Por Dr. Ramón Ceballo
Las derrotas electorales de
dirigentes aliados, la pérdida de espacios de poder y las crisis de
gobernabilidad que afectan a varios gobiernos identificados con Donald Trump
reflejan los límites de un modelo político sustentado en la confrontación y la
polarización.
El trumpismo atraviesa así una crisis de proyección internacional. Su influencia encuentra cada vez más resistencias en distintas regiones, aunque esto no significa que haya desaparecido ni que haya perdido toda su capacidad de movilización.
Lo que está en cuestión es la sostenibilidad de una forma de ejercer el poder basada en el enfrentamiento permanente, la lealtad ideológica y la dificultad para construir consensos.
La influencia de Trump ha
trascendido las fronteras estadounidenses. Dirigentes de América Latina y
Europa han adoptado buena parte de su discurso y su estilo de liderazgo. Sin
embargo, la identificación con el presidente estadounidense no garantiza
estabilidad ni capacidad para gobernar.
Cuando la confrontación
sustituye el diálogo, se debilitan las relaciones con la oposición, se
dificultan los acuerdos parlamentarios y se compromete la gestión pública.
En América Latina, Paraguay
ofrece un caso significativo. Santiago Peña, una de las figuras más
identificadas con Trump en la región, salió de la Presidencia después del
colapso de Ueno Bank, que desencadenó una crisis financiera y política.
Las investigaciones sobre
presuntas irregularidades y el uso de influencias políticas agravaron la
situación. Aunque el origen inmediato de su caída fue la crisis bancaria, su
destitución representa también un revés para uno de los aliados importantes del
trumpismo en el continente.
Bolivia constituye otro
escenario de preocupación. El gobierno de Rodrigo Paz enfrenta protestas,
presiones económicas y dificultades institucionales que han puesto en discusión
su estabilidad. Su orientación favorable a Washington no ha evitado una crisis
de gobernabilidad que también tiene implicaciones para la estrategia regional
de la Administración Trump.
En Ecuador, Daniel Noboa
mantiene una estrecha cooperación con Estados Unidos en seguridad y lucha
contra el narcotráfico. Sin embargo, su administración enfrenta
cuestionamientos por el manejo de las protestas sociales, las tensiones con la
oposición y las preocupaciones sobre la independencia institucional y los
derechos humanos.
Chile aporta otro ejemplo.
José Antonio Kast atraviesa una de las mayores crisis de sus primeros meses de
gobierno, después de que su Ministerio de Justicia concediera rebajas de
condenas a 56 personas sentenciadas por delitos sexuales contra menores.
La decisión provocó
indignación pública, tensiones dentro del oficialismo y un descenso
significativo de su aprobación. El episodio ha puesto de manifiesto las
dificultades del Ejecutivo para gestionar la controversia y mantener
cohesionada su propia coalición
En Puerto Rico, la
gobernadora Jenniffer González enfrenta una crisis administrativa por denuncias
de corrupción, conflictos de interés e interferencias en procesos de
contratación pública. Las renuncias de funcionarios y las investigaciones han
extendido los cuestionamientos sobre su administración.
Colombia merece una
consideración especial. El presidente Abelardo de la Espriella recibió el
respaldo público de Trump durante su campaña y ha convertido la relación con
Washington en uno de los ejes de su política exterior. Su gobierno se ha
presentado como un promotor de la agenda regional estadounidense en seguridad y
cooperación.
Sin embargo, el nuevo control demócrata del Congreso de Estados Unidos obliga a Bogotá a relacionarse también con fuerzas políticas que no comparten esa orientación. Es una advertencia sobre los riesgos de apostar la política exterior a la afinidad con un solo liderazgo.
En Europa, la derrota de Viktor
Orbán en Hungría y los reveses de fuerzas nacionalistas en Serbia, Rumanía y
Portugal se suman al desgaste internacional de los movimientos populistas de
derecha. No obstante, estas corrientes conservan presencia y capacidad
electoral, como demuestra la posición que mantiene la derecha nacionalista
francesa.
Dos acontecimientos tienen
especial significado. La victoria de Luiz Inácio Lula da Silva frente a Flávio
Bolsonaro en Brasil y la derrota republicana en las elecciones de medio término
de Estados Unidos, donde los demócratas conquistaron el control de ambas
cámaras del Congreso.
Ambos resultados constituyen límites
electorales a la expansión del proyecto político de Trump y debilitan a
sectores que habían encontrado en él su principal referente.
El trumpismo continúa
siendo una fuerza política relevante, pero atraviesa una crisis de proyección
internacional. La confrontación puede movilizar seguidores y conquistar
espacios de poder; no garantiza, sin embargo, estabilidad, acuerdos ni
resultados.
Los acontecimientos
recientes muestran que sus aliados también deben responder ante sus sociedades
por la gestión de sus gobiernos. La crisis no es necesariamente el final de ese
modelo, pero sí una señal de que la política basada en la confrontación
permanente encuentra límites cuando llega la hora de gobernar.
