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miércoles, 8 de abril de 2026

Un año después del derrumbe: memoria, impunidad y la herida que el país no logra cerrar”


Por Doctor Ramón Ceballo 

A un año de la tragedia en la discoteca Jet Set, el dolor no ha disminuido; se ha transformado. Lo que comenzó como una conmoción nacional ante la muerte de más de 235 personas y cientos de heridos, hoy se convierte en una pregunta incómoda y persistente: ¿qué ha cambiado realmente desde entonces?

 Para los familiares de las víctimas, el tiempo no ha sido alivio, sino un recordatorio constante de la ausencia, de la injusticia y de una herida que sigue abierta.

El paso del tiempo suele asociarse con la idea de sanación. Sin embargo, en contextos como este, donde la tragedia se entrelaza con posibles fallas estructurales y responsabilidades no esclarecidas, el duelo no avanza: se estanca. 

La psicología del trauma es clara al respecto: cuando no hay verdad ni justicia, el dolor se cronifica. Los familiares de las víctimas no solo han tenido que enfrentar la pérdida abrupta de sus seres queridos, sino también el peso de una incertidumbre que desgasta.

 La falta de respuestas concretas alimenta la angustia y profundiza la desconfianza en las instituciones. El sufrimiento, entonces, deja de ser únicamente emocional para convertirse también en político.

En este tipo de tragedias, la memoria juega un papel crucial. Recordar no es solo un acto simbólico; es una forma de resistencia. 

Sin embargo, en sociedades donde la atención mediática es efímera, el riesgo es que el dolor de las víctimas quede relegado al olvido colectivo. Y el olvido, en estos casos, es una forma de revictimización.

A nivel psicológico, el impacto en los familiares sigue siendo profundo. Muchos continúan atrapados en un duelo traumático, marcado por la imposibilidad de cerrar el ciclo. 

Las preguntas sin respuesta , ¿pudo evitarse?, ¿quién falló?, ¿por qué ocurrió?, se convierten en pensamientos recurrentes que impiden la elaboración del dolor.

La ira, lejos de desaparecer, se mantiene latente. No es una emoción destructiva en sí misma; es, en muchos casos, la única energía que sostiene la lucha por justicia.

 Pero también tiene un costo. Vivir anclado en la indignación prolonga el desgaste emocional y dificulta la reconstrucción de la vida cotidiana.

Mientras tanto, los sobrevivientes cargan con sus propias batallas. Las secuelas físicas y psicológicas no desaparecen con el tiempo. 

El miedo, la ansiedad y los recuerdos intrusivos siguen presentes, recordándoles constantemente la fragilidad de la vida y la cercanía de la muerte.

Pero quizás el impacto más preocupante es el que se extiende a toda la sociedad. La tragedia de Jet Set dejó al descubierto fallas que van más allá de un evento puntual. 

Reveló debilidades en los sistemas de supervisión, en la cultura de prevención y en la responsabilidad institucional. Un año después, la pregunta no es solo qué ocurrió, sino qué se ha hecho para evitar que vuelva a suceder.

Si la respuesta es insuficiente, entonces el problema no es solo del pasado, sino del presente y del futuro.

Porque las tragedias no se repiten por azar; se repiten por omisión.

Y cuando un país no transforma el dolor en aprendizaje, corre el riesgo de normalizar la pérdida, de convivir con la impunidad y de convertir cada aniversario en una ceremonia vacía, donde se recuerda sin cambiar nada.

Para los familiares, no hay cierre posible sin justicia. No hay paz sin verdad. Y no hay olvido cuando la herida sigue abierta.

A un año del derrumbe, la tragedia de Jet Set no es solo un recuerdo: es una deuda pendiente. Una deuda con las víctimas, con sus familias y con un país que aún no decide si quiere aprender de su dolor o resignarse a repetirlo.