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domingo, 11 de enero de 2026

Cuando la mentira gobierna: de Stalin y Hitler a Trump y la política del enemigo inventado


Por Doctor Ramón Ceballo

La historia no se repite de forma mecánica, pero sí rima peligrosamente. Stalin, Hitler y Donald Trump pertenecen a contextos distintos, con alcances de poder y consecuencias incomparables, pero comparten una metodología narrativa común, gobernar, o intentar hacerlo,  a través de la mentira organizada, la fabricación del enemigo y la erosión sistemática de la verdad. 

No se trata de exageración retórica; se trata de identificar patrones de poder que, una vez activados, destruyen instituciones, degradan la política y arrastran sociedades enteras hacia el abismo.

Stalin entendió que el terror funciona mejor cuando se legitima con discurso. Hitler perfeccionó la propaganda como arma de masas. Trump modernizó esa lógica en la era digital: no necesitó controlar todos los medios, le bastó con deslegitimarlos

En los tres casos, el método fue el mismo, sustituir la realidad por una narrativa emocional, repetida hasta convertirse en “verdad” para millones.

El primer paso siempre es el mismo, la invención del enemigo permanente. Stalin creó “enemigos del pueblo”; Hitler construyó al judío, al comunista y al extranjero como amenazas existenciales; Trump levantó un catálogo contemporáneo de culpables: inmigrantes, medios, élites, jueces, científicos, organismos internacionales. La lógica es simple y brutal: si todo fracaso tiene un culpable externo, el líder jamás es responsable.

En ese esquema, la política antiinmigrante no fue una respuesta a un problema real, sino un instrumento narrativo. Trump convirtió al migrante en símbolo del caos: delincuente, violador, invasor. 

No importaron los datos ni la evidencia; importó el miedo. Exactamente como en los regímenes totalitarios del siglo XX, el “otro” fue deshumanizado para justificar políticas inhumanas. 

Muros, deportaciones masivas, separación de familias: todo presentado como defensa nacional, todo celebrado como patriotismo.

Pero el caso más obsceno de esta continuidad propagandística fue el invento y la explotación política del llamado “Cártel de los Soles”

Una narrativa construida sin pruebas sólidas, amplificada por discursos oficiales y utilizados como arma geopolítica, no para combatir el narcotráfico, sino para justificar sanciones, aislamientos diplomáticos y operaciones encubiertas.

 Como en tiempos de Stalin, la acusación bastó; la evidencia fue irrelevante. La mentira no necesitó demostrarse: necesitó repetirse.

Esa narrativa no solo intoxicó a la opinión pública estadounidense, sino que arrasó con la racionalidad política de gobiernos aliados, empujándolos a tomar decisiones basadas en ficciones.

 Lo mismo ocurrió en la URSS con los “saboteadores” imaginarios; lo mismo en la Alemania nazi con las conspiraciones judías global. El mecanismo es idéntico, crear una amenaza absoluta para suspender el pensamiento crítico.

Otro punto en común es el ataque frontal a la verdad. Stalin abolió la verdad independiente; Hitler la subordinó al Reich; Trump la relativizó hasta volverla inútil.

 “Fake news” no fue una crítica periodística: fue una estrategia para que nadie creyera en nada, excepto en la palabra del líder. Cuando toda información es sospechosa, el poder gana por default.

El culto a la personalidad completa el círculo. Stalin fue el “Padre de los pueblos”. Hitler, el Führer providencial. Trump, el único capaz de “hacer grande a América otra vez”.

 No hay proyecto colectivo, solo fe en el líder. No hay instituciones, solo lealtades. No hay errores, solo traiciones.

La diferencia es de grado, no de naturaleza. Stalin y Hitler gobernaron con campos de exterminio y ejecuciones masivas. Trump operó dentro de una democracia con frenos reales. 

Pero la semilla es la misma, cuando la política se funda en la mentira, el miedo y el odio, el sistema democrático entra en fase de descomposición.

La gran lección histórica es brutalmente claraninguna sociedad cae de golpe. Cae paso a paso, aceptando pequeñas mentiras, justificando abusos “temporales”, normalizando el lenguaje de guerra contra enemigos internos. Así empezó el siglo XX. Así se volvió a tentar al siglo XXI.

Cuando el poder inventa carteles, demoniza migrantes y declara enemigos a los hechos, no gobierna: manipula. Y cuando la manipulación sustituye a la política, el desastre deja de ser una posibilidad y se convierte en una cuenta regresiva.

La historia ya nos mostró el final. Ignorarla no es ingenuidad: es complicidad.