Por Dr. Ramon Ceballo
El sistema público de salud de la República Dominicana está estructurado en tres niveles de atención, concebidos para garantizar una provisión progresiva, integral y eficiente de los servicios de salud, desde la prevención y el primer contacto con la comunidad hasta la atención altamente especializada.
Esta organización no es arbitraria: responde a un modelo de redes de servicios que busca resolver la mayoría de los problemas de salud en el nivel más cercano a la población y derivar solo los casos necesarios a instancias de mayor complejidad.
En la base del sistema se encuentra
el Primer Nivel de Atención, cuya célula fundamental es la Unidad de
Atención Primaria (UNAP). El reglamento de provisión de servicios define a
la UNAP, en su artículo 19, como el nodo primario de la red y la estructura
básica de prestación de servicios de salud.
Su función es atender de manera
integral a las personas que conviven en un mismo espacio
geográfico-poblacional, con énfasis en la prevención, la promoción de la salud
y la atención oportuna de enfermedades comunes.
Las UNAP operan dentro de los
Centros de Primer Nivel y están llamadas a vigilar el entorno, identificar
riesgos, dar seguimiento continuo a las familias y resolver la mayor parte de
las necesidades de salud de la población. La atención primaria incluye
servicios de medicina general, enfermería, farmacia comunitaria, odontología y
optometría.
Sin embargo, una de las principales
debilidades del modelo actual es la ausencia sistemática de servicios de
salud mental, a pesar de que una proporción significativa de los usuarios
acude con cuadros de ansiedad, estrés, pánico o malestar emocional que
requieren intervención temprana.
En el país existen aproximadamente 1,700
Unidades de Atención Primaria, pero muchas de ellas no están en condiciones
de resolver cerca del 88 % de las necesidades de salud que deberían
atender. Esta brecha se traduce en una sobrecarga innecesaria de los hospitales,
una atención fragmentada y un uso ineficiente de los recursos del sistema.
La fortaleza de la atención primaria
no reside únicamente en los servicios que ofrece, sino en la relación
médico-paciente. A diferencia de la experiencia hospitalaria, en la UNAP se
construyen vínculos de confianza, familiaridad y seguimiento continuo.
El paciente conoce a su médico, al
personal de enfermería y a los promotores de salud, lo que facilita la
adherencia a los tratamientos y la detección temprana de problemas. Este modelo
relacional es una de las principales lecciones que los hospitales deberían
incorporar, comenzando por un cambio de actitud hacia el usuario.
El Segundo Nivel de Atención
está conformado por hospitales y clínicas que ofrecen servicios médicos especializados
y hospitalización para problemas de salud de mediana complejidad. Estos centros
reciben pacientes referidos desde el primer nivel y brindan atención en áreas
como cirugía general, medicina interna, pediatría, ginecología, obstetricia,
servicios de urgencias y laboratorios básicos.
Su función es actuar como un puente
entre la atención primaria y la alta especialización, resolviendo los casos que
superan la capacidad de las UNAP, pero que no requieren tecnología altamente
compleja.
El correcto funcionamiento del
segundo nivel depende, en gran medida, de un sistema efectivo de referencia
y contrarreferencia, que permita al paciente regresar a su comunidad con
seguimiento adecuado una vez superada la fase aguda de su enfermedad. Cuando
este mecanismo falla, los hospitales se convierten en puertas de entrada
permanentes al sistema, generando saturación, largas esperas y una atención
deshumanizada.
El Tercer Nivel de Atención
corresponde a los hospitales de alta complejidad y especialización. Estos centros
manejan patologías graves, raras o de alta exigencia tecnológica, y atienden
exclusivamente casos referidos desde los niveles I y II. Aquí se concentran
servicios como unidades de cuidados intensivos, neurocirugía, cardiología
avanzada, oncología y otras especialidades que requieren personal altamente
capacitado y equipamiento sofisticado.
Los hospitales de tercer nivel
cumplen una función estratégica dentro del sistema, pero su uso inadecuado para
problemas que podrían resolverse en niveles inferiores representa una
distorsión costosa e ineficiente. Cada nivel tiene responsabilidades
específicas, y cuando uno falla, el impacto se siente en toda la red.
En la República Dominicana, la
organización del sistema en tres niveles busca garantizar una cobertura
integral y progresiva, pero su efectividad depende de la inversión
sostenida, la mejora de la capacidad resolutiva del primer nivel y la
integración real de servicios como la salud mental. Fortalecer las UNAP no es
solo una decisión técnica, sino una apuesta por un sistema más humano,
eficiente y cercano a la gente.
Un sistema de salud sólido no se
construye solo con grandes hospitales, sino con una atención primaria fuerte,
accesible y capaz de resolver la mayoría de las necesidades de la población.
Ahí comienza, y muchas veces debería terminar, el cuidado de la salud.
