Por Dr. Ramón Ceballo
En la sociedad dominicana, y en muchas otras, se ha construido una imagen casi incuestionable de la maternidad, la madre como símbolo absoluto de amor, protección y entrega.
Sin embargo, no
todos los vínculos responden a ese ideal. Existen relaciones marcadas por el
control emocional, donde el afecto no libera, sino que condiciona; no
fortalece, sino que limita.
Desde la psicología contemporánea, el narcisismo se define como un patrón caracterizado por necesidad de admiración, falta de empatía y una visión distorsionada del otro. En este contexto, la figura materna puede desarrollar dinámicas invisibles, silenciosas y profundamente complejas, en las que el cuidado se confunde con dominio.
El control no siempre se expresa de
forma evidente. A veces se instala en el silencio. Pero no es un silencio sano.
No comunica pausa ni reflexión, sino castigo. La llamada “ley de hielo”
consiste en retirar la palabra, la mirada y el afecto para imponer obediencia.
Es un mensaje implícito, si no haces lo que espero, desapareces para mí. Para
un niño, esto no es disciplina, es amenaza. Es la posibilidad de perder el
vínculo que le da seguridad.
Ese mecanismo deja huellas
profundas. En la infancia, el silencio como castigo no se interpreta como
distancia temporal, sino como rechazo. Así comienza a gestarse una estructura
emocional basada en la inseguridad. El amor deja de ser un espacio seguro y se
transforma en un territorio condicionado, donde el afecto depende del
comportamiento.
De estas dinámicas emergen tres
heridas centrales, culpa, vergüenza y miedo. Culpa por intentar poner límites,
vergüenza por existir fuera de las expectativas y miedo a ser rechazado si se
elige la propia identidad. Estas emociones no aparecen de forma aislada, se
entrelazan y terminan definiendo la forma en que la persona se percibe.
Con el tiempo, esa carga se
normaliza. El individuo cree que su inseguridad forma parte de su carácter,
cuando en realidad es el resultado de una adaptación prolongada a un entorno
emocional inestable. Aprende a callar, a ceder, a moldearse para evitar el
conflicto.
No se trata de hechos aislados. Es
un sistema. En estas familias se repiten patrones como favoritismos,
rivalidades entre hermanos, distorsión de la realidad y victimización
constante. El afecto deja de ser espontáneo y se convierte en un recurso
administrado. Se otorga o se retira según la obediencia. El hijo aprende que no
es amado por quien es, sino por cuánto se adapta.
En ese escenario, queda atrapado en
una paradoja imposible. Si brilla, incomoda. Si se afirma, hiere. Si se aleja,
traiciona. Cada intento de autenticidad se convierte en un riesgo. Entonces
hace lo único que puede hacer para sobrevivir, adaptarse. Pero esa adaptación
tiene un costo alto, la pérdida de identidad.
Llega un momento en que algo se
rompe. Puede ser el cansancio, una crisis o una experiencia que obliga a mirar
hacia adentro. Y entonces aparece una verdad incómoda, pero liberadora no era
debilidad, era una herida. No era falta de amor propio, era falta de
validación.
A partir de ahí comienza otro
proceso. Más difícil, pero más honesto. Sanar no es odiar, es comprender. Es
dejar de buscar en quien no pudo dar. Es reconstruirse desde adentro, sin culpa,
sin miedo.
Y, sobre todo, es asumir una verdad
esencial.
