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jueves, 2 de abril de 2026

Infancia y violencia: el trauma psicológico cuando un niño causa la muerte de su hermano


Por Dr. Ramón Ceballo

Cuando en una familia un niño causa la muerte de su propio hermano, no se trata solo de una tragedia individual, sino de un hecho que expone la violencia silenciosa que persiste en muchos hogares.

Este tipo de situaciones revela un impacto emocional profundo, capaz de marcar de por vida no solo a los niños involucrados, sino también a todo el núcleo familiar en América Latina.

Los hechos de violencia intrafamiliar protagonizados por menores generan una conmoción profunda, no solo por la pérdida irreparable de una vida, sino por la complejidad emocional que envuelve a todos los involucrados. La reacción social suele oscilar entre el asombro y la incomprensión.

Sin embargo, estas tragedias no ocurren en el vacío, forman parte de una realidad más amplia de violencia que afecta de manera persistente a la niñez en América Latina y el Caribe.

En la región, la violencia infantil es un problema estructural. Diversos organismos internacionales advierten que casi dos de cada tres niños entre 1 y 14 años sufren algún tipo de disciplina violenta en sus hogares. Este dato revela una paradoja inquietante, el entorno familiar, que debería ser el principal espacio de protección, puede convertirse también en un escenario de riesgo.

Aún más alarmante, la tasa de homicidios de niños y adolescentes en América Latina y el Caribe es cuatro veces mayor que el promedio mundial. Esta cifra evidencia una crisis persistente en los sistemas de protección de la infancia y una preocupante normalización de la violencia.

En República Dominicana, la situación no es ajena a esta realidad. Informes recientes de UNICEF indican que más del 63 % de los niños entre 1 y 14 años ha sido sometido a métodos violentos de disciplina en el hogar. En el grupo de 3 a 4 años, la cifra asciende hasta el 70 %. Estos datos reflejan cómo la exposición temprana a la violencia puede afectar el desarrollo emocional y la capacidad de autorregulación.

Desde la psicología, un niño que comete un acto extremo no puede ser analizado bajo parámetros adultos. Su comprensión de la muerte, del daño y de sus consecuencias es limitada. En muchos casos intervienen factores como la impulsividad, los celos intensos, la rivalidad fraterna o la exposición constante a entornos violentos. También pueden existir trastornos de conducta que dificultan el control emocional y la empatía.

El menor involucrado no es solo autor del hecho, sino también una víctima psicológica. Puede experimentar culpa extrema, miedo, confusión o mecanismos de desconexión emocional. Sin intervención especializada, existe un alto riesgo de desarrollar secuelas como el trastorno de estrés postraumático.

Para la familia, el impacto es devastador. Se enfrentan a un duelo doble, la pérdida de un hijo y el hecho de que el otro haya sido el causante. Este tipo de tragedia genera culpa, vergüenza social, rabia y una profunda fractura emocional. Muchas familias quedan atrapadas entre el rechazo y la necesidad de proteger al hijo sobreviviente.

El abordaje debe ser integral. La intervención psicológica especializada es clave para todos los miembros del núcleo familiar. En el caso del menor, se requiere una evaluación clínica profunda y terapias adaptadas a su edad, que faciliten la comprensión del hecho y el desarrollo de habilidades emocionales.

Asimismo, es fundamental evitar la estigmatización. Etiquetar al niño únicamente como “asesino” no solo simplifica la realidad, sino que obstaculiza cualquier posibilidad de rehabilitación. La respuesta debe centrarse en la comprensión, la intervención y la prevención.

Estos casos obligan a mirar más allá del hecho aislado. Son el reflejo de una violencia que, muchas veces silenciosa, se gesta dentro del hogar. Comprenderla, visibilizarla y enfrentarla es un desafío urgente para la sociedad.