Por Doctor Ramón Ceballo
La historia no se repite de forma mecánica, pero sí rima peligrosamente. Stalin, Hitler
y Donald Trump pertenecen a contextos distintos, con alcances de poder y
consecuencias incomparables, pero comparten
una metodología narrativa común, gobernar, o intentar hacerlo, a
través de la mentira organizada, la fabricación del enemigo y la erosión
sistemática de la verdad.
No se trata de exageración retórica; se trata de identificar patrones de poder que, una vez activados, destruyen instituciones, degradan la política y arrastran sociedades enteras hacia el abismo.
Stalin entendió que el terror funciona mejor cuando se legitima
con discurso. Hitler perfeccionó la propaganda como arma de masas. Trump
modernizó esa lógica en la era digital: no necesitó controlar todos los medios,
le bastó con deslegitimarlos.
En los tres casos, el método fue el mismo, sustituir la realidad por una narrativa
emocional, repetida hasta convertirse en “verdad” para millones.
El primer paso siempre es el mismo, la invención del enemigo permanente. Stalin creó “enemigos del
pueblo”; Hitler construyó al judío, al comunista y al extranjero como amenazas
existenciales; Trump levantó un catálogo contemporáneo de culpables:
inmigrantes, medios, élites, jueces, científicos, organismos internacionales.
La lógica es simple y brutal: si todo fracaso tiene un culpable externo, el
líder jamás es responsable.
En ese esquema, la
política antiinmigrante no fue una respuesta a un problema real,
sino un instrumento narrativo. Trump convirtió al migrante en símbolo del caos:
delincuente, violador, invasor.
No importaron los datos ni la evidencia; importó el miedo. Exactamente
como en los regímenes totalitarios del siglo XX, el “otro” fue deshumanizado
para justificar políticas inhumanas.
Muros, deportaciones masivas, separación de familias: todo
presentado como defensa nacional, todo celebrado como patriotismo.
Pero el caso más obsceno de esta continuidad propagandística fue
el invento y la explotación
política del llamado “Cártel de los Soles”.
Una narrativa construida sin pruebas sólidas, amplificada por discursos
oficiales y utilizados como arma
geopolítica, no para combatir el narcotráfico, sino para justificar
sanciones, aislamientos diplomáticos y operaciones encubiertas.
Como en tiempos de Stalin, la acusación bastó; la
evidencia fue irrelevante. La mentira no necesitó demostrarse: necesitó
repetirse.
Esa narrativa no solo intoxicó a la opinión pública
estadounidense, sino que arrasó
con la racionalidad política de gobiernos aliados, empujándolos a tomar
decisiones basadas en ficciones.
Lo mismo ocurrió en la URSS con los “saboteadores”
imaginarios; lo mismo en la Alemania nazi con las conspiraciones judías global.
El mecanismo es idéntico, crear
una amenaza absoluta para suspender el pensamiento crítico.
Otro punto en común es el ataque frontal a la verdad. Stalin abolió la verdad independiente;
Hitler la subordinó al Reich; Trump la relativizó hasta volverla inútil.
“Fake news” no fue una crítica periodística: fue una
estrategia para que nadie creyera
en nada, excepto en la palabra del líder. Cuando toda información es
sospechosa, el poder gana por default.
El culto a la personalidad completa el círculo. Stalin fue el
“Padre de los pueblos”. Hitler, el Führer providencial. Trump, el único capaz
de “hacer grande a América otra vez”.
No hay proyecto colectivo, solo fe en el líder. No hay
instituciones, solo lealtades. No hay errores, solo traiciones.
La diferencia es de grado, no de naturaleza. Stalin y Hitler
gobernaron con campos de exterminio y ejecuciones masivas. Trump operó dentro
de una democracia con frenos reales.
Pero la semilla es
la misma, cuando la política se funda en la mentira, el miedo y el odio,
el sistema democrático entra en fase de descomposición.
La gran lección histórica es brutalmente clara, ninguna sociedad cae de golpe. Cae paso a paso, aceptando pequeñas
mentiras, justificando abusos “temporales”, normalizando el lenguaje de guerra
contra enemigos internos. Así empezó el siglo XX. Así se volvió a tentar al
siglo XXI.
Cuando el poder inventa carteles, demoniza migrantes y declara
enemigos a los hechos, no
gobierna: manipula. Y cuando la manipulación sustituye a la política, el
desastre deja de ser una posibilidad y se convierte en una cuenta regresiva.
La historia ya nos mostró el final. Ignorarla no es ingenuidad:
es complicidad.
