducta y dificultades escolares, aumentando el riesgo de reproducir estos patrones en la vida adulta.

En síntesis, la depresión impacta de manera directa e indirecta en la violencia, los accidentes, el ausentismo laboral, la deserción escolar y diversas muertes evitables. Abordarla como una prioridad de salud pública no solo reduce el sufrimiento individual, sino que previene tragedias familiares y sociales.

La detección temprana, el acceso oportuno a tratamiento y el fortalecimiento de redes de apoyo comunitario son claves para romper este círculo de daño y proteger la vida, la dignidad y el bienestar colectivo.

La depresión no puede seguir siendo tratada como un problema silencioso o exclusivamente personal. Su impacto atraviesa la violencia intrafamiliar, los feminicidios, los suicidios, los accidentes, el ausentismo laboral y la deserción escolar, afectando de manera profunda el tejido social.

Existe una relación bidireccional y peligrosa entre depresión y violencia, una agrava a la otra y ambas se retroalimentan cuando no hay intervención oportuna.

Abordar la depresión como una prioridad de salud pública, con enfoque preventivo, familiar y comunitario, es una inversión en vida, seguridad y desarrollo. La detección temprana, el acceso equitativo a servicios de salud mental y el fortalecimiento de redes de apoyo son esenciales para romper este ciclo de sufrimiento y evitar tragedias evitables.