Por Dr. Ramón Ceballo
En pleno 2026, la República Dominicana sigue arrastrando una deuda histórica con su niñez. Más de seis de cada diez niños, niñas y adolescentes han sido sometidos a métodos violentos de disciplina dentro de sus propios hogares.
No se trata de un problema marginal ni de casos
aislados: es una realidad estructural que refleja fallas profundas en nuestro
modelo social, educativo y cultural.
Datos de UNICEF y de la Oficina Nacional de Estadística (ONE) indican que alrededor del 63 % de los menores entre 1 y 14 años ha experimentado violencia física o psicológica como forma de “disciplina”. Más preocupante aún, entre los niños de 3 y 4 años la prevalencia puede acercarse al 70 %. Es decir, estamos normalizando la violencia en la etapa más vulnerable del desarrollo humano.
En términos concretos, cerca de la mitad de los niños
entre uno y cinco años es sometida a castigos físicos. Estas prácticas
violentas, que pueden generar psicotraumas, van desde golpes y nalgadas hasta
gritos, azotes o sacudidas.
Justo en esa etapa se está formando el cerebro emocional y social del
ser humano, por lo que las experiencias vividas dejan huellas profundas. Lo que
se siembra en esos primeros años suele manifestarse luego en la adolescencia y
en la adultez, influyendo en la forma en que la persona se relaciona, maneja
conflictos y construye su identidad emocional.
Otro dato revela la dimensión cultural del problema: alrededor del 57 %
de los padres dominicanos admite utilizar el castigo físico como método
disciplinario. Muchos no lo hacen desde la maldad, sino desde la repetición de
patrones heredados. Pero el origen cultural de una práctica no la convierte en
correcta ni en saludable.
la violencia que se normaliza en el hogar es la misma
que luego se expresa en las calles, en las escuelas, en las relaciones de
pareja y hasta en la política. Un país que educa con miedo, forma ciudadanos
que entienden la fuerza como forma legítima de autoridad.
La evidencia científica es clara. Diversos estudios y
organismos internacionales, incluyendo la Organización Mundial de la Salud
(OMS), coinciden en que el castigo físico no educa, no mejora la conducta y no
fortalece el desarrollo infantil. Por el contrario, aumenta el riesgo de
agresividad, ansiedad, baja autoestima y problemas de conducta.
No basta con leyes. No basta con discursos. Se
necesitan políticas públicas sostenidas, campañas nacionales de educación en
crianza, programas de apoyo familiar y un sistema educativo que forme también a
los padres, no solo a los hijos.
La buena noticia es que existen alternativas. La
disciplina positiva, basada en límites claros, comunicación respetuosa y
consecuencias sin violencia, ha demostrado ser más efectiva para formar niños
con autocontrol, empatía y responsabilidad. Países que han apostado por estos
modelos muestran mejores indicadores de convivencia social y salud mental.
Pero aquí debemos decir una verdad incómoda: la
protección de la niñez no puede seguir siendo vista como un tema secundario ni
como una responsabilidad exclusiva de las familias. Es un tema de desarrollo
nacional. No se trata de demonizar a los padres. Se trata de romper ciclos
históricos de violencia que el país ha tolerado durante generaciones.
Si queremos una sociedad menos violenta, más
democrática y más humana, debemos empezar por cómo criamos a nuestros niños. La
infancia dominicana no necesita más castigos. Necesita más Estado, más
educación emocional y más compromiso colectivo.
Porque cada niño criado con miedo es un adulto que
aprende a vivir desde el miedo. Y un país que se construye desde el miedo
difícilmente puede construir un futuro justo.
