Por Doctor Ramón Ceballo
La salud mental constituye uno de los principales desafíos de salud pública de la República Dominicana.
Sin embargo, durante décadas, las políticas implementadas
han estado orientadas principalmente a responder a las crisis psiquiátricas,
las hospitalizaciones y las emergencias emocionales, más que a intervenir sobre
las causas que generan gran parte del sufrimiento psicológico de la población.
Aunque la atención especializada es indispensable, resulta insuficiente cuando factores como la pobreza, el desempleo, la violencia intrafamiliar, la inseguridad ciudadana, el consumo de sustancias y la exclusión social continúan afectando la vida de miles de personas.
La evidencia científica demuestra que
muchos trastornos mentales están estrechamente relacionados con estas
condiciones, por lo que la prevención debe convertirse en el eje central de
cualquier política pública en esta materia.
La realidad muestra que gran parte de las personas que llegan a una
emergencia psiquiátrica han convivido durante años con situaciones de estrés,
conflictos familiares, precariedad económica o experiencias traumáticas que
nunca fueron atendidas oportunamente. Cuando el sistema interviene únicamente
en la fase crítica, actúa sobre las consecuencias y no sobre las causas.
Por ello, una de las principales prioridades nacionales debe ser
integrar la salud mental al primer nivel de atención. Los centros de atención
primaria pueden desempeñar un papel decisivo en la detección temprana de la
depresión, la ansiedad, las adicciones y el riesgo suicida. Identificar estos
problemas a tiempo reduce complicaciones, hospitalizaciones y costos humanos y
económicos.
Asimismo, resulta indispensable ampliar la capacidad de atención en
crisis mediante más unidades especializadas, equipos comunitarios de
intervención y servicios accesibles en todo el territorio nacional. Sin
embargo, ninguna expansión será suficiente si no se fortalecen simultáneamente
las acciones preventivas y comunitarias.
Una situación que merece especial atención es la de las personas
privadas de libertad. Diversos estudios han demostrado que la población
penitenciaria presenta mayores niveles de depresión, ansiedad y estrés
postraumático que la población general. Además, las condiciones del
encarcelamiento pueden favorecer secuelas psicológicas como hipervigilancia
permanente, miedo constante, insomnio, irritabilidad y dificultades para
confiar en los demás.
Esta realidad obliga a preguntarse si el sistema penitenciario está
logrando realmente rehabilitar a quienes cumplen condena. La reinserción social
requiere mucho más que el cumplimiento de una pena; exige acceso a atención
psicológica, tratamiento de adicciones, educación y programas de acompañamiento
que faciliten el retorno a la vida comunitaria.
Otro obstáculo importante continúa siendo el estigma asociado a los
trastornos mentales. Muchas personas retrasan la búsqueda de ayuda por temor a
la discriminación o al rechazo social. Combatir estos prejuicios requiere
educación, campañas permanentes de sensibilización y una mayor participación de
las comunidades en la promoción del bienestar emocional.
A estas limitaciones se suma la insuficiente inversión pública en salud
mental y la escasez de profesionales especializados. Organismos internacionales
como la Organización Mundial de la Salud han insistido en la necesidad de
aumentar los recursos destinados a prevención, atención comunitaria y servicios
especializados. Sin embargo, la disponibilidad de psiquiatras, psicólogos
clínicos y otros profesionales sigue siendo insuficiente para responder a la
creciente demanda de atención.
La salud mental no puede seguir siendo entendida exclusivamente como la
atención de enfermedades o crisis psiquiátricas. Debe asumirse como una
responsabilidad colectiva que involucra educación, empleo, vivienda, seguridad,
justicia y desarrollo social. Prevenir las crisis comienza por enfrentar los
factores sociales e institucionales que las generan. Solo así será posible
construir una sociedad más saludable, inclusiva y capaz de responder
eficazmente a los desafíos emocionales de nuestro tiempo.
