Por Doctor Ramón Ceballo
Más allá del acto simbólico de entregar la medalla y los recursos
económicos asociados al Premio Nobel de la Paz, el episodio protagonizado por
María Corina Machado y Donald Trump ha abierto un debate más profundo, el uso
de símbolos universales para alimentar proyectos personales de poder y
narrativas políticas marcadas por el personalismo y la grandilocuencia.
Especialistas en derecho internacional y gobernanza global han sido categóricos, el Premio Nobel es estrictamente personal e intransferible, no solo en términos legales, sino también éticos. Para el politólogo noruego Henrik Syse, estudioso del legado del Nobel, “cuando un laureado intenta ceder su premio, se genera una confusión deliberada entre el reconocimiento individual y la propaganda política, lo que erosiona la credibilidad del galardón”.
En la misma línea, académicos vinculados al Instituto
Nobel han recordado que el premio no es una franquicia ni un capital político
reutilizable, sino un reconocimiento histórico asociado a una trayectoria
concreta. La medalla puede cambiar de manos; el significado moral del Nobel,
no.
La gravedad del gesto aumenta cuando se analiza su
destinatario. Donald Trump ha construido su liderazgo sobre una narrativa de excepcionalísimo
personal, culto a la figura del “salvador” y una permanente búsqueda de
validación simbólica. Desde esta perspectiva, la entrega del Nobel no parece un
acto de desprendimiento altruista, sino una maniobra destinada a reforzar su
mitología política y su relato de líder indispensable frente a las élites
globales.
Trump no necesitaba la medalla para ejercer poder,
pero sí para alimentar su narrativa de grandeza. Y Machado, consciente de que
el Nobel no es transferible, optó por un gesto carente de valor jurídico, pero
altamente funcional en términos propagandísticos.
Incluso sectores opositores al gobierno venezolano han
manifestado incomodidad. Para dirigentes y analistas latinoamericanos, el
episodio proyecta una imagen de dependencia política y subordinación simbólica
que debilita la narrativa de autonomía democrática que Machado dice
representar.
En Europa, parlamentarios y organizaciones defensoras
de derechos humanos han advertido que este tipo de acciones banaliza los
premios internacionales, convirtiéndolos en simples objetos de exhibición
mediática. La crítica es clara, cuando los símbolos pierden solemnidad, también
pierden su capacidad de inspirar.
Paradójicamente, el mayor daño no recae sobre el Nobel
ni siquiera sobre Trump, sino sobre la propia causa democrática venezolana. El
mensaje que se transmite es peligroso, la lucha por la democracia se subordina
a la necesidad de agradar a un líder extranjero, aun cuando este tenga un
historial ampliamente cuestionado en materia de derechos humanos,
institucionalidad democrática y respeto al Estado de derecho.
La estrategia puede generar titulares momentáneos,
pero a largo plazo erosiona la legitimidad moral del liderazgo opositor, al
mostrarlo dispuesto a sacrificar principios simbólicos en nombre de alianzas
coyunturales.
Este episodio no es aislado. Forma parte de una
tendencia global en la que símbolos universales son instrumentalizados para
alimentar egos políticos y narrativas autorreferenciales. Así, el Nobel de la
Paz, concebido como un reconocimiento a la cooperación entre pueblos, termina
reducido a un trofeo más del personalismo contemporáneo.
Cuando esto ocurre, no solo se degrada el premio, se
empobrece la política y se trivializa la ética pública.
La decisión de María Corina Machado de entregar la
medalla y los recursos del Nobel a Donald Trump, sabiendo que el galardón es
intransferible, no tiene efectos legales ni históricos, pero sí un profundo
impacto simbólico. Su principal resultado es reforzar la narrativa de grandeza
personal de Trump, al tiempo que debilita la seriedad de la causa que dice
defender.
Más que un acto de desprendimiento, fue un gesto de
cálculo político; más que una estrategia diplomática, una concesión simbólica.
Y en política, cuando los símbolos se entregan sin principios, el costo suele
pagarse en credibilidad.
