Por Doctor Ramón Ceballo
No toda forma de violencia necesita gritos, insultos o golpes. En algunos hogares, una mirada puede ser suficiente para imponer silencio, provocar temor o modificar la conducta de otra persona.
Aunque una expresión facial o una mirada aislada no constituyen por sí mismas una
forma de violencia, pueden convertirse en instrumentos de intimidación cuando
se utilizan deliberadamente y de manera reiterada dentro de una relación
marcada por el miedo, el control y el sometimiento.
La violencia psicológica suele ser menos visible que la agresión física. Puede manifestarse mediante amenazas, humillaciones, aislamiento, vigilancia y conductas destinadas a limitar la autonomía. La Organización Mundial de la Salud reconoce el maltrato psicológico y las conductas de control como componentes de la violencia de pareja.
Dentro de esta dinámica, la
comunicación no verbal puede adquirir un significado particular. Una mirada
fija, hostil o amenazante puede funcionar como una advertencia: «No hables»,
«No contradigas», «Haz lo que te digo». Cuando ese mensaje se repite hasta
convertirse en un patrón reconocible, la persona que lo recibe puede aprender a
anticipar las consecuencias y modificar su comportamiento para evitar
conflictos.
La investigación académica ha
comenzado a estudiar específicamente este fenómeno. Un trabajo publicado en Current
Sociology analiza “el poder de una mirada” como una modalidad poco
explorada mediante la cual pueden expresarse las relaciones de poder y control
en situaciones de violencia de pareja. Los autores relacionan esta conducta con
el concepto de control coercitivo, entendido como un patrón destinado a
restringir la libertad de otra persona.
En el ámbito familiar, este
mecanismo puede resultar especialmente perjudicial para los hijos. Algunos
niños llegan a conocer perfectamente el significado de determinados gestos de
sus padres: una mirada puede indicar que deben callar, retirarse, dejar de
jugar o abandonar una determinada conducta. Con el tiempo, pueden desarrollar
una permanente atención hacia las expresiones del adulto para anticipar su
reacción.
Esta situación puede generar hipervigilancia,
es decir, una atención excesiva hacia las señales que podrían anunciar una
amenaza. El niño puede comenzar a vivir más preocupado por evitar el enojo del
adulto que por explorar, preguntar, aprender o expresar espontáneamente sus
emociones. Cuando este ambiente se mantiene durante períodos prolongados, puede
afectar su sensación de seguridad y bienestar psicológico.
Algo semejante puede ocurrir entre
adultos. Una esposa, un esposo, un hijo adulto o cualquier otro familiar puede
sentirse condicionado por la presencia de una persona cuya mirada, gestos o
silencio han adquirido un significado amenazante. La ausencia de palabras no
significa ausencia de violencia cuando existe un patrón de intimidación
destinado a controlar.
Es fundamental, sin embargo,
diferenciar una mirada de desaprobación ocasional de una conducta abusiva. El
elemento determinante es el contexto, la reiteración, la intención de intimidar
y el efecto que produce sobre la libertad de la otra persona. La
investigación sobre control coercitivo señala que la intimidación puede incluir
amenazas implícitas, miradas y gestos, además de amenazas explícitas o
agresiones físicas.
Las consecuencias psicológicas de
vivir bajo intimidación pueden ser importantes. La violencia de pareja se ha
asociado con depresión, ansiedad, estrés postraumático, dificultades para
dormir y otros problemas de salud mental.
Por ello, debemos aprender a
reconocer también las formas silenciosas de maltrato. Hay hogares donde nadie
levanta la voz, pero todos conocen el significado de una mirada. Cuando una
persona necesita controlar a los demás mediante el miedo, incluso sin
pronunciar una palabra, la convivencia deja de estar basada en el respeto.
Una mirada
puede expresar amor, preocupación o desaprobación; pero cuando se convierte
deliberadamente en un mecanismo para infundir miedo y someter, puede formar
parte de una violencia que, aunque invisible, deja profundas huellas en la
salud mental.
