Por Doctor Ramón Ceballo
El llamado Cártel de los Soles no fue un error
de diagnóstico. Fue una mentira deliberadamente inflada, una
ficción política convertida en dogma, utilizada para justificar agresiones,
sanciones y alineamientos vergonzosos.
Y lo más grave, no fue sostenida solo por Washington, sino repetida, amplificada y ejecutada por
gobiernos latinoamericanos que renunciaron al pensamiento crítico
para actuar como correa de transmisión de una narrativa ajena.
Nunca existió un “cártel” en el sentido jurídico, criminal, operativo del término. No hubo estructura comprobada, ni mando unificado, ni control territorial, ni redes financieras verificadas como organización criminal transnacional.
Necesitaban una mentira que vendiera titulares, que justificara bloqueos,
que permitiera hablar de “narco-Estado”. Para eso hacía falta un enemigo de
fantasía.
Donald Trump no combatió el narcotráfico, fabricó un relato. Elevó una etiqueta
periodística a amenaza global y la usó como arma política. El Cártel de
los Soles fue el comodín perfecto para imponer sanciones ilegales, bloquear
el Caribe con una Flota Naval, amenazar con intervenciones militares,
secuestrar y empujar una estrategia de
cambio de régimen disfrazada de cruzada moral. No fue política antidrogas;
fue guerra política.
Lo verdaderamente escandaloso no fue la exageración desde
Estados Unidos, sino la obediencia
regional. Gobiernos latinoamericanos aceptaron sin pruebas que Venezuela
era un “narco-Estado”, rompieron relaciones, apoyaron sanciones unilaterales y
avalaron el castigo colectivo de una población entera sin una sola sentencia
firme que respaldara semejante acusación. No exigieron evidencia. No pidieron
procesos judiciales. Repitieron el
guion.
En nombre de ese supuesto cártel se congelaron activos, se
bloquearon transacciones, se impidió el acceso a recursos esenciales y se
agravó una crisis social que luego esos mismos gobiernos fingieron lamentar con
discursos humanitarios. Castigaron a millones y después se lavaron las manos.
Mientras tanto, el narcotráfico real, con nombres, rutas, puertos y bancos, siguió operando cómodamente en otros países de
la región, muchos de ellos aliados ejemplares del relato.
El Cártel de los Soles fue una cortina de humo continental. Sirvió
para desviar la atención del fracaso absoluto de la “guerra contra las drogas”,
para ocultar la corrupción local, para tapar la complicidad de élites políticas
y empresariales y para convertir a Venezuela en chivo expiatorio de un problema
estructural que nadie quiso enfrentar con honestidad.
Y entonces llegó el momento que desnuda la farsa. En enero de 2026, sin ruido mediático ni
discursos grandilocuentes, las propias autoridades estadounidenses abandonaron la imputación del “Cártel de los
Soles” como organización criminal estructurada.
El mito se cayó solo. Las acusaciones fueron reformuladas,
rebajadas, despojadas de la figura del cártel. De pronto, ya no había una
empresa criminal continental, sino redes de corrupción y clientelismo. Grave,
sí. Pero radicalmente distinto a
lo que se usó para justificar años de agresión.
Ese giro fue una confesión
silenciosa, el relato no se sostenía. Pero nadie pidió disculpas. Nadie
habló de reparación. Nadie asumió responsabilidades por el daño causado.
Simplemente se pasó página, dejando a los gobiernos que compraron la
narrativa expuestos y desnudos.
¿Y qué hicieron esos gobiernos? Silencio. Algunos comenzaron a
retroceder discretamente, a restablecer relaciones, a hablar de diálogo, pero
sin admitir que fueron arrastrados
por una mentira conveniente. Otros, más cínicos o más cobardes, siguen
repitiendo un discurso que ya ni su creador sostiene, atrapados en su propia
propaganda.
El caso del Cártel de los Soles no es un
episodio aislado, es una advertencia brutal. Demuestra cómo América Latina
sigue siendo vulnerable a relatos
importados, cómo sus élites políticas prefieren obedecer antes que
pensar, y cómo la política exterior se convierte en un ejercicio de
subordinación y no de soberanía.
Persistir en esa narrativa después de enero de 2026 no es
ignorancia, es mala fe. Es
sostener una mentira a sabiendas de que fue abandonada. Es complicidad política
con una operación que fracasó, pero cuyos costos siguen pagando los pueblos.
Cuando la narrativa cae, no queda al descubierto Venezuela.
Queda al descubierto la
irresponsabilidad, el oportunismo y la cobardía de quienes gobernaron y gobiernan
repitiendo una ficción mientras destruían cualquier posibilidad de una política
regional digna, autónoma y basada en hechos.
