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sábado, 7 de noviembre de 2026

Haití: una crisis multidimensional que exige resultados, no más promesas


 Por Doctor Ramón Ceballo

La violencia de las pandillas, la fragilidad del Estado, el desplazamiento de la población y la desconfianza hacia las autoridades nacionales e internacionales mantienen al país en una de las situaciones más graves de su historia reciente.

La crisis haitiana ha dejado de ser exclusivamente un problema de seguridad. Se trata de una emergencia multidimensional en la que convergen la expansión de organizaciones criminales, el debilitamiento de las instituciones, la pobreza, la vulnerabilidad humanitaria y la incapacidad del sistema político para garantizar condiciones mínimas de gobernabilidad.

Mientras la población enfrenta diariamente el miedo, el desplazamiento y la pérdida de sus medios de subsistencia, las respuestas nacionales e internacionales continúan generando interrogantes sobre su eficacia.

Las cifras reflejan la gravedad de la situación. Entre 2021 y 2025 se han registrado aproximadamente 20,128 muertes violentas y 6,654 secuestros, de acuerdo con datos atribuidos a organismos internacionales y otros registros.

Es importante precisar que no todas esas muertes pueden atribuirse directamente a las pandillas, pues incluso se relacionan con operaciones policiales, enfrentamientos con grupos de autodefensa y la intervención de otros actores armados. Sin embargo, el conjunto de estos hechos evidencia el deterioro de la seguridad y la capacidad del Estado para proteger a sus ciudadanos.

Las pandillas haitianas no son movimientos políticos ni organizaciones sociales. Son estructuras criminales con capacidad armada, control territorial y mecanismos de extorsión, secuestro y violencia. Su expansión ha provocado desplazamientos masivos y ha colocado en situación de extrema vulnerabilidad a mujeres, niños, envejecientes y comunidades enteras.

Los testimonios de ciudadanos describen asesinatos, agresiones sexuales, ataques con machetes y hechos de violencia contra personas indefensas, incluidos menores de edad. Detrás de cada denuncia hay familias que han perdido sus hogares y viven expuestas a nuevos episodios de terror.

Pero las denuncias de la población van más allá de la violencia de las pandillas. Algunos testimonios ciudadanos señalan presuntos vínculos entre dirigentes criminales, sectores del poder político y antiguos funcionarios que todavía ocupan posiciones dentro del Estado.

Se  cuestionan cómo estas organizaciones consiguen armas, municiones y recursos para mantener su capacidad operativa. Se afirma que parte de ese armamento ingresa por puertos, aduanas y fronteras, espacios que se encuentran bajo responsabilidad de las autoridades estatales.

Estas son acusaciones graves que deben ser investigadas de manera independiente y con pruebas. No obstante, lo cierto es que la crisis de Haiti plantean una cuestión fundamental.  ¿Cómo pueden las pandillas conservar el control de territorios y mantener un suministro constante de armas y municiones mientras se desarrollan operaciones nacionales e internacionales para combatirlas?

Por esa razón, una estrategia concentrada exclusivamente en atacar a los grupos armados, sin investigar y desmantelar las redes que presuntamente los abastecen, financian y protegen, difícilmente podrá ofrecer una solución duradera.

 La lucha contra estas organizaciones exige identificar a quienes les proporcionan recursos, determinar por dónde circulan las armas y establecer las responsabilidades de los actores políticos, económicos o institucionales que pudieran facilitar sus operaciones. Ignorar esas estructuras no solo limita los resultados, sino que puede incrementar los riesgos para los efectivos desplegados en el terreno.

La respuesta internacional tampoco ha logrado despejar las dudas. Después de meses de presencia y esfuerzos de cooperación, la población haitiana reclama resultados verificables.

La desaparición de cuatro técnicos salvadoreños, ocurrida durante una semana en la que se reportaron alrededor de 160 muertes violentas en distintas comunidades, volvió a poner en evidencia la inseguridad que enfrentan tanto los ciudadanos como quienes participan en las misiones de apoyo.

Asi mismo se han señalado pérdidas humanas entre los efectivos kenianos desplegados en el país. Estos acontecimientos obligan a revisar las condiciones operativas, la coordinación y la eficacia de los mecanismos internacionales.

A ello se suma la desconfianza hacia las autoridades haitianas y hacia los procesos de negociación impulsados desde el exterior. Algunos ciudadanos sostienen que no puede construirse una solución efectiva mientras persistan las sospechas de complicidad entre sectores del poder y las organizaciones criminales.

Igualmente cuestionan la prolongada ausencia de elecciones y la falta de una renovación institucional legitimada por la voluntad popular. Tales señalamientos deben ser examinados con responsabilidad, pero no pueden ser ignorados si se pretende recuperar la confianza pública.

En ese contexto, los testimonios recogidos hacen un llamado a escuchar a la población movilizada y respaldar las iniciativas haitianas que reclaman una transformación política. Uno de los expositores identifica al partido BIAP como una fuerza emergente y afirma que está integrado por más de cien periodistas que conocen y analizan la realidad del país.

Esa valoración corresponde a la perspectiva del declarante; lo fundamental es que cualquier salida debe incorporar la participación de la ciudadanía, sus organizaciones sociales y sus demandas de justicia, seguridad y renovación institucional.

Para la República Dominicana, la situación representa un desafío directo de seguridad nacional. Sin embargo, esto no significa que el país deba involucrarse directamente en acciones armadas dentro del territorio haitiano.

Su contribución debe concentrarse en la cooperación de inteligencia, el intercambio de información, el apoyo logístico y la coordinación operativa contra las redes criminales, siempre dentro del marco de la legalidad y de los mecanismos de cooperación internacional.

La expansión de las pandillas, el tráfico de armas y drogas y la posibilidad de que la violencia traspase las fronteras requieren vigilancia y respuestas coordinadas.

Haití necesita mucho más que nuevas declaraciones y promesas de intervención. Necesita seguridad para sus ciudadanos, instituciones legítimas, justicia, elecciones libres y mecanismos efectivos de rendición de cuentas.

La comunidad internacional debe comprender que no basta con perseguir a quienes empuñan las armas. Es indispensable investigar a quienes presuntamente las suministran, financian y protegen.

La salida debe construirse con la participación del pueblo haitiano y con el compromiso de recuperar la autoridad legítima del Estado. Solo así podrá comenzar a restablecerse la confianza, detenerse la expansión criminal y abrirse un camino hacia la estabilidad.

La prioridad debe ser devolverles a los haitianos el derecho a vivir sin miedo y a decidir libremente el futuro de su país.