Por Doctor Ramón Ceballo agresividad verbal
La depresión constituye hoy uno de los principales problemas de salud
pública a nivel mundial. La Organización Mundial de la Salud estima que más de 280 millones de personas
viven con depresión en el mundo, convirtiéndola en una de las principales
causas de discapacidad global.
En América Latina y el Caribe, su impacto se ha intensificado en la última década, asociándose al aumento de la violencia, el suicidio, la precariedad laboral y la deserción escolar.
En la República
Dominicana, diversos estudios y reportes oficiales indican que
cerca de una de cada cinco personas
(20%) de acuerdo a la organización mundial de la salud OMS, presenta algún
trastorno de salud mental, siendo la depresión con un 27.6 %, uno de los más
frecuentes.
Estas cifras no solo reflejan sufrimiento individual, sino un fenómeno
social que incide directamente en la seguridad, la productividad y la
estabilidad familiar.
La depresión no es únicamente un trastorno individual que afecta el
estado de ánimo; es un fenómeno de alto impacto social que influye de manera
directa e indirecta en la violencia, la seguridad, la productividad, la
educación y la cohesión familiar y comunitaria.
Cuando no es diagnosticada ni tratada oportunamente, la depresión se
convierte en un factor de riesgo transversal que agrava múltiples problemáticas
sociales y genera costos humanos y económicos difíciles de revertir.
En el ámbito de la violencia interpersonal y familiar,
la depresión puede manifestarse a través de irritabilidad constante, agresividad
verbal, desesperanza, baja tolerancia a la frustración y dificultades para
regular las emociones. En este contexto, algunas personas reaccionan con
conductas violentas hacia su entorno cercano, especialmente en relaciones de
pareja o familiares.
La violencia no nace de la depresión en sí, pero este trastorno puede
debilitar los frenos emocionales y cognitivos que regulan el comportamiento,
incrementando el riesgo de agresiones físicas, psicológicas o simbólicas.
Otro impacto relevante se observa en los accidentes de tránsito y
laborales. Las personas con depresión suelen experimentar
problemas de concentración, lentitud psicomotora, fatiga crónica y alteraciones
del sueño. Estos síntomas afectan la capacidad de reacción, el juicio y la toma
de decisiones, elevando significativamente el riesgo de accidentes graves tanto
en la conducción como en entornos de trabajo con tareas de riesgo.
La productividad y el empleo con un 8 a 10% de ausentismo
laboral, también se ven severamente afectados. La depresión es una de las
principales causas de ausentismo laboral a nivel mundial. Quienes la padecen
enfrentan falta de motivación, bajo rendimiento, errores frecuentes y
agotamiento emocional.
Esto se traduce en licencias médicas reiteradas, disminución de la
productividad y, en casos severos, pérdida del empleo, con consecuencias
económicas tanto para la persona como para la sociedad.
En el ámbito educativo, la deserción escolar, de 12 a 15%, es
otra consecuencia preocupante. En niños, adolescentes y jóvenes, la depresión
afecta la atención, la memoria y el interés por el aprendizaje. La sensación de
inutilidad, el aislamiento social y la pérdida de sentido pueden conducir al
bajo rendimiento académico y, finalmente, al abandono de los estudios,
perpetuando ciclos de exclusión social y vulnerabilidad a largo plazo.
El vínculo entre depresión y suicidio, 54 mensualmente en el 2024, es uno de los más documentados y alarmantes.
La depresión constituye el principal factor de riesgo asociado a la conducta
suicida. Pensamientos de muerte, desesperanza profunda y la percepción de que
el sufrimiento es insoportable pueden llevar a intentos de suicidio,
especialmente cuando no existe acceso a atención en salud mental ni redes de
apoyo efectivas.
En situaciones extremas, la depresión grave también
puede estar presente en casos de filicidio entre 25 a 30, e
infanticidio entre 50 a 60 anualmente, sobre todo cuando se
combina con psicosis, consumo de sustancias o aislamiento social. En estos
escenarios, algunas madres o padres actúan desde una profunda distorsión
emocional y cognitiva, creyendo erróneamente que causan un “alivio” al
sufrimiento, lo que evidencia la gravedad de no detectar ni tratar estos
cuadros a tiempo.
En cuanto a los feminicidios, 1320 casos en 15 anos, si bien sus raíces
son estructurales, machismo, desigualdad y control, la depresión puede
funcionar como un factor agravante en agresores con celos patológicos,
dependencia emocional, desesperanza o pérdida de control. La combinación de
depresión, antecedentes de violencia y ausencia de intervención eleva el riesgo
de desenlaces fatales.
La relación entre depresión y violencia intrafamiliar es
particularmente compleja y bidireccional. En quienes ejercen violencia, la
depresión puede expresarse mediante irritabilidad persistente, vacío emocional
y dificultades para el autocontrol, favoreciendo reacciones desproporcionadas
ante conflictos cotidianos.
En las víctimas, la depresión suele ser una consecuencia directa del
abuso prolongado, generando tristeza profunda, miedo, culpa, baja autoestima e
indefensión aprendida, lo que dificulta denunciar o salir del círculo de
violencia.
Además, los niños y adolescentes que crecen en hogares
marcados por la violencia y la depresión desarrollan con frecuencia síntomas
depresivos, ansiedad, problemas de conducta y dificultades escolares, aumentando
el riesgo de reproducir estos patrones en la vida adulta.
En
síntesis, la depresión impacta de manera directa e indirecta en la violencia,
los accidentes, el ausentismo laboral, la deserción escolar y diversas muertes
evitables. Abordarla como una prioridad de salud pública no solo reduce el
sufrimiento individual, sino que previene tragedias familiares y sociales.
La detección temprana, el acceso oportuno a tratamiento y el
fortalecimiento de redes de apoyo comunitario son claves para romper este círculo
de daño y proteger la vida, la dignidad y el bienestar colectivo.
La depresión no puede seguir siendo
tratada como un problema silencioso o exclusivamente personal. Su impacto
atraviesa la violencia intrafamiliar, los feminicidios, los suicidios, los
accidentes, el ausentismo laboral y la deserción escolar, afectando de manera
profunda el tejido social.
Existe una relación bidireccional y
peligrosa entre depresión y violencia, una agrava a la otra y ambas se
retroalimentan cuando no hay intervención oportuna.
Abordar la depresión como una prioridad de salud pública, con
enfoque preventivo, familiar y comunitario, es una inversión en vida, seguridad
y desarrollo. La detección temprana, el acceso equitativo a servicios de salud
mental y el fortalecimiento de redes de apoyo son esenciales para romper este
ciclo de sufrimiento y evitar tragedias evitables.