Por Dr. Ramón Ceballo
La seguridad vial en la República
Dominicana constituye uno de los grandes desafíos de salud pública que enfrenta
el país. Sin embargo, cuando se habla de accidentes de tránsito, la discusión
suele concentrarse en las condiciones de las vías, el estado de los vehículos,
el exceso de velocidad, el consumo de alcohol o el incumplimiento de las
normas.
Todos estos factores son importantes, pero existe una dimensión que ha recibido menor atención: la salud mental de quienes conducen y de quienes sobreviven a un siniestro vial.
Los datos disponibles muestran la
magnitud del problema. La Oficina Nacional de Estadística (ONE) mantiene
registros sobre accidentes de tránsito, personas fallecidas y lesionadas,
desagregados por sexo, edad, horario, día de la semana, provincia y medio de
transporte. Además, ha incorporado indicadores correspondientes al período
2020-2025.
De acuerdo con las cifras que
sustentan esta reflexión, en 2025 se registraron 1,977 accidentes de tránsito con desenlace fatal en el lugar del hecho,
una de las cifras más elevadas de los últimos años. Los hombres concentraron el
88.78 % de las muertes, mientras que las mujeres representaron el 10.90
%.
Asimismo, las motocicletas y pasolas
estuvieron involucradas en el 71.08 % de las muertes registradas. El
domingo concentró el mayor porcentaje de fallecimientos, con 26.80 %,
mientras que una parte importante de los eventos ocurrió durante la tarde, la
noche y la madrugada.
Estos números deberían llevarnos a
formular una pregunta diferente: ¿qué
está ocurriendo en la mente de quienes conducen?
No se trata de afirmar que los
trastornos mentales sean la causa de los accidentes. Sería incorrecto
establecer una relación causal general sin estudios específicos. Lo que
planteamos es que la seguridad vial debe incorporar factores relacionados con
la conducta, las emociones, el consumo de sustancias, la fatiga, la
impulsividad, la distracción y determinadas condiciones psicológicas que pueden
afectar la capacidad para conducir de manera segura.
La Organización Mundial de la Salud
reconoce que la conducción bajo los efectos del alcohol u otras sustancias
psicoactivas incrementa el riesgo de colisiones graves. También identifica la
distracción, la fatiga y determinados comportamientos como factores relevantes
en la siniestralidad vial. Incluso la somnolencia asociada con la privación del
sueño y algunos trastornos del sueño constituye un riesgo para quienes
conducen.
Por tanto, la salud mental debe comenzar a ocupar un lugar dentro de las políticas
de seguridad vial dominicanas.
Un conductor sometido a altos niveles
de estrés, agotamiento, privación del sueño o consumo de sustancias puede
experimentar alteraciones en la atención, el juicio, la coordinación y la
capacidad para responder adecuadamente ante situaciones inesperadas. A ello se
agregan comportamientos como la conducción temeraria, la agresividad al volante
y la dificultad para controlar los impulsos.
Existe, además, otra cara del
problema que suele permanecer invisible: la salud mental de las víctimas y
sus familias.
Sobrevivir a un accidente grave puede
dejar lesiones físicas permanentes, discapacidad, pérdida de independencia,
dificultades laborales y profundas consecuencias emocionales. La OMS advierte
que las personas sobrevivientes y sus familias pueden enfrentar necesidades
físicas, psicológicas, jurídicas y económicas, y que el trauma psicológico
puede dificultar la reintegración a la vida familiar y laboral. Por ello,
recomienda integrar la atención de salud mental dentro de la respuesta
posterior al siniestro.
Esto adquiere particular importancia
en una sociedad donde miles de familias tienen que aprender a vivir con la
pérdida repentina de un padre, una madre, un hijo, un hermano o un familiar. La
muerte ocurre en segundos, pero sus consecuencias pueden acompañar a una
familia durante décadas.
De igual manera, las lesiones no
mortales tampoco deben ser subestimadas. La OMS estima que entre 20 y 50 millones de personas sufren cada año
lesiones no mortales como consecuencia de siniestros viales en el mundo,
muchas de ellas con discapacidad. Los efectos económicos, sociales y
psicológicos trascienden a la víctima y alcanzan a todo su núcleo familiar.
En el caso dominicano, la elevada
participación de motocicletas merece una mirada especial. Si más de siete de
cada diez muertes registradas corresponden a personas que viajaban en
motocicletas o pasolas, no basta con hablar de cascos, velocidad o controles
policiales.
Es necesario desarrollar programas
de educación vial, evaluación de
conductas de riesgo, prevención del consumo de alcohol y sustancias, manejo de
emociones, control de impulsividad y promoción de hábitos adecuados de descanso.
La seguridad vial no puede continuar
siendo exclusivamente un asunto de tránsito. Tiene que convertirse en una
política integral en la que participen salud,
educación, transporte, seguridad pública, justicia y las organizaciones de la
sociedad civil. La propia OMS plantea que la prevención efectiva
requiere una acción multisectorial y un enfoque de sistema seguro.
En ese sentido, propongo que
República Dominicana valore la incorporación de evaluaciones de salud mental y aptitud psicosocial dentro de los
procesos de formación y renovación de licencias, especialmente en aquellos
casos que presenten factores de riesgo identificables.
No se trata de estigmatizar a las
personas con problemas de salud mental ni de convertir el diagnóstico en una
barrera para conducir. Se trata de identificar oportunamente aquellas
condiciones que puedan comprometer la seguridad del conductor y de terceros.
También sería conveniente que los servicios
de emergencia y rehabilitación incorporen profesionales de salud mental para
atender a las víctimas de siniestros graves y a sus familiares. La respuesta no
debe terminar cuando se estabiliza físicamente al paciente.
Un
accidente de tránsito no termina necesariamente cuando se levanta el vehículo
de la carretera. Para muchas personas, ahí comienza otra batalla: la
recuperación física, emocional y familiar.
La República Dominicana necesita
asumir que detrás de cada estadística existe una persona, una familia y una
historia. Por eso, reducir las muertes en nuestras carreteras no puede
limitarse a contar cadáveres después de cada fin de semana. Necesitamos
comprender las causas, intervenir antes del accidente y acompañar a quienes
sobreviven.
La seguridad vial también es salud
mental.
Y si queremos salvar vidas, tenemos que comenzar a mirar la carretera no
solamente desde el volante, sino también desde la mente de quien conduce y
desde el dolor de quien sobrevive.
