Por doctor Ramón Ceballo
En sociedades marcadas por la incertidumbre, el estrés y las tensiones cotidianas, la salud mental ha dejado de ser un asunto individual para convertirse en un problema colectivo.
En la República Dominicana,
donde las condiciones sociales y económicas presionan constantemente al
ciudadano, fenómenos como la ansiedad y el pánico avanzan en silencio, muchas
veces sin diagnóstico ni atención adecuada.
El miedo es una emoción natural, necesaria para la supervivencia.
Sin embargo, cuando se manifiesta de forma intensa, repentina y sin causa
aparente, puede transformarse en una experiencia profundamente incapacitante.
En ese punto emergen las crisis de pánico, episodios agudos que, en algunos
casos, evolucionan hacia el trastorno de pánico, una condición
clínica que altera de manera sostenida la vida de quien la padece.
Las crisis de pánico son más frecuentes de lo que se cree. Se
estima que hasta un 11% de la población experimenta al menos una crisis
de pánico en un año, lo que evidencia su carácter relativamente común
dentro de los trastornos de ansiedad.
Las crisis de pánico surgen por la
combinación de factores biológicos, psicológicos y ambientales. Influyen
desequilibrios neuroquímicos y predisposición genética, junto al estrés,
pensamientos catastróficos o traumas. También inciden problemas económicos o familiares,
el consumo de sustancias como cafeína o alcohol, y condiciones físicas como la
falta de sueño o la fatiga, que activan de forma desproporcionada el sistema de
alarma del organismo.
Estas crisis se caracterizan por la aparición súbita de miedo intenso
acompañado de síntomas físicos como palpitaciones, dificultad para respirar,
mareo o sensación de muerte inminente. Aunque suelen durar pocos minutos, su
impacto psicológico puede ser duradero. No obstante, una crisis aislada no
implica necesariamente la existencia de un trastorno.
El problema adquiere una dimensión clínica cuando estas crisis se
repiten y generan un estado persistente de temor. Es entonces cuando se
configura el trastorno de pánico, definido por la presencia de ataques
recurrentes junto con ansiedad anticipatoria y conductas de evitación.
En términos epidemiológicos, este trastorno afecta aproximadamente
entre 2% y 3% de la población en un periodo de 12 meses, con mayor
prevalencia en mujeres y con inicio frecuente en la adolescencia o adultez
temprana.
Sin embargo, al aterrizar estas cifras en la realidad dominicana,
el panorama se vuelve aún más preocupante. Si el 5.7% de la población de
la República Dominicana padece trastornos de ansiedad, entonces el
país no enfrenta un problema menor, sino una realidad que supera los 600 mil
ciudadanos.
Esta cifra desborda con
claridad las estimaciones oficiales que hablan de apenas 450 mil personas
afectadas. La diferencia no es un simple error estadístico: es la evidencia de
un sistema que no mide, no diagnostica y, en muchos casos, prefiere ignorar la
magnitud del problema.
En un contexto donde la salud mental sigue siendo un tema
relegado, el subregistro no solo oculta números, sino que invisibiliza
sufrimiento, profundiza el abandono institucional y deja a miles de dominicanos
enfrentando solos trastornos como el pánico y la ansiedad.
Desde una perspectiva más amplia, el trastorno de pánico forma
parte del universo de los trastornos de ansiedad, los cuales constituyen
actualmente los problemas de salud mental más comunes en el mundo. Según
la Organización Mundial de la Salud, más de 359 millones de
personas padecen trastornos de ansiedad, lo que representa alrededor
del 4.4% de la población mundial. Esta magnitud evidencia que no se
trata de un fenómeno aislado, sino de un desafío global de salud pública.
La relación entre crisis y trastorno es, por tanto, directa pero
no automática. La crisis de pánico es el episodio; el trastorno de pánico es la
repetición de esos episodios acompañada de un cambio estructural en la conducta
y en la percepción del riesgo. En muchos casos, el miedo deja de estar
vinculado a una amenaza externa y pasa a centrarse en el propio miedo: el
individuo teme volver a sentir lo que ya sintió.
Este fenómeno genera un círculo vicioso. La persona evita lugares,
situaciones o actividades por temor a una nueva crisis, lo que limita su vida
social, laboral y personal. A largo plazo, esta dinámica puede derivar en
aislamiento, depresión u otros trastornos asociados.
En la República Dominicana, el trastorno de pánico no es solo
un problema clínico: es el reflejo de una estructura social que empuja al
individuo al límite y luego lo abandona a su suerte. Mientras cientos de miles
de ciudadanos viven bajo el peso de la ansiedad y el miedo recurrente, la
respuesta institucional sigue siendo débil, fragmentada y, en muchos casos,
inexistente.
No se trata únicamente de estadísticas ni de diagnósticos. Se
trata de una población que respira con dificultad, que vive en alerta constante
y que aprende a normalizar el sufrimiento psicológico como parte de la vida
cotidiana. El verdadero problema no es solo la expansión del trastorno, sino la
indiferencia estructural frente a él.
Ignorar esta realidad tiene un costo: más enfermedad, más
deterioro social y una sociedad emocionalmente fracturada. La salud mental no
puede seguir siendo el último renglón del presupuesto ni el tema incómodo del
debate público. Porque cuando el miedo deja de ser una reacción y se convierte
en una forma de vida, lo que está en crisis no es solo el individuo, sino el
país entero.
Durante los episodios de la crisis de pánico, lo recomendable es
que persona tenga una respiración controlada, inhala lento por la nariz (4 segundos) y
exhala por la boca (6 segundos). Reconocer lo que
ocurre: recordarte que es una crisis de pánico, no un peligro
real, Técnica de anclaje (5-4-3-2-1): enfócate en lo que ves, sientes,
oyes, hueles y saboreas, Relajar el cuerpo:
soltar músculos y evitar luchar contra la sensación.
Además, Psicoterapia,
especialmente la terapia cognitivo-conductual, Ejercicio
regular y hábitos de sueño adecuados, Reducir consumo de cafeína, alcohol y otras sustancias,
En algunos casos, uso de medicamentos bajo supervisión médica
Lo fundamental es aprender a manejarlas y buscar ayuda profesional si
son recurrentes.
