Por Doctor Ramón Ceballo
No culpen a los outsiders.
Mírense primero al espejo.
El auge de estos personajes no es
producto de la casualidad ni de un inexplicable cambio cultural. Es el
resultado del fracaso de la clase política, académica y empresarial, que
durante años abandonaron sus promesas, renunciaron a defender principios y
convirtieron el ejercicio del liderazgo en una cómoda administración de
privilegios.
Mientras los paises esperaban soluciones, políticas públicas eficaces y dirigentes con carácter, muchos de los llamados "notables" optaron por acomodarse al glamour del poder. Cambiaron la cercanía con la gente por los salones exclusivos, los debates por las fotografías protocolares y el compromiso con la nación por la conveniencia personal.
Se aislaron de la misma sociedad que decían representar y olvidaron
que la legitimidad se construye sirviendo al pueblo, no cultivando influencias.
Después se sorprenden porque la
vulgaridad gana terreno. No deberían. Cuando quienes poseen preparación,
academia, experiencia e intelectualidad callan, vacilan o modifican sus
posiciones según la dirección del poder, dejan un enorme vacío. Y la política
detesta los vacíos. Ese espacio termina siendo ocupado por quienes convierten
el escándalo en estrategia, la agresión en discurso y las redes sociales en su
principal plataforma de popularidad.
Lo más grave no es que existan
figuras vulgares. Lo verdaderamente alarmante es que, en ocasiones, muestran
más firmeza que quienes presumen de ilustrados. Mientras muchos intelectuales
elaboran discursos ambiguos para no incomodar a nadie, los improvisados
conectan con una ciudadanía cansada del abandono, de las promesas incumplidas y
de la ausencia de respuestas a sus problemas cotidianos.
No se lamenten cuando la popularidad
termine confundida con legitimidad. Esa confusión no nació en las redes sociales;
nació en los escritorios donde se diseñaron discursos vacíos, en las
universidades que dejaron de incomodar al poder, en los sectores empresariales
que privilegiaron sus intereses particulares sobre el bienestar colectivo y en
una clase política que cambió de principios con la misma facilidad con que
cambia de vestimenta.
Los outsiders no son la
enfermedad. Son el síntoma. El verdadero mal es una élite que, por acción, por
omisión o por conveniencia, traicionó la confianza de la nación. Cuando quienes
estaban llamados a conducir el destino del país renuncian a su responsabilidad
histórica, no tienen autoridad moral para escandalizarse porque el espectáculo
ocupe el lugar de las ideas.
La historia demuestra una verdad incómoda: cuando las élites abandonan al pueblo, el pueblo termina buscando a cualquiera que, al menos, tenga el valor de hablar, aunque lo haga desde la vulgaridad. Ese es el precio de haber sustituido el liderazgo por el privilegio y el compromiso por el confort del poder.
