Por Dr. Ramón Ceballo
La salud mental masculina rara vez ocupa un lugar destacado en el debate público, a pesar de que millones de hombres enfrentan presiones culturales que les impiden expresar sufrimiento, pedir ayuda o mostrar vulnerabilidad.
Detrás de
muchos casos de depresión, aislamiento emocional, adicciones, rupturas
familiares e incluso suicidio, existe una construcción social que ha asociado
el valor del hombre con su capacidad para producir, proteger y resolver
problemas.
Vivimos en una época que promueve el bienestar emocional y la importancia de la salud mental. Sin embargo, persiste una realidad pocas veces abordada con profundidad: la sensación de muchos hombres de que su valor personal depende exclusivamente de su capacidad para producir, sostener económicamente a otros y responder de manera permanente a las expectativas sociales.
Desde la infancia, numerosos varones son educados bajo normas rígidas de
masculinidad. Se les enseña a resistir el dolor, controlar las emociones y
asumir responsabilidades sin mostrar fragilidad. Expresiones como “los hombres
no lloran”, “debes aguantar” o “el hombre tiene que resolver” siguen presentes
en muchos hogares y contribuyen a formar adultos que encuentran dificultades
para expresar tristeza, miedo, ansiedad o agotamiento emocional.
La psicología contemporánea ha identificado este fenómeno como parte de
la denominada masculinidad tradicional
restrictiva, un conjunto de creencias que limita la expresión
emocional y condiciona la autoestima al desempeño, el éxito o la capacidad de
provisión. Diversas investigaciones han demostrado que quienes experimentan una
fuerte presión para cumplir estos mandatos presentan mayores niveles de estrés
psicológico, dificultades para buscar ayuda profesional y una mayor tendencia
al aislamiento afectivo.
Las experiencias tempranas desempeñan un papel decisivo. Crecer en
ambientes marcados por conflictos familiares, abandono emocional, violencia o
ausencia de reconocimiento afectivo puede dejar huellas profundas. Muchos hombres
desarrollan una necesidad permanente de demostrar su valor porque nunca
recibieron validación emocional suficiente durante la infancia. Aprenden a
ocultar el sufrimiento y a construir una identidad basada exclusivamente en la
utilidad.
Las consecuencias de este modelo son visibles en las estadísticas
internacionales. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), más de
700,000 personas mueren por suicidio cada año en el mundo. En la mayoría de los
países, los hombres representan entre el 70 % y el 80 % de los fallecimientos
por esta causa. Esta diferencia no necesariamente significa que padezcan más
trastornos mentales, sino que suelen solicitar ayuda con menor frecuencia y
recurrir a métodos más letales.
La crisis emocional suele intensificarse durante eventos que afectan la
identidad construida alrededor del rendimiento. El desempleo, las dificultades
económicas, la jubilación, las enfermedades incapacitantes o las rupturas
sentimentales pueden desencadenar sentimientos de inutilidad, vergüenza y fracaso.
No se trata únicamente de perder ingresos o estabilidad; para muchos representa
una amenaza directa a la imagen de sí mismos.
En República Dominicana, datos de la Oficina Nacional de Estadística
(ONE) indican que durante 2025 se registraron más de 24,700 divorcios. Detrás
de esas cifras existen miles de personas enfrentando procesos de duelo,
reconfiguración familiar y cambios profundos en su vida cotidiana. Para
numerosos hombres, la separación implica además una reducción del contacto
diario con sus hijos, la pérdida de redes de apoyo y una sensación de
desarraigo emocional.
Otro fenómeno creciente es la llamada soledad masculina. Estudios internacionales muestran que
muchos hombres poseen menos relaciones de confianza fuera de la pareja, lo que
aumenta el riesgo de aislamiento cuando enfrentan crisis afectivas o
personales. Esta situación puede favorecer la aparición de ansiedad, depresión,
abuso de sustancias y conductas autodestructivas.
Existe además una percepción emocional compartida por numerosos hombres:
la idea de que reciben reconocimiento mientras son fuertes, productivos y
útiles, pero que se vuelven invisibles cuando atraviesan momentos de
vulnerabilidad. Aunque esta percepción no representa una verdad universal, sí
constituye una experiencia psicológica frecuente que merece ser comprendida y
atendida.
Reconocer esta realidad no significa establecer competencias entre
sufrimientos ni desconocer los desafíos que enfrentan mujeres, niños,
adolescentes o adultos mayores. Significa aceptar que los hombres también
necesitan afecto, comprensión, acompañamiento y espacios seguros donde puedan
expresar emociones sin temor al juicio social.
Una sociedad verdaderamente saludable no valora a las personas
únicamente por lo que producen o aportan económicamente. Reconoce su dignidad
intrínseca. El gran desafío de nuestro tiempo consiste en construir una cultura
donde los hombres puedan sentirse apreciados no solo por lo que hacen, sino
también por quienes son. Porque detrás de la imagen de fortaleza que la
sociedad exige, existe un ser humano que también necesita ser escuchado,
comprendido y amado.
