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lunes, 17 de agosto de 2026

La Relación de la Salud mental y los accidentes de tránsito

 


Por Dr. Ramón Ceballo

La seguridad vial en la República Dominicana constituye uno de los grandes desafíos de salud pública que enfrenta el país. Sin embargo, cuando se habla de accidentes de tránsito, la discusión suele concentrarse en las condiciones de las vías, el estado de los vehículos, el exceso de velocidad, el consumo de alcohol o el incumplimiento de las normas.

Todos estos factores son importantes, pero existe una dimensión que ha recibido menor atención: la salud mental de quienes conducen y de quienes sobreviven a un siniestro vial.

Los datos disponibles muestran la magnitud del problema. La Oficina Nacional de Estadística (ONE) mantiene registros sobre accidentes de tránsito, personas fallecidas y lesionadas, desagregados por sexo, edad, horario, día de la semana, provincia y medio de transporte. Además, ha incorporado indicadores correspondientes al período 2020-2025.

De acuerdo con las cifras que sustentan esta reflexión, en 2025 se registraron 1,977 accidentes de tránsito con desenlace fatal en el lugar del hecho, una de las cifras más elevadas de los últimos años. Los hombres concentraron el 88.78 % de las muertes, mientras que las mujeres representaron el 10.90 %.

Asimismo, las motocicletas y pasolas estuvieron involucradas en el 71.08 % de las muertes registradas. El domingo concentró el mayor porcentaje de fallecimientos, con 26.80 %, mientras que una parte importante de los eventos ocurrió durante la tarde, la noche y la madrugada.

Estos números deberían llevarnos a formular una pregunta diferente: ¿qué está ocurriendo en la mente de quienes conducen?

No se trata de afirmar que los trastornos mentales sean la causa de los accidentes. Sería incorrecto establecer una relación causal general sin estudios específicos. Lo que planteamos es que la seguridad vial debe incorporar factores relacionados con la conducta, las emociones, el consumo de sustancias, la fatiga, la impulsividad, la distracción y determinadas condiciones psicológicas que pueden afectar la capacidad para conducir de manera segura.

La Organización Mundial de la Salud reconoce que la conducción bajo los efectos del alcohol u otras sustancias psicoactivas incrementa el riesgo de colisiones graves. También identifica la distracción, la fatiga y determinados comportamientos como factores relevantes en la siniestralidad vial. Incluso la somnolencia asociada con la privación del sueño y algunos trastornos del sueño constituye un riesgo para quienes conducen.

Por tanto, la salud mental debe comenzar a ocupar un lugar dentro de las políticas de seguridad vial dominicanas.

Un conductor sometido a altos niveles de estrés, agotamiento, privación del sueño o consumo de sustancias puede experimentar alteraciones en la atención, el juicio, la coordinación y la capacidad para responder adecuadamente ante situaciones inesperadas. A ello se agregan comportamientos como la conducción temeraria, la agresividad al volante y la dificultad para controlar los impulsos.

Existe, además, otra cara del problema que suele permanecer invisible: la salud mental de las víctimas y sus familias.

Sobrevivir a un accidente grave puede dejar lesiones físicas permanentes, discapacidad, pérdida de independencia, dificultades laborales y profundas consecuencias emocionales. La OMS advierte que las personas sobrevivientes y sus familias pueden enfrentar necesidades físicas, psicológicas, jurídicas y económicas, y que el trauma psicológico puede dificultar la reintegración a la vida familiar y laboral. Por ello, recomienda integrar la atención de salud mental dentro de la respuesta posterior al siniestro.

Esto adquiere particular importancia en una sociedad donde miles de familias tienen que aprender a vivir con la pérdida repentina de un padre, una madre, un hijo, un hermano o un familiar. La muerte ocurre en segundos, pero sus consecuencias pueden acompañar a una familia durante décadas.

De igual manera, las lesiones no mortales tampoco deben ser subestimadas. La OMS estima que entre 20 y 50 millones de personas sufren cada año lesiones no mortales como consecuencia de siniestros viales en el mundo, muchas de ellas con discapacidad. Los efectos económicos, sociales y psicológicos trascienden a la víctima y alcanzan a todo su núcleo familiar.

En el caso dominicano, la elevada participación de motocicletas merece una mirada especial. Si más de siete de cada diez muertes registradas corresponden a personas que viajaban en motocicletas o pasolas, no basta con hablar de cascos, velocidad o controles policiales.

Es necesario desarrollar programas de educación vial, evaluación de conductas de riesgo, prevención del consumo de alcohol y sustancias, manejo de emociones, control de impulsividad y promoción de hábitos adecuados de descanso.

La seguridad vial no puede continuar siendo exclusivamente un asunto de tránsito. Tiene que convertirse en una política integral en la que participen salud, educación, transporte, seguridad pública, justicia y las organizaciones de la sociedad civil. La propia OMS plantea que la prevención efectiva requiere una acción multisectorial y un enfoque de sistema seguro.

En ese sentido, propongo que República Dominicana valore la incorporación de evaluaciones de salud mental y aptitud psicosocial dentro de los procesos de formación y renovación de licencias, especialmente en aquellos casos que presenten factores de riesgo identificables.

No se trata de estigmatizar a las personas con problemas de salud mental ni de convertir el diagnóstico en una barrera para conducir. Se trata de identificar oportunamente aquellas condiciones que puedan comprometer la seguridad del conductor y de terceros.

También sería conveniente que los servicios de emergencia y rehabilitación incorporen profesionales de salud mental para atender a las víctimas de siniestros graves y a sus familiares. La respuesta no debe terminar cuando se estabiliza físicamente al paciente.

Un accidente de tránsito no termina necesariamente cuando se levanta el vehículo de la carretera. Para muchas personas, ahí comienza otra batalla: la recuperación física, emocional y familiar.

La República Dominicana necesita asumir que detrás de cada estadística existe una persona, una familia y una historia. Por eso, reducir las muertes en nuestras carreteras no puede limitarse a contar cadáveres después de cada fin de semana. Necesitamos comprender las causas, intervenir antes del accidente y acompañar a quienes sobreviven.

La seguridad vial también es salud mental.

Y si queremos salvar vidas, tenemos que comenzar a mirar la carretera no solamente desde el volante, sino también desde la mente de quien conduce y desde el dolor de quien sobrevive.