Por el Dr. Ramón Ceballo
He decidido escribir este artículo movido por la
gratitud, la memoria y la vida del padre Ángel Soto, cuyo reciente
fallecimiento nos obliga a detenernos y reflexionar con mayor profundidad. Su
partida no es solo la ausencia de un sacerdote o educador; es la despedida de
un referente moral y formativo que marcó a generaciones enteras.
Para quienes estuvimos bajo su orientación, el padre Soto fue mucho más que un guía espiritual, fue un testimonio vivo del carisma salesiano, una presencia constante que educaba con el ejemplo, la palabra justa y la cercanía auténtica.
Hablar de lo que significa ser un buen salesiano
resulta incompleto si no se hace desde vidas concretas que hayan sabido
encarnar ese ideal. El padre Ángel Soto fue una de esas vidas. En él, los
principios de San Juan Bosco no fueron un discurso institucional ni una
tradición repetida, sino una forma coherente de vivir, educar y servir.
Su manera de relacionarse con los jóvenes, su sensibilidad frente a las
dificultades humanas y su compromiso con la formación integral hicieron visible
el espíritu salesiano en su expresión más genuina.
La Congregación Salesiana, fundada por Don Bosco en el
siglo XIX, nació como respuesta a una realidad de exclusión, pobreza y abandono
juvenil. Su misión fue clara desde el inicio, formar buenos cristianos y
honrados ciudadanos.
Ese proyecto histórico encontró continuidad en el padre Soto, quien supo
leer los desafíos de su tiempo sin traicionar la esencia del carisma. Para él,
la educación no era solo transmisión de conocimientos, sino acompañamiento
humano, formación del carácter y construcción de sentido de vida.
Ser un buen salesiano, como enseñó el padre Soto, no
depende del cargo que se ocupe ni del tiempo que se lleve en una institución,
sino de la coherencia entre lo que se enseña y lo que se vive. Su trato con los
jóvenes estaba marcado por una autoridad serena, una disciplina justa y una
cercanía que generaba confianza.
Supo corregir sin humillar, exigir sin excluir y orientar sin imponer,
demostrando que la verdadera educación nace del respeto y del amor responsable.
Uno de los rasgos más visibles de su legado fue la
prioridad absoluta que otorgó a la educación y formación de la juventud,
especialmente de aquellos que enfrentaban mayores dificultades. El padre Ángel
Soto creía profundamente en el potencial de cada joven, incluso cuando otros
habían perdido la esperanza.
Esa convicción lo llevó a acompañar procesos complejos, a sostener
trayectorias frágiles y a sembrar valores que hoy siguen dando frutos en la
vida de muchos profesionales y ciudadanos comprometidos.
El sistema preventivo de Don Bosco, basado en la
razón, la religión y el amor, encontró en el padre Soto un intérprete fiel. Él
entendía que prevenir no era vigilar, sino estar presente; no era castigar,
sino orientar; no era controlar, sino educar desde la confianza. Su presencia
constante en aulas, patios y espacios comunitarios reflejaba esa pedagogía
silenciosa pero eficaz, donde el educador se convierte en referencia y apoyo.
La formación académica y espiritual que promovió
trascendía los contenidos curriculares. El padre Soto se preocupó por formar
conciencia, responsabilidad y sentido ético. La disciplina que impulsó no fue
rígida ni autoritaria, sino formativa, orientada a construir hábitos, respeto y
convivencia.
Muchos de quienes pasaron por su orientación recuerdan que aprendieron
tanto de sus palabras como de su manera de actuar frente a los conflictos, las
injusticias y las dificultades cotidianas.
Ser un buen salesiano, como él lo demostró, implica también un
compromiso social activo. El padre Ángel Soto enseñó que educar es un acto
profundamente social y ético. Formar jóvenes conscientes de su realidad,
sensibles ante la injusticia y dispuestos al servicio fue una de sus mayores
preocupaciones. Su ejemplo ayudó a comprender que la fe, cuando es auténtica,
se traduce en responsabilidad social y compromiso con los más necesitados.
Hoy, cuando su ausencia duele, su legado se vuelve aún
más elocuente. El reconocimiento a la obra salesiana y, en particular, a la
vida del padre Ángel Soto no es un gesto simbólico, sino un acto de justicia.
En tiempos de crisis de valores y pérdida de referentes, su testimonio recuerda
que ser un buen salesiano es educar desde el corazón, creer en los jóvenes y
servir sin buscar protagonismo.
Honrar
la memoria del padre Ángel Soto es asumir el compromiso de continuar su obra.
Su vida confirma que la educación vivida con amor, coherencia y entrega sigue
siendo una de las fuerzas más transformadoras de la sociedad. Su ejemplo
permanece vivo en cada joven formado, en cada valor sembrado y en cada
conciencia que ayudó a despertar.
