Por Doctor Ramón Ceballo
La decisión del Partido
Revolucionario Moderno (PRM) de depositar ante la Junta Central Electoral un
padrón de 1, 551,727 militantes, una reducción de aproximadamente un millón
quinientos cuarenta mil afiliados con relación al padrón anterior, constituye
una señal política que no puede pasar inadvertida.
Aunque la dirección del partido
atribuye esta disminución a un proceso de depuración y verificación de datos,
resulta difícil ignorar que detrás de esa cifra también existen factores
políticos y organizativos que pudieron incidir en la escasa participación de
miles de dirigentes en la validación del padrón.
Uno de esos factores fue la narrativa construida durante el período 2020-2024. Desde la dirección del partido se insistió en que muchas de las expectativas de la dirigencia no habían podido cumplirse debido a la pandemia de la COVID-19 y a las dificultades económicas derivadas de ella.
La militancia comprendió esa
explicación y esperó con paciencia tiempos mejores. Sin embargo, superada esa
etapa, las expectativas de mayor participación y reconocimiento no se
materializaron.
Por el contrario, comenzó a
fortalecerse la percepción de un progresivo debilitamiento de la democracia
interna. Muchos dirigentes esperaban, la renovación de las estructuras
partidarias, a través de procesos competitivos que les permitieran aspirar a
posiciones de dirección dentro del partido.
En cambio, observaron cómo los
acuerdos de consenso sustituían la competencia democrática y cómo las mismas
estructuras permanecían inalterables desde el 2018 sin posibilidad de cambios.
Cuando la militancia entiende que las oportunidades dependen más de decisiones
previamente acordadas que del respaldo de las bases, el entusiasmo comienza a
desaparecer.
A ello se sumó el descontento
provocado por la limitada incorporación de la dirigencia al aparato estatal.
Miles de hombres y mujeres que trabajaron durante años para llevar al PRM al
poder esperaban participar en la gestión pública. Sin embargo, una parte
importante quedó al margen, mientras numerosos cargos fueron ocupados por
técnicos independientes o por personas provenientes de otras organizaciones
políticas.
El malestar aumentó cuando muchos de
esos funcionarios, ajenos a la historia del partido, asumieron posiciones de
dirección sin establecer vínculos con la militancia. En no pocos casos
surgieron denuncias sobre cancelaciones de empleados identificados con el PRM,
incluso realizadas por funcionarios del propio partido, para sustituirlos por
amigos, allegados o miembros de sus equipos personales.
Paralelamente, comenzaron a
consolidarse grupos internos alrededor de determinados liderazgos,
privilegiando a quienes respondían a esos grupos y desplazando a dirigentes con
años de trabajo partidario. Esa práctica debilitó la institucionalidad, fomentó
el clientelismo interno y profundizó el sentimiento de exclusión de amplios
sectores de la organización.
Como resultado, las estructuras
territoriales fueron perdiendo dinamismo y muchos dirigentes dejaron de
participar activamente en la vida partidaria. En ese contexto, no sorprende que
miles de militantes decidieran no acudir al proceso de verificación del padrón.
Más que una simple omisión
administrativa, esa ausencia puede interpretarse como una manifestación de
desencanto frente a un modelo organizativo que muchos consideran cada vez más
distante de los principios democráticos que dieron origen al PRM.
La reducción del padrón debe ser
entendida como una oportunidad para la reflexión. Si el PRM aspira a preservar
su fortaleza política, deberá reencontrarse con su militancia, fortalecer la
democracia interna, valorar el mérito por encima de las lealtades
circunstanciales y devolver a sus dirigentes la confianza de que el trabajo, el
compromiso y la participación siguen siendo los verdaderos caminos para
construir liderazgo y garantizar el futuro de la organización.
