Por Dr. Ramón Ceballo
El terrorismo no surge en el vacío. Es el resultado de
decisiones políticas, intervenciones militares y estrategias de poder que han
convertido regiones enteras en escenarios permanentes de conflicto. Durante
décadas, Asia Occidental ha sido laboratorio de estas dinámicas, donde la
geopolítica ha pesado más que la estabilidad de los pueblos.
En Irán, la CIA, junto al Reino Unido, derrocó al primer ministro Mohammad Mossadegh por atreverse a nacionalizar el petróleo. En su lugar, impuso la dictadura de Shah Mohammad Reza Pahlavi, sostenida durante años con represión. Ese precedente no solo destruyó un proceso democrático, también sembró el resentimiento que explotó en la Revolución iraní de 1979.
En Afganistán, la lógica fue aún más peligrosa. Para
debilitar a la Unión Soviética, Estados
Unidos armó y financió a los muyahidines más radicales. Apostó por el
extremismo como herramienta táctica. El resultado fue un país devastado, sin
Estado funcional, que luego vería surgir a los Talibanes
y al yihadismo global.
En Irak, la Invasión de
Irak de 2003 se justificó con mentiras sobre armas de destrucción
masiva. El verdadero resultado fue la demolición del Estado, la disolución del
ejército y un vacío de poder que alimentó la insurgencia. De ese caos emergió ISIS, convertido luego en símbolo del terror
contemporáneo.
En Palestina, el respaldo sistemático de Estados
Unidos a Israel, incluyendo el uso del
veto en la ONU, ha bloqueado cualquier intento efectivo de sanción
internacional. Esta impunidad ha contribuido a un ciclo de violencia constante,
radicalización y fortalecimiento de actores como Hamás.
En Siria, la intervención indirecta mediante el apoyo
a grupos armados en la Guerra civil siria
prolongó un conflicto devastador. El país quedó fragmentado, millones fueron
desplazados y los grupos extremistas encontraron terreno fértil para
expandirse.
El patrón se repite, intervenciones que destruyen
instituciones, vacíos de poder que alimentan el caos y poblaciones atrapadas
entre la violencia y el abandono. En el Líbano, la injerencia externa ha
contribuido a una inestabilidad crónica, donde la población civil paga el
precio de disputas ajenas.
El terrorismo moderno, no surge de la nada. Surge
donde el Estado desaparece, donde la guerra se prolonga y donde el poder actúa
sin límites. No es solo una amenaza que se combate, es también una consecuencia
de decisiones geopolíticas. Al desmantelar Estados, financiar actores armados y
priorizar intereses estratégicos sobre la estabilidad social, se han creado las
condiciones ideales para su expansión.
Cuando el poder se ejerce sin límites, el resultado no
es seguridad, sino más violencia. Y en ese ciclo, los que siempre pierden son
los mismos, sociedades enteras condenadas a vivir entre el miedo, la
destrucción y la incertidumbre.
Y en ese escenario, la conclusión es inevitable, no se puede combatir el
terrorismo mientras se sigan creando las condiciones que lo hacen posible.
Porque cuando el caos se convierte en herramienta, el
terror deja de ser una excepción. Se
vuelve parte del sistema.
