Por Doctor Ramón Ceballo
En política, la percepción puede adquirir una fuerza extraordinaria. Una idea repetida con insistencia puede terminar siendo asumida como una verdad, incluso antes de que los hechos permitan comprobarla.
De ahí la importancia de distinguir entre el entusiasmo
de una estructura partidaria, la imagen proyectada públicamente y el verdadero
estado de ánimo de la ciudadanía. Cuando esa diferencia se pierde, puede
construirse una mayoría aparente que todavía no existe.
Mi experiencia me lleva a
pensar que el Partido Revolucionario Moderno (PRM) está involucrado e inmerso
en una dinámica política que, a mi juicio, se ha adelantado demasiado a los
tiempos electorales. Hay sectores que están construyendo y cavando trincheras
para hacer política y que, desde esas posiciones, proyectan la impresión de que
se ha llegado a un punto de no retorno. Esa situación me preocupa.
Me preocupa, sobre todo, la
posibilidad de que algunos estén intentando construir una falsa mayoría
mediante percepciones neurodirigidas: una percepción inducida o reforzada de
manera sistemática hasta producir en la sociedad la sensación de que existe una
realidad política consolidada, cuando esta podría no corresponderse
necesariamente con lo que piensa, siente o está dispuesto a decidir el
electorado.
La política siempre ha
tenido un componente importante de percepción. Una idea repetida constantemente
puede adquirir apariencia de verdad; una candidatura puede ser presentada como
inevitable mucho antes de que los ciudadanos hayan expresado su voluntad, y el
respaldo que existe dentro de una estructura partidaria puede confundirse con
aceptación general. Ahí radica el riesgo.
Cuando la percepción comienza
a sustituir el análisis de la realidad, la política puede terminar construyendo
su propio espejismo. Se crea un ambiente en el que todos parecen pensar lo
mismo porque todos reciben, una y otra vez, el mismo mensaje. Sin embargo, que
una determinada narrativa tenga una presencia dominante en los medios, las
redes sociales o los espacios partidarios no significa necesariamente que
represente la voluntad de la mayoría.
Mi experiencia me lleva
también a recordar algunos episodios de la historia política dominicana. En
1996, el Partido Reformista Social Cristiano llevó como candidato presidencial
a Jacinto Peynado, quien había ocupado la Vicepresidencia de la República y
había sido senador por el Distrito Nacional. Sin embargo, esas condiciones, su
trayectoria y el peso histórico de su organización no fueron suficientes para
convertir automáticamente esa candidatura en una mayoría electoral.
Los resultados oficiales de
la primera vuelta de 1996 muestran que la candidatura de Peynado y sus aliados
obtuvo poco más de 435 mil votos, quedando fuera de la segunda vuelta.
Aquella experiencia deja
una enseñanza que considero vigente: una cosa es la percepción de fuerza y
otra, muy diferente, es la fuerza real que los ciudadanos están dispuestos a
transformar en votos.
Por eso considero riesgoso
iniciar demasiado temprano una dinámica basada en trincheras, confrontaciones
internas y construcción anticipada de mayorías. Cuando una organización
política comienza a comportarse como si el resultado estuviera decidido antes
de que la ciudadanía se pronuncie, puede terminar confundiendo el entusiasmo de
sus propias estructuras con el sentimiento general de la sociedad.
Los estudios de opinión
también deben ser interpretados con prudencia. Una encuesta de ACD Media realizada
entre el 8 y el 11 de agosto de 2026, con una muestra de 1,200 personas y un
nivel de confianza del 95 %, encontró que el 60.6 % de los entrevistados no
simpatizaba con ningún partido político. El dato resulta relevante porque
muestra que la identificación partidaria y la eventual decisión electoral no
son necesariamente la misma cosa.
Incluso dentro de las
organizaciones pueden existir diferencias significativas entre el respaldo que
recibe una figura entre los militantes y el que obtiene cuando se consulta al
conjunto de la población. Una medición de ACD Media de agosto mostró, por
ejemplo, diferencias entre las preferencias registradas dentro del PRM y las
expresadas por el electorado general.
Esto obliga a mirar las
encuestas como fotografías de un momento determinado, no como certificaciones
anticipadas de un resultado electoral.
La democracia tiene
precisamente la virtud de impedir que una percepción sustituya a la voluntad
ciudadana. Las mayorías pueden cambiar, las preferencias evolucionan y las circunstancias
políticas se transforman. Ninguna candidatura debería asumir que una posición
favorable en determinado momento constituye una garantía para el futuro.
En política conviene, por
tanto, no confundir ruido con mayoría, percepción con realidad, estructura
partidaria con sociedad ni expectativa con voluntad popular.
Una verdadera mayoría no se
decreta, no se fabrica mediante la repetición de un mensaje ni se establece
desde una trinchera política. Se construye en el contacto con la ciudadanía y,
finalmente, se verifica en las urnas.
Porque en una democracia la
última palabra no pertenece a quienes intentan crear una percepción de mayoría.
Pertenece al ciudadano, cuya voluntad solamente puede ser expresada libremente
cuando llega el momento de votar.
