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sábado, 20 de diciembre de 2025

¿Qué es ser un buen salesiano? El legado vivo del padre Ángel Soto


Por el Dr. Ramón Ceballo

He decidido escribir este artículo movido por la gratitud, la memoria y la vida del padre Ángel Soto, cuyo reciente fallecimiento nos obliga a detenernos y reflexionar con mayor profundidad. Su partida no es solo la ausencia de un sacerdote o educador; es la despedida de un referente moral y formativo que marcó a generaciones enteras.

Para quienes estuvimos bajo su orientación, el padre Soto fue mucho más que un guía espiritual, fue un testimonio vivo del carisma salesiano, una presencia constante que educaba con el ejemplo, la palabra justa y la cercanía auténtica.

Hablar de lo que significa ser un buen salesiano resulta incompleto si no se hace desde vidas concretas que hayan sabido encarnar ese ideal. El padre Ángel Soto fue una de esas vidas. En él, los principios de San Juan Bosco no fueron un discurso institucional ni una tradición repetida, sino una forma coherente de vivir, educar y servir.

Su manera de relacionarse con los jóvenes, su sensibilidad frente a las dificultades humanas y su compromiso con la formación integral hicieron visible el espíritu salesiano en su expresión más genuina.

La Congregación Salesiana, fundada por Don Bosco en el siglo XIX, nació como respuesta a una realidad de exclusión, pobreza y abandono juvenil. Su misión fue clara desde el inicio, formar buenos cristianos y honrados ciudadanos.

Ese proyecto histórico encontró continuidad en el padre Soto, quien supo leer los desafíos de su tiempo sin traicionar la esencia del carisma. Para él, la educación no era solo transmisión de conocimientos, sino acompañamiento humano, formación del carácter y construcción de sentido de vida.

Ser un buen salesiano, como enseñó el padre Soto, no depende del cargo que se ocupe ni del tiempo que se lleve en una institución, sino de la coherencia entre lo que se enseña y lo que se vive. Su trato con los jóvenes estaba marcado por una autoridad serena, una disciplina justa y una cercanía que generaba confianza.

Supo corregir sin humillar, exigir sin excluir y orientar sin imponer, demostrando que la verdadera educación nace del respeto y del amor responsable.

Uno de los rasgos más visibles de su legado fue la prioridad absoluta que otorgó a la educación y formación de la juventud, especialmente de aquellos que enfrentaban mayores dificultades. El padre Ángel Soto creía profundamente en el potencial de cada joven, incluso cuando otros habían perdido la esperanza.

Esa convicción lo llevó a acompañar procesos complejos, a sostener trayectorias frágiles y a sembrar valores que hoy siguen dando frutos en la vida de muchos profesionales y ciudadanos comprometidos.

El sistema preventivo de Don Bosco, basado en la razón, la religión y el amor, encontró en el padre Soto un intérprete fiel. Él entendía que prevenir no era vigilar, sino estar presente; no era castigar, sino orientar; no era controlar, sino educar desde la confianza. Su presencia constante en aulas, patios y espacios comunitarios reflejaba esa pedagogía silenciosa pero eficaz, donde el educador se convierte en referencia y apoyo.

La formación académica y espiritual que promovió trascendía los contenidos curriculares. El padre Soto se preocupó por formar conciencia, responsabilidad y sentido ético. La disciplina que impulsó no fue rígida ni autoritaria, sino formativa, orientada a construir hábitos, respeto y convivencia.

Muchos de quienes pasaron por su orientación recuerdan que aprendieron tanto de sus palabras como de su manera de actuar frente a los conflictos, las injusticias y las dificultades cotidianas.

Ser un buen salesiano, como él lo demostró, implica también un compromiso social activo. El padre Ángel Soto enseñó que educar es un acto profundamente social y ético. Formar jóvenes conscientes de su realidad, sensibles ante la injusticia y dispuestos al servicio fue una de sus mayores preocupaciones. Su ejemplo ayudó a comprender que la fe, cuando es auténtica, se traduce en responsabilidad social y compromiso con los más necesitados.

Hoy, cuando su ausencia duele, su legado se vuelve aún más elocuente. El reconocimiento a la obra salesiana y, en particular, a la vida del padre Ángel Soto no es un gesto simbólico, sino un acto de justicia. En tiempos de crisis de valores y pérdida de referentes, su testimonio recuerda que ser un buen salesiano es educar desde el corazón, creer en los jóvenes y servir sin buscar protagonismo.

Honrar la memoria del padre Ángel Soto es asumir el compromiso de continuar su obra. Su vida confirma que la educación vivida con amor, coherencia y entrega sigue siendo una de las fuerzas más transformadoras de la sociedad. Su ejemplo permanece vivo en cada joven formado, en cada valor sembrado y en cada conciencia que ayudó a despertar.