Por Doctor Ramón Ceballo
En política, quien define la narrativa define el terreno de batalla. Y
el PRM, pese a haber llegado al poder con un discurso de cambio, transparencia
y ruptura con la vieja política, hoy se encuentra acorralado por una narrativa
construida precisamente por una oposición, que se lucró durante veinte años sin
enfrentar consecuencias.
Esa narrativa, elaborada con eficacia y constancia no solo se repite, se amplifica, se normaliza y se instala en la opinión pública. Ante ella, el partido ha preferido mirar hacia otro lado, como si la pasividad no fuera acumulando un alto costo político día tras día. El silencio es también un mensaje. Ese silencio, lejos de ser neutral, termina por convertirse en una forma de rendición.
Ese discurso elaborado por la oposición ha sido
construido con eficacia y constancia. Presenta al PRM como un partido dividido,
sin liderazgo cohesionado, incapaz de sostener la lucha contra la corrupción
que prometió y cada vez más parecido a aquello que juró combatir. No es una
casualidad, es un relato cuidadosamente diseñado para erosionar la legitimidad
moral del gobierno.
Lo más grave no es que esa estructura discursiva
exista, porque en política, siempre existen relatos en pugna. Lo verdaderamente
preocupante es que el PRM haya decidido mantener un silencio que raya en la
indiferencia, como si el desgaste político no tuviera consecuencias
acumulativas.
Hoy, los moralistas de ocasión, convertidos en
paladines de la lucha anticorrupción, critican con furia lo que ayer toleraban
en silencio cuando su partido estaba en el poder y se beneficiaban de ello. Sin
embargo, esos mismos actores han logrado imponer su versión de los hechos ante
la ausencia de una respuesta firme y sostenida del partido de gobierno.
El propio gobierno ha contribuido a estrechar el cerco. La lentitud para
responder a los ataques, la timidez al comunicar logros y la evidente
incomodidad para confrontar a quienes manipulan la opinión pública han dejado
un vacío que sus adversarios llenan con facilidad. En política, el vacío no
existe, si tú no cuentas tu versión, alguien contará una por ti. Y eso es
exactamente lo que ha ocurrido.
¿Dónde está la Secretaría de Comunicaciones del partido? ¿Dónde están sus dirigentes, senadores, diputados, los precandidatos que tienen su agenda propia, etc.? La ausencia de vocería, de coordinación y de discurso unificado ha permitido que se consolide una percepción devastadora sobre el gobierno, debido a que hay un partido desmovilizado, y una dirigencia desconectada.
Aunque injusta en muchos aspectos, esta percepción ha
calado en sectores de la población porque el PRM no ha tenido ni la capacidad
ni la decisión de desmontarla. Su comunicación parece más enfocada en
administrar daños que en marcar agenda, y ejercer autoridad política.
No dejen que la imagen del PRM se deteriore, no es momento de actuar como un simple espectador, así no se articular una defensa firme. Es el momento de unificar un discurso, de activar sus bases. Llegó la hora de reivindicar los aciertos y enfrentar las distorsiones que moldean la percepción pública.
No dejen al gobierno sin respaldo orgánico, porque eso
solo permite que cada ataque de la narrativa de la oposición deje una herida
abierta. Quien no confronta las narrativas ajenas acaba siendo definido por
ellas.
Es preciso decirlo sin rodeos, el PRM difícilmente
volverá a tener un presidente con la autoridad moral y la oportunidad histórica
que hoy encarna Luis Abinader. Defender su gestión es un compromiso. Postergar
lo que debe hacerse ahora es un error estratégico de enormes proporciones. Como
advirtió Balaguer, se termina lamentando como mujer lo que no se supo defender
como hombres.
La pregunta ya no es si existe desgaste, sinó cuánto
tiempo más podrá ignorarse antes de que se vuelva políticamente irreversible.
En política, quien calla no otorga. Pierde.
