Por Doctor Ramón Ceballo
La principal razón que se
invocó para justificar nuestra salida del Partido Revolucionario Dominicano
(PRD) y la creación del Partido Revolucionario Moderno (PRM) fue la necesidad
de construir una organización diferente, sustentada en la democracia interna,
la participación de la militancia y el respeto a la voluntad de sus miembros.
Ese compromiso no puede convertirse en un simple recuerdo.
Las circunstancias que dieron origen a la actual dirección del PRM pertenecen a otra etapa política. El partido ha crecido y, con él, han surgido nuevos dirigentes con capacidad, experiencia y vocación de servicio que legítimamente aspiran a asumir responsabilidades. Impedir esa renovación mediante acuerdos previamente establecidos significa cerrar espacios al relevo generacional y debilitar la esencia democrática que dio origen al partido.
Mientras la militancia
reclama mayores oportunidades de participación, algunos sectores parecen
concentrar sus esfuerzos en preservar posiciones de poder. Esa desconexión
entre la dirigencia y las bases constituye uno de los mayores riesgos para
cualquier organización política. Los partidos se fortalecen cuando escuchan a
su militancia; comienzan a debilitarse cuando sustituyen su voluntad por
decisiones tomadas desde las cúpulas.
La historia política
dominicana demuestra que ninguna organización es inmune al desgaste cuando la
competencia es reemplazada por acuerdos permanentes. La concentración de las
decisiones en pocas manos termina erosionando la legitimidad, alejando a las
bases y debilitando la confianza ciudadana.
La pluralidad de ideas no
divide; fortalece. La competencia interna no amenaza la unidad; la legitima.
Por eso, la competencia democrática debe ser la regla y el consenso una
herramienta excepcional, utilizada únicamente cuando responda al interés
colectivo y nunca para impedir que los militantes ejerzan su derecho a elegir.
Quien teme al voto de la
militancia termina desconfiando de la esencia misma de la democracia. La
legitimidad de un dirigente no nace de un acuerdo entre élites, sino del
respaldo libre y transparente de quienes integran el partido.
En momentos en que la
ciudadanía cuestiona cada vez más a los partidos políticos, la respuesta no
puede ser reducir la participación, sino ampliarla. Se requieren procesos
abiertos, competitivos, transparentes y plurales, donde prevalezca el voto
sobre las negociaciones y donde los resultados sean respetados por todos.
La democracia interna no
puede ser un discurso de ocasión. Debe constituir un principio permanente e
irrenunciable. Si el PRM desea mantenerse fiel a las razones que motivaron su fundación,
debe confiar en su militancia y permitir que sea ella, y no los acuerdos de
cúpulas, quien decida el rumbo de la organización. Solo así fortalecerá su
legitimidad y preservará la confianza de la sociedad.
