Por Doctor Ramón Ceballo
Hablar de depresión sigue
siendo incómodo para muchas sociedades. Se la minimiza, se la confunde con
tristeza pasajera o se la oculta por vergüenza.
Sin embargo, la depresión es hoy uno de los principales problemas de salud pública a nivel mundial, una epidemia silenciosa que atraviesa clases sociales, edades y culturas, y que deja profundas consecuencias humanas, familiares y sociales.
La
depresión no es debilidad, ni falta de carácter, ni un
simple “mal día”. Es una condición compleja que altera la forma en que una
persona piensa, siente y se relaciona con el mundo. Roba energía, sentido y
esperanza.
Y, en sus formas más
severas, puede conducir al aislamiento, a la ruptura de vínculos y al suicidio.
Según la Organización Mundial de la Salud, más de 280 millones de personas
viven con depresión en el mundo, muchas de ellas sin diagnóstico ni
tratamiento.
En
este contexto aparece cada mes de enero el llamado Blue Monday, generalmente ubicado alrededor del día 13,
promocionado como “el día más triste del año”. La idea se apoya en una supuesta
fórmula que combina el final de las fiestas, las deudas, el cansancio
acumulado, el fracaso de los propósitos de Año Nuevo y, en algunos países, el
clima invernal.
Aunque esta narrativa
carece de base científica y nació como una estrategia publicitaria, su persistencia
revela algo más profundo, la necesidad social de
ponerle fecha al malestar emocional.
El problema no es hablar de tristeza en enero. El problema es reducir la depresión a un día, a una consigna o a una
tendencia en redes sociales. La depresión no dura 24 horas ni se resuelve
cambiando de ánimo el martes siguiente.
Vive en el silencio
cotidiano de quienes siguen funcionando por fuera mientras se quiebran por
dentro. Vive en el trabajador que no puede levantarse de la cama, en el
estudiante que abandona la escuela, en la madre agotada, en el adulto mayor que
se siente invisible.
Además, la depresión no es solo un problema individual; es también un síntoma social. El desempleo, la precariedad, la
violencia, la desigualdad, la migración forzada, la soledad urbana y la falta
de redes de apoyo crean el caldo de cultivo perfecto para su expansión. Cuando
una sociedad normaliza el estrés permanente y la exclusión, luego se sorprende
por el aumento de los trastornos mentales.
El Blue Monday, bien entendido, podría servir como una excusa útil para abrir conversaciones necesarias, hablar
de salud mental en los medios, promover la búsqueda de ayuda profesional,
desmontar el estigma y recordar que pedir apoyo no es rendirse. Mal entendido,
se convierte en una banalización peligrosa que transforma un problema profundo
en una anécdota anual.
La depresión exige políticas públicas, acceso real a servicios de salud
mental, educación emocional desde la infancia y comunidades más humanas. Exige
también responsabilidad mediática, menos frases motivacionales vacías y más
información seria; menos romanticismo del sufrimiento y más acompañamiento
real.
Si algo debería recordarnos el Blue Monday no es que existe “un día
triste”, sino que millones de personas viven días tristes todos
los días, sin ser vistas ni escuchadas. Y que frente a esa
realidad, la indiferencia social es tan dañina como la enfermedad misma.
Hablar de depresión es un acto
político, humano y urgente. No para etiquetar, sino para comprender. No para
señalar, sino para acompañar. Porque una sociedad que ignora la salud mental de
su gente termina pagando un precio demasiado alto.
