Por Doctor Ramón Ceballo
En los últimos años, sectores
interesados, han implementado una narrativa
que presenta a María Corina Machado como líder indiscutible de la mayoría del pueblo
venezolano y la figura natural para encabezar una transición política en la República
Bolivariana de Venezuela.
Esta imagen, ampliamente difundida por actores internacionales interesados, responde más a una necesidad externa de simplificar el conflicto venezolano que a una lectura realista del poder político dentro del país.
La sociedad venezolana está
profundamente politizada, pero también exhausta, como resultado de años de
crisis económica, represión, migración forzada y frustraciones acumuladas que han
producido una ciudadanía cansada, atomizada y, en muchos casos, desconectada
del activismo político tradicional.
En ese contexto, fracasaron con Juan
Guaidó, por lo tanto, ninguna figura opositora, incluida María Corina Machado, no ha logrado traducir el descontento social
en un movimiento callejero sostenido, organizado y con capacidad de presión
real sobre el poder.
Lo cierto es que la oposición
venezolana, además, continúa marcada por una fragmentación estructural, carece de una línea programática convincente,
de un proyecto de país compartido, esto le ha impedido generar una estructura
territorial capaz de disputar poder en el terreno.
No existe hoy una organización
alternativa que funcione como contrapoder efectivo al Estado, ni redes sociales
y políticas que permitan sostener una transición más allá del discurso. La
política no se ejerce solo desde la retórica ni desde las redes sociales, sino
desde la organización concreta, algo que la oposición no ha logrado construir.
María Corina Machado y otros
dirigentes opositores que provienen de la expresión mas extremista de la
sociedad venezolana, se oponen a todo, tienen, paradójicamente, mayor eco fuera
de Venezuela que dentro de sus fronteras. Esto se explica en parte por la
represión estatal, pero también por la debilidad organizativa y la desconexión
con amplios sectores populares.
Su figura ha sido amplificada en
foros internacionales, medios extranjeros y espacios de la comunidad venezolana
en el exterior, donde la necesidad de un liderazgo claro suele imponerse sobre
el análisis de la realidad interna.
Incluso actores que en su momento
utilizaron su imagen como símbolo de una supuesta alternativa democrática, como
ha ocurrido en ciertos momentos con la administración de Donald Trump, han terminado
descartándola cuando comprobaron que su capital político no se traducía en
capacidad real de gobernar o de conducir una transición.
La dureza de su discurso y la
claridad de su retórica no compensan la ausencia de poder efectivo, ni la falta
de control territorial, ni la inexistencia de una base popular organizada.
La narrativa que presenta a María Corina Machado, a
pesar de haberle entregado el Premio
Nobel de la Paz no ha traducido esa legitimidad simbólica en
poder político efectivo dentro de Venezuela, en esencia, ha sido una
construcción mediática y política.
Su debilidad no radica en la ausencia
de frustración ciudadana, que es evidente y profunda, sino en la falta de
estructuras organizativas sólidas dentro de la sociedad venezolana y en una
excesiva dependencia de apoyos externos más que de una base interna
consolidada.
En un país fracturado por años,
crisis institucional y empobrecimiento masivo, el liderazgo no se decreta ni se
construye desde el extranjero. Requiere arraigo social, capacidad de
articulación, proyecto político y control real del espacio público. En ese
sentido, María Corina Machado no es hoy una figura con la capacidad de
movilizar ni de gobernar una Venezuela compleja y profundamente herida.
Si esta narrativa persiste sin una
revisión crítica, corre el riesgo de convertirse en otro relato vacío, similar
a la de Juan Guaidó y del llamado “Cártel de los Soles”, una explicación
simplista, funcional a intereses externos, pero desconectada de la realidad
concreta del país.
Venezuela no necesita líderes
simbólicos construidos desde afuera, sino procesos políticos reales que emerjan
desde dentro y respondan a las verdaderas condiciones de su sociedad.
