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domingo, 27 de septiembre de 2026

La violencia de la mirada: cuando no hacen falta palabras para infundir miedo


Por Doctor Ramón Ceballo

No toda forma de violencia necesita gritos, insultos o golpes. En algunos hogares, una mirada puede ser suficiente para imponer silencio, provocar temor o modificar la conducta de otra persona. 

Aunque una expresión facial o una mirada aislada no constituyen por sí mismas una forma de violencia, pueden convertirse en instrumentos de intimidación cuando se utilizan deliberadamente y de manera reiterada dentro de una relación marcada por el miedo, el control y el sometimiento.

La violencia psicológica suele ser menos visible que la agresión física. Puede manifestarse mediante amenazas, humillaciones, aislamiento, vigilancia y conductas destinadas a limitar la autonomía. La Organización Mundial de la Salud reconoce el maltrato psicológico y las conductas de control como componentes de la violencia de pareja.

Dentro de esta dinámica, la comunicación no verbal puede adquirir un significado particular. Una mirada fija, hostil o amenazante puede funcionar como una advertencia: «No hables», «No contradigas», «Haz lo que te digo». Cuando ese mensaje se repite hasta convertirse en un patrón reconocible, la persona que lo recibe puede aprender a anticipar las consecuencias y modificar su comportamiento para evitar conflictos.

La investigación académica ha comenzado a estudiar específicamente este fenómeno. Un trabajo publicado en Current Sociology analiza “el poder de una mirada” como una modalidad poco explorada mediante la cual pueden expresarse las relaciones de poder y control en situaciones de violencia de pareja. Los autores relacionan esta conducta con el concepto de control coercitivo, entendido como un patrón destinado a restringir la libertad de otra persona.

En el ámbito familiar, este mecanismo puede resultar especialmente perjudicial para los hijos. Algunos niños llegan a conocer perfectamente el significado de determinados gestos de sus padres: una mirada puede indicar que deben callar, retirarse, dejar de jugar o abandonar una determinada conducta. Con el tiempo, pueden desarrollar una permanente atención hacia las expresiones del adulto para anticipar su reacción.

Esta situación puede generar hipervigilancia, es decir, una atención excesiva hacia las señales que podrían anunciar una amenaza. El niño puede comenzar a vivir más preocupado por evitar el enojo del adulto que por explorar, preguntar, aprender o expresar espontáneamente sus emociones. Cuando este ambiente se mantiene durante períodos prolongados, puede afectar su sensación de seguridad y bienestar psicológico.

Algo semejante puede ocurrir entre adultos. Una esposa, un esposo, un hijo adulto o cualquier otro familiar puede sentirse condicionado por la presencia de una persona cuya mirada, gestos o silencio han adquirido un significado amenazante. La ausencia de palabras no significa ausencia de violencia cuando existe un patrón de intimidación destinado a controlar.

Es fundamental, sin embargo, diferenciar una mirada de desaprobación ocasional de una conducta abusiva. El elemento determinante es el contexto, la reiteración, la intención de intimidar y el efecto que produce sobre la libertad de la otra persona. La investigación sobre control coercitivo señala que la intimidación puede incluir amenazas implícitas, miradas y gestos, además de amenazas explícitas o agresiones físicas.

Las consecuencias psicológicas de vivir bajo intimidación pueden ser importantes. La violencia de pareja se ha asociado con depresión, ansiedad, estrés postraumático, dificultades para dormir y otros problemas de salud mental.

Por ello, debemos aprender a reconocer también las formas silenciosas de maltrato. Hay hogares donde nadie levanta la voz, pero todos conocen el significado de una mirada. Cuando una persona necesita controlar a los demás mediante el miedo, incluso sin pronunciar una palabra, la convivencia deja de estar basada en el respeto.

Una mirada puede expresar amor, preocupación o desaprobación; pero cuando se convierte deliberadamente en un mecanismo para infundir miedo y someter, puede formar parte de una violencia que, aunque invisible, deja profundas huellas en la salud mental.