Por Dr. Ramón Ceballo
En política, las acciones basadas en el miedo suelen producir resultados rápidos, pero también generan costos profundos y, a menudo, imprevisibles.
La línea
migratoria impulsada por Donald Trump es un ejemplo elocuente
de ello: diseñada para exhibir autoridad y control, terminó revelando las
contradicciones y límites de un modelo que, en su radicalidad, comenzó a
devorar a quienes lo ejecutaban.
Este enfoque migratorio promovido por Donald Trump no fue, como se quiso presentar, una simple medida de control fronterizo. Fue, en esencia, un experimento de poder basado en el miedo, la exclusión y la deshumanización sistemática del migrante: un modelo que convirtió la vulnerabilidad en delito y la pobreza en amenaza.
En ese esquema, Gregory Bovino y Kristi Noem no fueron
simples funcionarios: fueron operadores de una lógica de confrontación que
exigía resultados visibles, aun a costa de la erosión de derechos
fundamentales. Su tarea no era gestionar, sino demostrar dureza. Y lo hicieron.
Bovino encarnó la fase operativa más cruda de ese
engranaje. Bajo su mando, las redadas dejaron de ser acciones administrativas
para convertirse en despliegues de poder coercitivo. La militarización del
espacio civil, la persecución agresiva y la criminalización casi automática del
migrante marcaron su accionar. No se trataba de aplicar la ley, sino de imponer
miedo.
Las denuncias por abusos, uso excesivo de la coerción
y procedimientos que rozaban, y en ocasiones cruzaban, los límites legales no fueron anomalías, sino
señales de un sistema diseñado para tensarse hasta su punto de quiebre. Y
cuando ese quiebre llegó, Bovino dejó de ser útil. No cayó por error; fue
descartado.
Kristi Noem, por su parte, jugó un papel distinto pero
complementario. Desde el poder público, legitimó y amplificó esa misma lógica.
Bajo su liderazgo, la eficacia se midió en números de detenciones y
deportaciones, mientras se normalizaban condiciones indignas y se
invisibilizaban sus consecuencias humanas.
Su discurso no solo acompañó esa dinámica: la
radicalizó. Redujo el fenómeno migratorio a una amenaza simplificada,
alimentando una narrativa que deshumaniza y polariza. Fue una apuesta
consciente por la confrontación como herramienta de poder.
Pero incluso los enfoques más agresivos tienen
límites. En el caso de Noem, la acumulación de críticas, los cuestionamientos
éticos y los errores en su gestión terminaron debilitando su posición. Cuando
el costo reputacional se volvió demasiado alto, el sistema hizo lo que suele
hacer: protegerse sacrificando a sus piezas más expuestas.
Bovino y Noem no son excepciones. Son el resultado
lógico de una directriz concebida desde la cúspide del poder para privilegiar
la dureza sobre la eficacia, el espectáculo sobre la solución y la intimidación
sobre la institucionalidad.
La paradoja es evidente: el mismo aparato que los
impulsó terminó por devorarlos. En política, la radicalización puede ser
rentable a corto plazo, pero insostenible como práctica permanente. Cuando el
exceso deja de ser útil, se convierte en un problema.
Lo ocurrido revela una verdad incómoda: los mecanismos
construidos sobre el miedo no solo dañan a sus víctimas directas, sino que
terminan erosionando a quienes los ejecutan. Porque cuando la lógica es la del
castigo sin límites, nadie queda realmente a salvo, ni siquiera quienes la
aplican.
Al final, el curso migratorio de Trump no solo dejó un
rastro de sufrimiento en miles de migrantes. También expuso la fragilidad de un
modelo que, llevado al extremo, termina colapsando sobre sí mismo.
Y en ese colapso, los primeros en caer no son los
arquitectos del poder, sino sus ejecutores más fieles.
