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domingo, 27 de septiembre de 2026

La falsa mayoría y el poder de las percepciones políticas


Por Doctor Ramón Ceballo

En política, la percepción puede adquirir una fuerza extraordinaria. Una idea repetida con insistencia puede terminar siendo asumida como una verdad, incluso antes de que los hechos permitan comprobarla. 

De ahí la importancia de distinguir entre el entusiasmo de una estructura partidaria, la imagen proyectada públicamente y el verdadero estado de ánimo de la ciudadanía. Cuando esa diferencia se pierde, puede construirse una mayoría aparente que todavía no existe.

Mi experiencia me lleva a pensar que el Partido Revolucionario Moderno (PRM) está involucrado e inmerso en una dinámica política que, a mi juicio, se ha adelantado demasiado a los tiempos electorales. Hay sectores que están construyendo y cavando trincheras para hacer política y que, desde esas posiciones, proyectan la impresión de que se ha llegado a un punto de no retorno. Esa situación me preocupa.

Me preocupa, sobre todo, la posibilidad de que algunos estén intentando construir una falsa mayoría mediante percepciones neurodirigidas: una percepción inducida o reforzada de manera sistemática hasta producir en la sociedad la sensación de que existe una realidad política consolidada, cuando esta podría no corresponderse necesariamente con lo que piensa, siente o está dispuesto a decidir el electorado.

La política siempre ha tenido un componente importante de percepción. Una idea repetida constantemente puede adquirir apariencia de verdad; una candidatura puede ser presentada como inevitable mucho antes de que los ciudadanos hayan expresado su voluntad, y el respaldo que existe dentro de una estructura partidaria puede confundirse con aceptación general. Ahí radica el riesgo.

Cuando la percepción comienza a sustituir el análisis de la realidad, la política puede terminar construyendo su propio espejismo. Se crea un ambiente en el que todos parecen pensar lo mismo porque todos reciben, una y otra vez, el mismo mensaje. Sin embargo, que una determinada narrativa tenga una presencia dominante en los medios, las redes sociales o los espacios partidarios no significa necesariamente que represente la voluntad de la mayoría.

Mi experiencia me lleva también a recordar algunos episodios de la historia política dominicana. En 1996, el Partido Reformista Social Cristiano llevó como candidato presidencial a Jacinto Peynado, quien había ocupado la Vicepresidencia de la República y había sido senador por el Distrito Nacional. Sin embargo, esas condiciones, su trayectoria y el peso histórico de su organización no fueron suficientes para convertir automáticamente esa candidatura en una mayoría electoral.

Los resultados oficiales de la primera vuelta de 1996 muestran que la candidatura de Peynado y sus aliados obtuvo poco más de 435 mil votos, quedando fuera de la segunda vuelta.

Aquella experiencia deja una enseñanza que considero vigente: una cosa es la percepción de fuerza y otra, muy diferente, es la fuerza real que los ciudadanos están dispuestos a transformar en votos.

Por eso considero riesgoso iniciar demasiado temprano una dinámica basada en trincheras, confrontaciones internas y construcción anticipada de mayorías. Cuando una organización política comienza a comportarse como si el resultado estuviera decidido antes de que la ciudadanía se pronuncie, puede terminar confundiendo el entusiasmo de sus propias estructuras con el sentimiento general de la sociedad.

Los estudios de opinión también deben ser interpretados con prudencia. Una encuesta de ACD Media realizada entre el 8 y el 11 de agosto de 2026, con una muestra de 1,200 personas y un nivel de confianza del 95 %, encontró que el 60.6 % de los entrevistados no simpatizaba con ningún partido político. El dato resulta relevante porque muestra que la identificación partidaria y la eventual decisión electoral no son necesariamente la misma cosa.

Incluso dentro de las organizaciones pueden existir diferencias significativas entre el respaldo que recibe una figura entre los militantes y el que obtiene cuando se consulta al conjunto de la población. Una medición de ACD Media de agosto mostró, por ejemplo, diferencias entre las preferencias registradas dentro del PRM y las expresadas por el electorado general.

Esto obliga a mirar las encuestas como fotografías de un momento determinado, no como certificaciones anticipadas de un resultado electoral.

La democracia tiene precisamente la virtud de impedir que una percepción sustituya a la voluntad ciudadana. Las mayorías pueden cambiar, las preferencias evolucionan y las circunstancias políticas se transforman. Ninguna candidatura debería asumir que una posición favorable en determinado momento constituye una garantía para el futuro.

En política conviene, por tanto, no confundir ruido con mayoría, percepción con realidad, estructura partidaria con sociedad ni expectativa con voluntad popular.

Una verdadera mayoría no se decreta, no se fabrica mediante la repetición de un mensaje ni se establece desde una trinchera política. Se construye en el contacto con la ciudadanía y, finalmente, se verifica en las urnas.

Porque en una democracia la última palabra no pertenece a quienes intentan crear una percepción de mayoría. Pertenece al ciudadano, cuya voluntad solamente puede ser expresada libremente cuando llega el momento de votar.