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viernes, 19 de diciembre de 2025

SENASA: la crónica de una crisis anunciada y el silencio de los órganos de control

 


Por Doctor Ramón Ceballo

La crisis que hoy sacude a SENASA no es un accidente ni un hecho aislado. Es la expresión más reciente de un entramado sistémico, profundamente arraigado en las estructuras de poder político, judicial, económico e institucional del país, sostenido tanto por la complicidad activa de unos como por la inacción deliberada de otros. 

Lo que estalla ahora como escándalo debió haber sido advertido, contenido y corregido hace años.

La pregunta que se impone no es solo quiénes y cuantos cometieron irregularidades, sino dónde estaban y dónde están, los órganos de control de la administración pública. ¿Cómo fallaron los sistemas de supervisión financiera?

¿Qué ocurrió con las unidades de integridad, con los mecanismos de Compras y Contrataciones, con la Cámara de Cuentas y con las alertas del sistema bancario ante la movilización de sumas millonarias claramente incompatibles con los ingresos declarados de muchos funcionarios y proveedores?

SENASA ya había dado señales claras de vulnerabilidad. En 2012, la propia institución reconocía serias dificultades financieras y de gestión vinculadas al crecimiento acelerado de su afiliación y a la expansión del régimen subsidiado. 

Aquella etapa, lejos de ser un episodio menor, marcó un punto de inflexión; déficits que alcanzaron los RD$2,260 millones y pérdidas adicionales estimadas en RD$1,595 millones, una creciente dependencia de aportes del Gobierno Central y debilidades administrativas que exigían reformas estructurales profundas. Sin embargo, en lugar de corregir el modelo, se optó por soluciones coyunturales, encubrir los responsables y postergar el problema sin resolverlo.

La crisis no solo persistió, sinó que se repitieron de manera sistemática. Análisis financieros de organizaciones especializadas muestran que SENASA ha registrado pérdidas o déficits significativos en múltiples períodos desde 2009, incluyendo los años 2011-2012, 2019 y, de forma más sostenida, entre 2021 y 2024.

En este último tramo, el deterioro se intensificó, con déficits crecientes que, para 2024, habrían llevado las pérdidas acumuladas a cerca de RD$15,000 millones. Este comportamiento confirma que no se trata de crisis aisladas, sino de una falla estructural persistente en el modelo de gestión, supervisión y control de la ARS estatal.

La situación alcanza su punto más crítico en 2025. La crisis actual, que ha generado investigaciones penales y una fuerte conmoción pública, no se limita a denuncias de corrupción individual. Revela desequilibrios financieros severos, déficits de miles de millones de pesos y una morosidad con los proveedores de servicios de salud que pasó de menos del 1 % en 2020 a más del 40 % en 2024.

El impacto es directo, deterioro de los servicios, presión sobre clínicas y médicos, y un riesgo real para la continuidad de la atención de millones de afiliados.

Lo más inquietante es que muchas de estas señales estaban a la vista. Las cifras eran públicas, los retrasos en los pagos eran conocidos por el sector salud y las tensiones financieras eran comentadas de forma recurrente. Aun así, los mecanismos de control no actuaron con la contundencia necesaria.

La supervisión fue tardía, fragmentada o inexistente. La prevención brilló por su ausencia.

Este escenario obliga a una reflexión incómoda: la corrupción y el colapso institucional no prosperan solo por acción directa, sino por omisión. Cuando los órganos responsables de fiscalizar, auditar y alertar no cumplen su rol, se convierten en parte del problema. El silencio institucional, en estos casos, no es neutral; es funcional al deterioro.

Proteger SENASA no significa encubrir errores ni minimizar responsabilidades. Significa depurarlo, blindarlo y devolverle su razón de ser: garantizar el derecho a la salud con equidad, eficiencia y dignidad. Para ello, es imprescindible establecer responsabilidades claras, fortalecer los controles internos y externos, transparentar la gestión financiera y romper con la lógica de impunidad que ha permitido que las crisis se repitan cíclicamente.

La historia reciente demuestra que convertir las crisis en simples escándalos pasajeros —como ocurrió en 2012, solo prepara el terreno para un colapso mayor. Si esta vez no se aprende, si no se actúa con rigor y sin cálculos políticos, el costo no será solo financiero o reputacional. Será social, sanitario y humano.

La pregunta final ya no es si SENASA podía llegar a este punto, sino por qué, sabiendo lo que ocurría, se permitió que llegara.