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sábado, 6 de diciembre de 2025

Por qué recordamos más lo negativo que lo positivo


Por Doctor Ramón Ceballo

Una mirada psicológica a nuestra memoria emocional

En la vida cotidiana todos hemos experimentado la sensación de que los momentos dolorosos, como pérdidas familiares, problemas de salud, accidentes, discusiones de pareja, dificultades económicas, críticas o fracasos, se quedan grabados con mucha más fuerza que las alegrías y los logros.

Esta tendencia natural, conocida en psicología como sesgo de negatividad, no es un simple hábito cultural ni un rasgo de personalidad; es un mecanismo profundamente arraigado en el funcionamiento del cerebro humano.

Los especialistas coinciden en que esta inclinación tiene raíces evolutivas. A lo largo de la historia, recordar un peligro, una traición o un error podía significar la diferencia entre vivir y morir. Por eso, la mente humana se estructuró para detectar, registrar y analizar cualquier señal de amenaza con mayor intensidad que los estímulos positivos, que no implicaban un riesgo inmediato.

La neurociencia ofrece datos contundentes: los eventos desagradables producen una mayor activación cerebral y generan sustancias como el cortisol, la hormona del estrés, que intensifica los recuerdos y hace que permanezcan más tiempo en nuestra memoria. 

Además, las emociones negativas se procesan más lentamente, lo que obliga al cerebro a detenerse, revisar lo ocurrido y extraer un aprendizaje que, aunque incómodo, se fija con más profundidad.

A esto se suma el contexto social. Vivimos en un entorno donde las malas noticias reciben mayor atención que las buenas; donde los errores se comentan más que los aciertos; y donde una crítica suele pesar más que diez elogios. La cultura, sin intención, refuerza un sesgo natural que ya viene programado en nuestra biología.

Sin embargo, esta tendencia no es irreversible. La psicología moderna ha demostrado que el cerebro puede entrenarse para equilibrar la balanza. Prácticas tan sencillas como agradecer conscientemente, celebrar pequeños logros o dedicar unos segundos extras a saborear los buenos momentos ayudan a fortalecer los recuerdos positivos. 

Estos ejercicios no son simple autoayuda: están respaldados por estudios que confirman que la atención deliberada puede modificar la forma en que la memoria emocional se consolida.

En tiempos de incertidumbre, polarización y estrés, recordar lo bueno no es ingenuidad, sino una forma de higiene mental. Reconocer el papel de este sesgo nos permite entender por qué reaccionamos como lo hacemos y, sobre todo, nos brinda herramientas para construir una visión más equilibrada de nosotros mismos y del entorno.

Al final, no se trata de negar lo negativo, sino de darle a lo positivo el espacio que merece. Porque aunque el cerebro tienda a resaltar las sombras, siempre es posible aprender a iluminar los recuerdos que nos fortalecen.