Por Doctor Ramón Ceballo
A 61 años del estallido de abril, la reflexión vuelve a tocar una fibra profunda de la identidad dominicana.
La historia, muchas veces escrita desde la conveniencia, ha sido
ingrata con quienes eligieron el fuego del combate por principios, en lugar de
los privilegios del poder.
Hoy, 24 de abril, la
República Dominicana se mira en el espejo de su pasado. No se trata solo de
recordar la Guerra de Abril de 1965, sino
de reconocer el momento en que la dignidad nacional se alzó frente a la
intervención extranjera y la ruptura del orden constitucional.
Resuenan con fuerza los nombres que defendieron el honor en las calles de Santo Domingo:
- ¡Que viva Francisco Alberto Caamaño Deñó! Símbolo de resistencia y voluntad inquebrantable.
- ¡Que viva Rafael Tomás Fernández Domínguez! Ideólogo cuyo sacrificio marcó el camino del honor militar.
- ¡Que viva José Francisco Peña Gómez! Voz que despertó la conciencia popular desde la radio.
Resulta una ironía dolorosa
que, mientras disfrutamos de libertades conquistadas, la memoria de estos
hombres y mujeres quede reducida a menciones ocasionales. Su lucha no buscaba
posiciones; aspiraba a devolverle el rumbo ético a una nación herida.
Enfrentar una invasión
extranjera, aun cuando el costo era la vida, no admite indiferencia. Ese legado
representa el vínculo entre el honor militar y la convicción democrática,
valores que hoy parecen diluirse en medio del ruido político.
Recordar abril no es un
acto de nostalgia, sino de justicia. Rechacemos, con la misma firmeza de
entonces, a quienes prefieren la sumisión a intereses externos antes que la
defensa de la soberanía nacional.
Si el sacrificio de
aquellos héroes se desvanece en la comodidad del presente, corremos el riesgo
de perder el rumbo como nación.
¡Gloria eterna a
los constitucionalistas!
¡Por una memoria
que no se oxide con el tiempo!
