Por Doctor Ramón Ceballo
A un año de la tragedia en la discoteca
Jet Set, el dolor no ha disminuido; se ha transformado. Lo que comenzó
como una conmoción nacional ante la muerte de más de 235 personas y cientos de
heridos, hoy se convierte en una pregunta incómoda y persistente: ¿qué ha
cambiado realmente desde entonces?
Para los familiares de las víctimas,
el tiempo no ha sido alivio, sino un recordatorio constante de la ausencia, de
la injusticia y de una herida que sigue abierta.
El paso del tiempo suele asociarse con la idea de sanación. Sin embargo, en contextos como este, donde la tragedia se entrelaza con posibles fallas estructurales y responsabilidades no esclarecidas, el duelo no avanza: se estanca.
La psicología del trauma es clara al
respecto: cuando no hay verdad ni justicia, el dolor se cronifica. Los
familiares de las víctimas no solo han tenido que enfrentar la pérdida abrupta
de sus seres queridos, sino también el peso de una incertidumbre que desgasta.
La falta de respuestas concretas
alimenta la angustia y profundiza la desconfianza en las instituciones. El
sufrimiento, entonces, deja de ser únicamente emocional para convertirse
también en político.
En este tipo de tragedias, la memoria
juega un papel crucial. Recordar no es solo un acto simbólico; es una forma de
resistencia.
Sin embargo, en sociedades donde la
atención mediática es efímera, el riesgo es que el dolor de las víctimas quede
relegado al olvido colectivo. Y el olvido, en estos casos, es una forma de
revictimización.
A nivel psicológico, el impacto en los
familiares sigue siendo profundo. Muchos continúan atrapados en un duelo
traumático, marcado por la imposibilidad de cerrar el ciclo.
Las preguntas sin respuesta , ¿pudo
evitarse?, ¿quién falló?, ¿por qué ocurrió?, se convierten en pensamientos recurrentes
que impiden la elaboración del dolor.
La ira, lejos de desaparecer, se mantiene
latente. No es una emoción destructiva en sí misma; es, en muchos casos, la
única energía que sostiene la lucha por justicia.
Pero también tiene un costo. Vivir
anclado en la indignación prolonga el desgaste emocional y dificulta la
reconstrucción de la vida cotidiana.
Mientras tanto, los sobrevivientes cargan
con sus propias batallas. Las secuelas físicas y psicológicas no desaparecen
con el tiempo.
El miedo, la ansiedad y los recuerdos
intrusivos siguen presentes, recordándoles constantemente la fragilidad de la
vida y la cercanía de la muerte.
Pero quizás el impacto más preocupante es
el que se extiende a toda la sociedad. La tragedia de Jet Set dejó al
descubierto fallas que van más allá de un evento puntual.
Reveló debilidades en los sistemas de
supervisión, en la cultura de prevención y en la responsabilidad institucional.
Un año después, la pregunta no es solo qué ocurrió, sino qué se ha hecho para
evitar que vuelva a suceder.
Si la respuesta es insuficiente, entonces
el problema no es solo del pasado, sino del presente y del futuro.
Porque las tragedias no se repiten por
azar; se repiten por omisión.
Y cuando un país no transforma el dolor en
aprendizaje, corre el riesgo de normalizar la pérdida, de convivir con la
impunidad y de convertir cada aniversario en una ceremonia vacía, donde se
recuerda sin cambiar nada.
Para los familiares, no hay cierre posible
sin justicia. No hay paz sin verdad. Y no hay olvido cuando la herida sigue
abierta.
A un año del derrumbe, la tragedia de Jet
Set no es solo un recuerdo: es una deuda pendiente. Una deuda con las víctimas,
con sus familias y con un país que aún no decide si quiere aprender de su dolor
o resignarse a repetirlo.
