Por Doctor Ramón Ceballo
La infancia se quiebra cuando una niña es
asesinada en Puerto Plata, cuando un padrastro con apenas dos meses en un hogar
termina lanzado desde un segundo piso y cuando una niña hiere a sus propios
padres.
Estos hechos, lejos de ser sucesos aislados o simples episodios de violencia doméstica, revelan una fractura profunda en la protección familiar y un abandono alarmante de la salud mental infantil. Detrás de cada uno hay señales ignoradas, emociones no atendidas y una sociedad que sigue llegando tarde, solo después de que el daño ya es irreversible.
No se trata de afirmar que toda violencia
extrema sea consecuencia directa de una enfermedad mental. Sería una conclusión
irresponsable. Sin embargo, también resulta peligroso minimizar el papel que
juegan la depresión, los trastornos emocionales, el trauma y la violencia
intrafamiliar cuando no son detectados ni tratados a tiempo.
Estos hechos no surgen de manera espontánea;
se gestan en entornos donde el dolor se acumula, donde la agresión se normaliza
y donde nadie escucha hasta que la tragedia estalla.
El asesinato de la niña en Puerto Plata expone
una realidad lacerante, hogares donde la
violencia deja de ser una excepción y se convierte en rutina. Más allá de la
responsabilidad penal que corresponde, este crimen evidencia un entorno
familiar profundamente deteriorado, sin redes de apoyo ni mecanismos eficaces
de alerta temprana.
Cuando una niña muere a manos de quienes
debían protegerla, no solo falla una persona; fallan la familia extendida, la
comunidad, la escuela y las instituciones encargadas de velar por la niñez.
El caso del padrastro que llevaba apenas dos
meses en el hogar y fue lanzado desde un segundo piso revela otro rostro del
mismo problema. Las relaciones improvisadas, la imposición acelerada de figuras
de autoridad y la ausencia de procesos de adaptación emocional generan
tensiones profundas.
En muchos hogares, los niños son obligados a
aceptar cambios radicales sin acompañamiento psicológico ni espacios para
expresar sus emociones. En ese contexto, la impulsividad, la ira y la violencia
se convierten en respuestas frecuentes ante el estrés crónico.
Aún más alarmante es el hecho de la niña que
hirió a sus padres. Este caso constituye una señal clara de alerta en materia
de salud mental infantil. La depresión en los niños rara vez se manifiesta como
tristeza silenciosa; con frecuencia aparece como agresividad extrema, rebeldía
persistente o conductas violentas. Cuando un menor ataca a sus propios padres,
casi nunca se trata de maldad innata, sino de un dolor profundo que no encontró
palabras, atención ni contención emocional.
El hilo conductor entre estos casos no es la
casualidad ni la fatalidad. Es la negligencia colectiva. Hogares desbordados
por conflictos no resueltos, escuelas sin suficientes orientadores, comunidades
que prefieren mirar hacia otro lado y un sistema de salud mental que actúa solo
cuando la tragedia ya se ha consumado.
La niñez dominicana está creciendo en medio de
precariedades emocionales invisibles, pero devastadoras, que solo llaman la
atención pública cuando se convierten en muerte o escándalo.
La depresión, los trastornos de conducta y el
trauma no explican por sí solos estos hechos, pero su falta de diagnóstico y
tratamiento oportuno crea el terreno fértil para que la violencia emerja de las
formas más crueles. Ignorar esta realidad es seguir condenando a más niños al
silencio, a la agresión o a la muerte. Cada caso es una oportunidad perdida de
intervención temprana, de escucha y de prevención.
Cuando un niño mata o muere, no estamos ante
un simple titular policial ni ante un drama privado que pueda archivarse con
una sentencia judicial. Estamos frente al colapso de la protección familiar y
al fracaso de un Estado que no previene, no acompaña y no escucha.
Cada uno de estos hechos es una advertencia
clara y dolorosa, mientras la salud mental siga siendo un tema secundario y la
infancia continúe desprotegida, estas tragedias seguirán repitiéndose. Y
entonces, como sociedad, ya no podremos alegar sorpresa ni conmoción. Solo nos quedará
asumir, con vergüenza, nuestra responsabilidad colectiva.
